Sábado, 25.11.2017 - 03:37 h

Llega el momento de demostrar grandeza

No es lógico que ochenta años después aquella guerra civil siga siendo una batalla renovada en el campo de la acción política.

Este afán por seguir mirando atrás, regodeándose en la tragedia del enfrentamiento, es sin duda una de las causas del atraso cultural y político de España.

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Cuando se cumplen ochenta años del golpe de Estado militar que dio origen a la guerra civil española, desaparecen los últimos supervivientes de la tragedia pero quedan numerosos mantenedores interesados de la memoria. El recuerdo de la guerra civil sigue siendo objeto de agitación para una parte de la clase política. Es una de las peculiaridades de la vida pública española avivada por la política de la memoria histórica. El recuerdo de la guerra ha prendido de manera notable en la nueva generación de la izquierda radical y le sirve para realizar escaramuzas en las instituciones que aviven la polémica y combatan a los contrarios, o para mantener la revisión de rótulos callejeros que, lejos de constituir una  ilustre actuación cultural, descubre la ignorancia y el revanchismo de muchos de sus realizadores.

Este afán por seguir mirando atrás, regodeándose en la tragedia del enfrentamiento, es sin duda una de las causas del atraso cultural y político de España. El pesimismo español que animó a la llamada generación del 98, tras la pérdida de las últimas colonias, fue continuado por otro sentimiento de decepción durante décadas después de la guerra que desangró a la sociedad, y se ha extendido más allá de lo razonable. No es lógico que ochenta años después aquella guerra civil siga siendo una batalla renovada en el campo de la acción política. Los países más prósperos son los que miran al futuro: cierran etapas concluidas de su historia que solo sirven para el lamento, y se afanan en construir. Así es como se avanza.

La casualidad ha querido que este octogésimo aniversario abra la semana decisiva para la apertura de la duodécima legislatura y para la investidura del nuevo presidente y la formación del Gobierno. No digo yo que la memoria vaya a intervenir en el proceso, pero es bueno recordar que ésta no es la hora de mirar atrás; simplemente estamos en una semana que empieza con un recuerdo desapacible, que a algunos todavía condiciona, y debe continuar con su omisión y el deseo de construir las bases de lo que debe ser el próximo esfuerzo colectivo para la prosperidad. Porque es el momento de mostrar grandeza.

No todo lo que ha habido en las negociaciones políticas desde las elecciones de diciembre ha sido presentable y digno de aplauso. Por el contrario, se ha visto a veces demasiada preocupación particular en detrimento del bien general. Cuando, por ejemplo, un partido político valora las consecuencias de una alianza para sus perspectivas electorales, está poniendo en segundo plano el interés común de la nación. Y eso no es lo que se le pide. Eso es el ejercicio de un tacticismo que perjudica a la colectividad. Los partidos no están para velar solo por sus intereses sino por los de toda la población, por los de quienes les han votado y por los de quienes no les han votado ni les votarán nunca. Concluidas las elecciones, el sistema funciona si todos los partidos piensan en quienes no son sus electores.

El recuerdo del pasado no siempre es útil para la gestión política. La Transición fue un extraordinario esfuerzo para dejar la historia en su lugar y lograr la reconciliación de todos los españoles. Los intentos que se hacen para echar abajo la Transición, y lamentablemente con el protagonismo de nuevas generaciones que disfrazan de progresismo lo que es una regresión disparatada, todos esos intentos contra la Transición entrañan una vuelta al pasado y una renuncia a la concordia. Ahora es el momento de la altura de miras. Si los tres partidos implicados en la solución de la investidura -es decir, Partido Popular, Partido Socialista y Ciudadanos- actúan con la generosidad que exige la democracia, la solución llegará pronto. Si predomina el enfrentamiento, la exclusión o el particularismo, los ciudadanos pronto comprobaremos el amargo sabor de una nueva crisis.

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