Lunes, 16.09.2019 - 04:44 h
En la frontera

El injusto olvido de Carolina Alguacil, mileurista

A la mayoría, el nombre de Carolina Alguacil no le dirá nada. Carolina debe andar ahora por los 41 años. Cuando tenía 27, hace tres lustros, escribió una carta al director de EL PAÍS, entonces Jesús Ceberio, en la que protestaba por la situación de los trabajadores, especialmente los jóvenes. La tituló “Yo soy mileurista”. El término hizo furor. La Real Academia de la Lengua dejó pasar siete años antes de incorporar el neologismo al diccionario. Adoptó el vocablo para definir toda una generación. Hoy nadie sabe quién es Carolina Alguacil, pero todo el mundo sabe qué es un mileurista. Cómo no lo va a saber si casi la mitad de los trabajadores cobran menos de 1.000 euros.

Alguacil escribió la carta antes de que la crisis se llevara por delante millones de empleos y derrumbara los salarios. Muy probablemente, no podía ni imaginar que 15 años después de su estallido epistolar, las organizaciones empresariales, el Banco de España y los teóricos del liberalismo, estarían poniendo el grito en el cielo por la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) a 900 euros. Sostienen que una subida del 22% es un salto que pone en riesgo los fundamentales de la economía. Desde 1975 -44 años- sólo en 19 ocasiones el SMI ha subido por encima de los precios. Se supone que para salvaguardar los fundamentos de la economía. La pregunta pertinente es ¿la economía de quién?

Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que la subida del SMI, junto a la subida salarial de los funcionarios y la negociación colectiva entre empresarios y sindicatos ha conseguido que, años después de decir adiós a la crisis, los salarios hayan ganado poder adquisitivo. Pero al núcleo más duro del sistema económico, esa recuperación no le parece bien.

El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos
El Banco de España  calculó que se perderían  124.000 empleos por la subida del SMI. / Apie

El Banco de España es un ejemplo. Poco después de que el Gobierno de Sánchez, presionado por Podemos, aprobara la subida del SMI, calculó que destruiría 124.000 empleos. La estimación del Banco de España, sin datos ciertos, según ha reconocido el gobernador Pablo Hernández de Cos, puede ser tan cierta –o tan equivocada- como los cálculos de los sindicatos cuando sostienen que la subida contribuirá a crear 124.000 empleos.

Hacer cábalas está bien. Las hace hasta el gobernador del supervisor bancario. Distraen. Hacen su función. Pero es mucho mejor analizar los datos y aplicar métodos de análisis serios. También con la subida de los salarios. Según el razonamiento más liberal, la subida del SMI debería haber tenido un efecto inmediato y muy negativo en los colectivos de trabajadores más vulnerables, aquellos que son más fáciles de despedir. Y ¿quiénes son estos? Los trabajadores con menos formación y los contratados más en precario.

Los datos de la EPA

El razonamiento suena a lógico. Hasta que se confronta con los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre. Según esos datos, al término del primer trimestre de 2019, el 87% de los trabajadores con estudios primarios o sin estudios mantenían su puesto de trabajo. No hubo variaciones muy significativas respecto a los trimestres en los que aún no había subido el SMI. Y los empleados con menos de un año de antigüedad tampoco fueron expulsados: el 81% mantenían su empleo, un porcentaje mejor que el de trimestres anteriores.

Sucede que, a menudo, la realidad no coincide con los deseos. Se ha llegado a decir, en grandes caracteres, que la subida del salario mínimo ha provocado la salida de 28.000 trabajadores de grandes empresas en el primer trimestre. Todo basado en un informe en el que los autores destacaban cómo en el mismo periodo, el empleo en la pequeña y mediana empresa había crecido un 3,2%.  Conclusión: el SMI es letal en las empresas grandes y benéfico en las pequeñas y medianas. Todo confuso, salvo la intención.

Las que no son confusas son las consecuencias de mantener a buena parte de los trabajadores con bajos salarios y contratos precarios mientras los precios de la vivienda o de servicios esenciales se disparan. He aquí una realidad que estremece: el número de nacimientos ha disminuido un 30% desde 2008. Incluso sin ser economista, sociólogo o técnico del Banco de España se intuye que alguna relación tiene que haber entre los bajos salarios, las dificultades para llegar a fin de mes, los problemas para acceder a la vivienda y la baja natalidad. Si el Banco de España no es capaz, quizá lo pueda explicar Carolina Alguacil. Lo hizo hace 15 años. Aunque lo hayamos olvidado.

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