Lunes, 17.06.2019 - 01:15 h
En la frontera

Lluvia de millones en la despedida de Rajoy

Buenas noticias, en España llueve. Agua y dinero. En las próximas semanas, coincidiendo con grandes ceremonias empresariales de presentación de resultados y planes estratégicos, decenas de empresas van a repartir dividendos. Los accionistas de importantes compañías como Telefónica, Iberdrola, Endesa, Gas Natural Fenosa, REE o Enagás; y de menos grandes como Amadeus, Ebro Foods o Viscofan se van a repartir hasta 7.000 millones de euros.

El relevo de Mariano Rajoy (PP) por Pedro Sánchez (PSOE) coincide con el gran reparto anual de beneficios. Una fiesta. Pero la lluvia de millones tiene sus riesgos. Las empresas que reparten alegremente beneficios corren riesgo de asfixia. Los acostumbrados al camino explican que para una buena travesía, lo mejor es mirar lejos y andar con paso corto. Justo lo contrario de lo que vemos en el mundo empresarial, nacional e internacional: vivir el presente y recoger beneficios cuanto antes.

En teoría las sociedades están en Bolsa para obtener dinero de los inversores con el que financiar su crecimiento. Cuando no hay proyectos claros de futuro para el largo plazo, los gestores suelen hacer dos cosas: repartir muchos dividendos y/o recomprar acciones.

El problema es que las grandes corporaciones cada vez miran más el corto plazo. Sus gestores, con demasiada frecuencia, toman decisiones que sólo se basan en dos premisas: contentar a los grandes accionistas, generalmente fondos de inversión, y elevar el precio de la acción porque de ese precio dependen sus retribuciones.

El triunfo de la ingeniería financiera

En un sistema anegado de dinero barato por los bancos centrales, los objetivos para conjurar la crisis desatada en 2008 se han perdido de vista. En teoría, ese dinero casi gratis iba a servir para que las empresas reactivaran sus inversiones, animaran la economía y crearan empleo. No ha sido así. La nueva era de dinero barato no ha incentivado la inversión y sí ha fomentado la ingeniería financiera.

Mariano Rajoy se despide
El presidente del gobierno Mariano Rajoy se despide del hemiciclo. / EFE

La firma británica de asesoramiento financiero Janus Henderson ha puesto letra a la música empresarial vigente: los dividendos empresariales crecen de forma acelerada en todo el mundo (7,7% en 2017, hasta 1,252 billones de dólares) y son un 75% superiores a los repartidos en 2009. Pero los beneficios empresariales no crecen en la misma medida.

Los mismos gestores que tienen como objetivo subir el precio de la acción a toda costa recurren incluso al endeudamiento para recomprar acciones y meter efectivo en el bolsillo de sus inversores. Olvidan que para una empresa es fundamental invertir en nuevos proyectos, nuevos productos y sobre todo, en innovación. Por el contrario, atender solo el corto plazo y las exigencias de los grandes accionistas es comprometer el futuro.

Propiedad y gestión

Uno de los grandes economistas del siglo XX, John Kenneth Galbraith dejó dicho que el gran problema de la empresa moderna es la separación que se ha producido entre la propiedad y la gestión. Los hechos le dan la razón. Los administradores manejan a su antojo empresas que nominalmente son propiedad de accionistas cada vez menos comprometidos.

Ese desapego de los pequeños propietarios, junto a la elevada rentabilidad que obtienen los grandes fondos a corto plazo explican, entre otros fenómenos, la permanencia de ejecutivos de edad más que provecta en empresas y bancos. En ese caldo de cultivo todo es posible. Incluso que importantes ejecutivos con la edad de jubilación legal cumplida anuncien en 2018 que preparan planes para retirarse...a partir de 2022.

Pero España crece al 3% y todavía -pese a la agitación política- es tiempo de euforia. No se alcanzarán los niveles de los años 2012 o 2014, cuando las compañías cotizadas pagaron dividendos por encima de las ganancias del ejercicio, pero el país se va a consolidar como el mercado europeo más atractivo por dividendo, con una rentabilidad media de entorno al 4%. Bien está lo que bien acaba, pero en el camino, paso corto y mirada larga.

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