Viernes, 22.03.2019 - 04:06 h
En la frontera

El Hyperloop pone evidencia el avance tecnológico y el retroceso social

Andan los ingenieros a vueltas con un tren –Hyperloop lo llaman- capaz de circular a 1.200 kilómetros por hora. Como la teletransportación tardará en llegar -no es fácil descomponer un cuerpo en origen y recomponerlo en destino- los esfuerzos de la ingeniería y de la ciencia están volcados en descubrir cómo recorrer la mayor distancia en el menor tiempo posible. Nada nuevo desde la rueda, pero todo rodeado de un aura de ciencia ficción, emprendeduría, técnica y marketing que evoca el futuro con mayúsculas.

Nadie pregunta por qué alguien o algo querría ir de Madrid a Tánger en 47 minutos o de Madrid a Barcelona en media hora. El tiempo es oro: menos tiempo, más dinero. Lo mismo en lo que se refiere al transporte de personas que de mercancías. Hyperloop evoca el futuro y todas sus convenciones: avanzamos y cualquier tiempo pasado fue peor.

Pero en Hyperloop se puede viajar también al pasado. A 1.200 kilómetros por hora, pero al pasado. No es difícil imaginar la cápsula presentada esta semana en Cádiz -32 metros de fibra de carbono, 40 personas de capacidad máxima- cargadita de ejecutivos y de turistas ávidos de nuevas experiencias, atendidos por personal mal contratado y peor pagado.  Hyperloop empezará a funcionar en pruebas a finales de 2019 en España y de forma comercial en el mundo a mediados de la próxima década.

Del siglo XXI al VII

Si no cambian radicalmente las cosas, y no parece que vaya a suceder, en la realidad Hyperloop convivirán la tecnología más futurista y una realidad laboral y social propia de tiempos pasados, algo parecido a lo diseñado para el tren AVE a La Meca. Ingeniería del siglo XXI para viajar a ritos del siglo VII.

Los ejecutivos y turistas pudientes que viajen en el tren que imaginó Elon Musk –el viaje será caro, como lo fue el avión Concorde- se moverán en un mundo marcado por la desigualdad y vigilado por organismos  supranacionales que funcionan  como dioses del Asgard de los vikingos. 

Las pruebas del Hyperloop comenzarán en 2019.
Las pruebas del Hyperloop comenzarán en 2019.

En España, para cuando el tren que levita funcione en pruebas, será difícil que haya cambiado la legislación laboral que dejaron las reformas del año 2010 (PSOE) y 2012 (PP). Los “riders” de Deliveroo o Glovo seguirán poniendo sus bicis o motos para trabajar; habrá empleados de las empresas cárnicas que aún tendrán que comprar los cuchillos de despiece a la propia empresa y habrá quien para trabajar tenga que hacerse falso autónomo.

También será un milagro si para entonces -pese al Supremo-, las Administraciones han logrado acabar con situaciones sangrantes como la de los profesores que son despedidos de los centros escolares cada verano para volver a ser contratados en otoño. Solo en septiembre se incorporaron como cotizantes a la Seguridad Social 53.308 profesionales de la educación, más que en todo el último año (52.507). Una vergüenza.

El tren casi supersónico será una buena herramienta para el turismo, el motor de la economía del país. Pero moverá pasajeros a regiones en las que se empieza a dar una gran paradoja: mientras aumenta su riqueza estadística, sus habitantes son más pobres. Ya sucedía en el sistema feudal: señoríos ricos poblados por servidores en la miseria. Un mundo de kellys. ¿Exagerado? En absoluto. En provincias turísticas como Almería, Alicante y Castellón, la renta per cápita respecto del conjunto de España ha caído entre el 10% y el 16% en las dos últimas décadas.

Los pensionistas y la resignación

Para buena parte de la sociedad, como los pensionistas, los jóvenes y los atrapados en el desempleo, el futuro está teñido de pesimismo. Los más mayores atisban mejor el peligro porque tienen más pasado. De ahí las movilizaciones en defensa de las pensiones. Por tener pasado saben que con la resignación no hay cambio posible. Los años duros de la crisis han consolidado pérdidas de derechos y hasta de libertades que será difícil recuperar.

El Fondo Monetario Internacional lo ha dicho claro mirando a España: "resulta crucial preservar el espíritu de las reformas”. Traducido: ni hablar de vincular las pensiones al IPC y ni hablar de subir el salario mínimo o de equilibrar las relaciones entre empresas y trabajadores en la negociación colectiva. El organismo insiste además en elevar la edad de jubilación según la esperanza de vida.

En Japón, en el año 2013, el entonces ministro de Finanzas, Taro Aso, pidió a los ancianos del país que se dieran prisa en morir para reducir gastos médicos. No era una idea irracional o novedosa. Aplicando la razón a la supervivencia, los inuit dejaban a la intemperie a sus mayores cuando se convertían en una carga. Claro que eso sucedía en el pasado, cuando no había trenes que circularan a 1.200 kilómetros por hora impulsados por una sociedad plagada de disparates.

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