Viernes, 24.11.2017 - 16:22 h

No hay disculpas para impedir que Rajoy gobierne

La emoción de Rajoy estaba justificada porque fue el único ganador electoral después de haber tenido enfrente a todos los demás partidos.

La victoria del Partido Popular por 137 escaños, 14 más que en diciembre, no la imaginó ni uno solo de los demoscópicos.

'Génova' subraya que Rajoy sale reforzado de las elecciones y está legitimado para gobernar

Mariano Rajoy estaba emocionado cuando salió al balcón de la sede central de su partido en la calle Génova de Madrid. Debía de sentir que la victoria electoral era especialmente suya, aunque en las palabras que dirigió a un público entusiasta agradeció a los demás -dirigentes, militantes, votantes…- el esfuerzo por el triunfo y prometió trabajar para todos. La emoción de Rajoy estaba justificada porque fue el único ganador electoral después de haber tenido enfrente a todos los demás partidos, a todos los políticos ajenos y a algunos propios, a gran parte de los medios de comunicación y a la generalidad de los pronósticos. El sobreponerse a las adversidades, a los ataques y a los desprecios, que de todo ha tenido desde que empezó a liderar el Partido Popular, debe de producir una satisfacción copiosa, incluso en un hombre discreto, y eso es lo que se le notaba.

La victoria del Partido Popular por 137 escaños, 14 más que en diciembre, no la imaginó ni uno solo de los demoscópicos. Las encuestas en los colegios electorales incluso le anunciaban un retroceso. Eran similares a las que la víspera del referéndum del Brexit auguraban una victoria de diez puntos del Remain. Que Dios no les conserve la vista porque no dan ni una. El resultado del PP significa que goza de un notable apoyo social que los investigadores no descubrieron y que le habría llevado a la mayoría absoluta si hubiera ido unido con Ciudadanos, como ha ido Podemos con Izquierda Unida, que han obtenido todo lo contrario, un fracaso disimulado por una repetición del resultado, 71 escaños, pero evidenciado por unas expectativas que los hacía creerse en las escaleras de La Moncloa.

El PP no tiene, sin embargo, asegurado el Gobierno, que necesita de 176 escaños o abstenciones ajenas que lo faciliten, aunque la repetición de la victoria en seis meses, con un aumento de votos cuando todos los demás los han perdido, hace inconcebible que los partidos constitucionalistas no se lo permitan. No se trata de hacer un favor al PP, como algunos políticos de vía estrecha interpretan, sino de valorar el sentido de los votos y resolver a España el problema de la gobernabilidad. Si se hace un análisis del avance popular y del retroceso de los demás no hay excusas para impedir que Rajoy gobierne.

La coalición más segura, más tranquilizadora y más potente es la que propuso Rajoy tras las anteriores elecciones y no le aceptaron, es decir, el PP con Partido Socialista y Ciudadanos, que entonces sumaba 253 escaños y ahora suma 254, con la diferencia de que el PP ha ganado peso en ella. Si no, al PP le queda la alternativa de reunir a C´s, al Partido Nacionalista Vasco (5) y a Coalición Canaria (1), en total 175, más una abstención estratégica en la investidura. Todavía queda por ahí para un intento Convergencia Democrática de Cataluña (8 escaños), víctima de la pasión independentista de su anterior dirigente, hoy agobiada por el desvarío de la CUP y posiblemente necesitada de una ayuda. En todo caso, sea cualquiera de éstas o distintas fórmulas, nadie entendería, en España ni fuera de España, que no surgiera de estas elecciones un Gobierno liderado por el PP.

En el capítulo de los perdedores, se lleva la palma Podemos porque, a pesar de que exhiba el mismo número de escaños, 71, ha retrocedido sensiblemente. Su coalición con IU no solo no le ha dado más votos sino que no le ha impedido que se le fuera una buena tajada. Su fracaso ha sentado muy mal a sus dirigentes –y las caras de Pablo Iglesias y de Íñigo Errejón lo proclamaban- después de alardear de acariciar la victoria tras sobrepasar al PSOE. Probablemente, este resbalón causará impacto interno y en el socio Izquierda Unida, cuyo líder, Alberto Garzón, muchos querrán llamar a capítulo.

El Partido Socialista se libró del sorpasso de Podemos, que es el detalle que utilizó Pedro Sánchez para disimular su fracaso, pero ha perdido cinco escaños, vuelve a batir su peor resultado histórico, no ha ganado en una sola Comunidad –en todas ha vencido el PP menos en Euskadi y Cataluña, donde ha ganado Podemos- y solo puede hacer alarde de la victoria en tres provincias. Se presentó sonriente en la noche electoral, pero será inevitable que su partido tome medidas internas para variar el rumbo de retroceso que inició con Sánchez, cuya cabeza está lógicamente en peligro.

Para cabeza solicitada, la de Rajoy, que Albert Rivera volvió a poner en entredicho aunque sin decirlo expresamente. Cuesta creer que Rivera mantenga su imprudente veto a Rajoy de la campaña electoral, después de que revalidara su triunfo por más alta mayoría y de haber perdido C’s el 20% de sus escaños. Dice Rivera que hay que hablar más de políticas y no de sillones, pero lo que hizo fue precisamente aludir al sillón de Rajoy. Rivera tiene ahora el problema de rectificar su veto y posiblemente aún no sepa cómo hacerlo. Pero nadie le perdonaría que fuera él, un político intercambiable con muchos del PP, quien impidiera el Gobierno de quien ha ganado las elecciones.

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