Lunes, 23.10.2017 - 09:53 h

Tras la tempestad viene la calma. Pero, ¿cómo será?

Con la dimisión del Secretario General, Pedro Sánchez, el PSOE inicia una nueva etapa que es preciso afrontar con serenidad, que es un estado de ánimo que favorece la calidad de las reflexiones.

TODO SOBRE LA CRISIS DEL PSOE.

Pedro Sánchez se despide ofreciendo su lealtad a la Comisión Gestora que salga del Comité Federal

Con la dimisión del Secretario General, Pedro Sánchez, el PSOE inicia una nueva etapa que es preciso afrontar con serenidad, que es un estado de ánimo que favorece la calidad de las reflexiones, y con templanza, que es una virtud que impide tomar decisiones estruendosas y escandalosas, que suelen ser a la vez ineficaces.

Para que quien me lea saque las conclusiones oportunas diré que aunque siempre he defendido la urgencia de sacar a Mariano Rajoy y al PP del Gobierno de España, lo cual debe dar pie a pensar que he sido un incondicional partidario del “no es no”, creo que tras el fracaso de Rajoy en su investidura, que le equiparaba en fracasos a Pedro Sánchez (1-1), todo debería haber cambiado en el PSOE, porque el dogmatismo, tan acendrado y propio de las creencias religiosas, no es nada aconsejable para las ideologías y estrategias políticas a las que deben administrar mentes tan reflexivas como bien intencionadas. Si, como pregonaba el líder Pedro Sánchez, las terceras elecciones no eran aconsejables, solo cabían dos soluciones, o un batiburrillo en el que hacer hueco incluso a los catalanes que andan forzando su huida de España (harto difícil y desaconsejable), o retirarse sin demasiado estruendo para pergeñar una estrategia que hiciera de la oposición democrática y parlamentaria el instrumento valioso para desacreditar las políticas de Mariano Rajoy y forzar cuanto antes unas Elecciones anticipadas.

Lo reflejado hasta aquí huye del reduccionismo que ha supuesto buena parte del pensamiento de Pedro Sánchez: “o Mariano Rajoy, o yo”. Pero huye igualmente de la estrategia de quienes han hecho valer su condición de “barones” para enrarecer el ambiente, convirtiendo la sede socialista de Ferraz en el lugar más expugnable de los últimos ´días. Para más “inri” los líderes de Podemos y de IU, Pablo Iglesias y Alberto Garzón, han aprovechado la oportunidad para intentar el debilitamiento del PSOE, acusándole de dar el gobierno al PP. ¿Cómo es posible tal desvergüenza? ¿Acaso no tuvieron oportunidad de investir a Pedro Sánchez tras las primeras Elecciones? ¿Acaso no intentaron desmantelar al PSOE infligiéndole un posible “sorpasso” en las segundas elecciones? ¿Acaso no han puesto toda la carne en el asador para defender algunas posiciones pseudo-nacionalistas en las Comunidades más hostiles, poniendo a España y al Estado en entredicho? ¿Acaso no han convertido el ambiente político español en el propio de un Patio de Monipodio?

Lo cierto es que ahora ha de ser el PSOE el que corra con los gastos y se quede con su propio deterioro. Hará muy mal el dimitido Pedro Sánchez si se mantiene como instigador de la disputa y el desencuentro en lugar de convertirse en el muñidor del encuentro y la reconciliación. No sólo él, también quienes forzaron el último desenlace que ha tenido lugar en Ferraz. Unos y otros deberán rendir cuentas y, en su caso, pedir disculpas a tantos militantes de base y simpatizantes que en los pueblos y aldeas españolas han asistido, abochornados, al espectáculo propio de saltimbanquis que nos ha ofrecido la Dirección. Eso sí, nadie debe huir del PSOE porque lo ocurrido, nunca ha sido la práctica habitual, en todo caso ha obedecido a una guerra de bandos, cuando no de bandidos, y no a un proceso reflexivo, aunque sea eso lo que han querido dar a entender.

El PSOE, en sus 137 años de Historia, ha superado momentos parecidos, aunque más complicados incluso teniendo en cuenta las vicisitudes de inestabilidad democrática por las que atravesaba España, léase el litigio “Largo Caballero-Indalecio Prieto”, o hace menos tiempo el pulso “renovadores-guerristas”, que culminó con Zapatero en la Moncloa. Por cierto, el histórico triunfo de los socialistas en 1982 tuvo lugar después de que el PSOE cediera el paso a la UCD, que no contaba con mayoría suficiente, pero una acertada estrategia llevó a Felipe González y al PSOE al Gobierno, “tejerazo” incluido por medio.

Lo urgente es evitar cualquier atisbo de ruptura, porque el socialismo es uno aunque pueda haber matices bien diversos, pero la condición humana tanto puede conducir al compañerismo como a la animadversión, tal es el condicionante miserable que suele acompañarla. Hago mías las ideas expuestas por Santos Juliá en un artículo reciente relacionado con el tema: “Las escisiones de una gran organización, con la ruptura no solo de los vínculos políticos, sino de viejas amistades, de lazos fraternales y de sueños y esperanzas compartidos cuando el tiempo de la vida permite aún concebirlos, dejan siempre un poso de amargura y frustración muy propicio para convertir a quien fue compañero en el enemigo a liquidar”.

Los socialistas nos llamamos “compañeros”. Debemos cuidar el término y cuanto dicha palabra significa, y ser fieles a ella. ¡Acompañémonos también en este trance difícil!

Fdo. JOSU MONTALBAN

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