Miércoles, 19.12.2018 - 09:23 h
En la frontera

"Tú, ¿a qué hora meas?", una historia del mercado laboral

La anécdota es real. Sucedió en los años 80 y me la contó el protagonista. A un mando intermedio, contratado en una multinacional de línea blanca en reconversión, le tocó dirigirse a los trabajadores de una de las factorías, ubicada en Alcalá de Henares, que amenazaban con ir a la huelga. El mando intentó cumplir con el encargo. Tiró de argumentario para describir las ventajas de la paz laboral, de la conveniencia de ser flexible en la negociación etc, etc, De pronto, surgió de la asamblea una pregunta: "Tú, ¿a qué hora meas?"

​El directivo se quedó en silencio. Intentó localizar la voz y determinar si había oído bien. Trató de continuar para convencer a los reunidos de moderar la protesta pero la voz insistió: "Que a qué hora meas". El directivo no pudo seguir. En su relato no quedaba claro si al final hubo o no hubo huelga, pero sí que al acabar la reunión averiguó rápido el sentido de la pregunta: los empleados de la factoría tenían marcada la hora para hacer sus necesidades según su turno y función, algo que él desconocía, que él no sufría y que, por supuesto, nunca pudo imaginar. La pregunta era, en sí misma, toda una desautorización. Un reproche para quien se atreve a perorar sin conocer los hechos. Una enmienda a la totalidad en lenguaje crudo pero real.

Valga la anécdota para ilustrar lo adecuado que es conocer bien la realidad antes de hablar de lo que conviene o no conviene a la mayoría, de éxitos en la creación de puestos de trabajo, de recuperación del mercado laboral, de calidad en el empleo, de la bondad de reformar el mercado laboral o de las ventajas de la llamada nueva economía. Conviene conocer la realidad y manejar bien los datos.

Dos reformas pero demasiado paro

El exministro socialista de Administraciones Públicas Jordi Sevilla recordaba hace unos días que mientras la zona euro ha recuperado -casi- la tasa de paro previa a la crisis, España, a pesar de dos reformas laborales –casi- duplica la tasa que tenía antes de la crisis. Las reformas, por mucho que lo publicite el Gobierno, no han funcionado salvo en los cuadros de la macroeconomía.

No hay mucho más empleo porque el empleo se reparte. Y no hay empleo de calidad porque se crea, sobre todo, empleo temporal. La reforma laboral sí ha cumplido, sin embargo, con la función menos explícita que llevaba en sus tripas: devaluar los salarios para ganar la competitividad perdida en el estallido de la burbuja.

En otras épocas se devaluaba la moneda. Con la política monetaria anclada en el euro, los salarios se convirtieron en herramienta. En la publicación "España en cifras 2017" del INE, página 28, hay un gráfico elocuente sobre la evolución del índice de precios del trabajo desde 2008. Caída libre hasta 2014. Y ¿desde entonces? Daniel Fernández Kranz, investigador del IE Business School, lo precisó en una publicación de la Fundación de Cajas de Ahorro (Funcas): con datos de la muestra continua de vidas laborales (MCVL) concluyó que con la temporalidad, los contratos a jornada parcial y el ajuste de los salarios, los nuevos contratos son un 23% más bajos que los que se firmaban antes de la crisis.

La reforma laboral, tan dura para amplias capas sociales, convive con situaciones dignas de cuento de Kafka. Esta misma semana, en el Congreso, un diputado –Alberto Montero, de Podemos- lanzaba una pregunta al Gobierno. "¿Les parece razonable que se estén despidiendo 2.200 personas en ese ERE (se refería al ERE del Santander) cuando en el sector bancario se realizaron en 2017 seis millones de horas extras sin remunerar?"

Un modelo sin trabajadores


Claro está que lo que es o no es razonable es muy relativo. Lo razonable para empresas como Uber o Deliveroo, que según la Inspección de Trabajo emplean fuerza laboral sin asumir cargas de contratación, es muy distinto de lo que es razonable para Montero y compañía. Los directivos de las plataformas de la nueva economía lo tienen muy claro. Por ejemplo, el director general de Uber Eats, Manel Puig, que en una entrevista con La Vanguardia dijo: "si tuviéramos que contratar trabajadores seríamos otra cosa, otro modelo". Se podría añadir que probablemente sería un modelo fracasado.

Desde los 80, las cadenas de montaje han cambiado mucho. En Almussafes, Ford está probando exoesqueletos en los trabajadores para facilitar las tareas más penosas y, de paso, evitar bajas laborales por lesiones. Han desaparecido de las factorías los listeros –llevaban el control de asistencias y supervisaban las horas entrada y salida de los trabajadores- y hasta han desaparecido los controladores de tiempos, alguno de los cuales, caso del exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán, llegaron muy alto.

Las cosas cambian. Amazon ha patentado una pulsera que registra en cada momento dónde está y qué hace cada empleado. En un futuro corregirá con impulsos eléctricos -se supone que suaves- los movimientos que una IA (inteligencia artificial) considere equivocados en el manejo de las mercancías. Nadie preguntará a qué hora se mea. Se sabrá. De forma tan segura como las ventajas que suponen para algunos un mercado laboral tan engañoso como el español.

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