Jueves, 27.02.2020 - 19:32 h
En la frontera

España, potencia económica: ¿Para qué? ¿Para quién?

España es una potencia económica mundial. En 2019, el producto interior bruto (PIB), es decir, el conjunto de los bienes y servicios producidos en el ejercicio alcanzó 1.244.757 millones de euros. Como para no presumir. El país es la economía número 13 en la clasificación de los 196 países reconocidos en el mundo. Lo malo es que no funciona. Desde dentro es difícil verlo. Lo que era excepcional se ha convertido en norma y lo que un día fue inaceptable, hoy es lo cotidiano. Por eso se necesitan miradas nuevas sobre una realidad preocupante y encallecida, en la que ya no tienen efectos ni consecuencias los informes de organizaciones como Cruz Roja o Cáritas que señalan el insoportable aumento de la desigualdad y de la pobreza.

La sociedad parece haber asumido que desigualdad y pobreza son fenómenos inevitables, naturales como la lluvia; algo que sucede y contra lo que no cabe perder tiempo o esfuerzo. De ahí la importancia de encontrar otras perspectivas -en la medida de lo posible desinteresadas- sobre la situación real de la España postcrisis. Philip Alston, australiano, relator especial para la extrema pobreza y los derechos humanos de la ONU, ha echado una de esas miradas a España y sus conclusiones son demoledoras.

La “mirada Alston” identifica tres puntos que enmarcan la realidad social del país en 2020: el sistema de protección social en España está roto; los derechos sociales de los ciudadanos se toman “rara vez en serio” y la clase política “ha fallado a quienes más lo necesitaban”. El análisis del relator ha desatado la ira de los liberales de diseño y dato macro, recitadores del “España va bien” y cazadores de populistas. Alston, afirman, forma parte del contubernio izquierdista en el que también trabajan el expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero o el vicepresidente segundo del Gobierno Pablo Iglesias. La tribu del desmadre.

Alston ejerce el cargo a título honorario y no forma parte del personal de las Naciones Unidas. Tampoco percibe un sueldo por el desempeño de su mandato. No está contaminado. No es fácil de desmontar. Por eso sus conclusiones tienen peso y sonrojan a los inmovilistas. El relator pone el espejo y devuelve una imagen inquietante del país. Observa “una pobreza generalizada y un alto nivel de desempleo, una crisis de vivienda de proporciones inquietantes, un sistema de protección social completamente inadecuado que arrastra deliberadamente a un gran número de personas a la pobreza, un sistema educativo segregado y cada vez más anacrónico, un sistema fiscal que brinda muchos más beneficios a los ricos que a los pobres y una mentalidad burocrática profundamente arraigada en muchas partes del gobierno que valora los procedimientos formalistas por encima del bienestar de las personas”. Brutal.

En la duodécima potencia económica del mundo, el informador de la ONU encuentra que el 26,1% de la población en España, y el 29,5% de los niños, se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión social. Una realidad inaceptable y cuyas causas están perfectamente identificadas: El paro, los bajos salarios y la precariedad del empleo; la infradotación de transferencias públicas y su ineficaz diseño y la baja presión fiscal. “La recuperación después de la recesión” sostiene Alston “ha dejado a muchos atrás, con políticas económicas que benefician a las empresas y a los ricos, mientras que los grupos menos privilegiados han de lidiar con servicios públicos fragmentados que sufrieron serios recortes después de 2008 y nunca se restauraron”.

La España que ve Alston convive con altas tasas de pobreza. Eso no gusta. En los think tank del neoliberalismo, donde se fabrican los eslóganes de consumo rápido -Mejor un trabajo precario que ningún trabajo; bajar impuestos anima la economía; el sistema público de pensiones es insostenible etc- el análisis de la realidad es distinto. Defienden que España, superada la crisis, nunca ha estado mejor; que la definición de pobre es cuestionable y que los datos sobre la marcha de la economía, de la inversión al empleo, no avalan el pesimismo de Alston y su orquesta.

La pobreza y la desigualdad que detectan periódicamente Oxfam, Cáritas o la ONU, son realidades difíciles de aceptar para quienes ven el mundo sólo a través de las matemáticas. Al fin y al cabo, España es más rica que nunca y sus pobres tienen televisión, comen todos los días y disponen de médicos y maestros para ellos y sus hijos. Y sin embargo, la pobreza existe. Es algo real. El expresidente de Uruguay, José Mujica, ha dado alguna clave para entender la dicotomía.

Porque la pobreza no es sólo cuestión de matemáticas. "El hecho de tener un televisor hace años sería impensable para el más rico y hoy en día, hasta un pobre puede tenerlo, pero eso no significa que no siga siendo pobre", sostiene Mujica. "Dicen que hay menos pobres y no se dan cuenta de que el mundo es mucho más rico". Y más desigual. Y más insensible. Por eso son necesarias las voces criticas. Porque está bien ser una potencia económica y hacer esfuerzos para crecer y ser aún más ricos. Pero no basta. Potencia económica sí pero con respuestas para dos preguntas: para qué y para quién.

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