Martes, 24.10.2017 - 03:02 h

Socialismo: diversidad y desigualdad

Un vasco, un gallego, un extremeño, un andaluz o un canario, son personas diversas en la justa medida en que son iguales. Lo mismo cabe decir de un español respecto a quienes son de otras naciones.

El socialismo debe impulsar el equilibrio y la igualdad. Para garantizar la diversidad, pero pagando el terrible precio de la desigualdad, ya está el liberalismo que, como ideología política, es una atrocidad

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Aún a riesgo de que me llamen anticuado o carca, yo no creo que el Estado deba ser una Institución que garantice solamente las diversidades ni que las potencia, porque las diversidades suelen ser utilizadas en muchos casos para justificar privilegios y superioridades morales de unos respecto a los otros. Conforme el concepto de Estado se va quedando en lo accesorio, y va abandonando lo esencial, la sociedad resultante va siendo desigual, –no solo diversa-, y los individuos van convirtiendo sus condiciones de ciudadanos en meros miembros de esa comunidad desigual.

Cuando buscamos términos complejos para definir a las comunidades de iguales hacemos un alarde de buena voluntad, pero no estamos incidiendo ni defendiendo el principio de igualdad de todos, que debe ser indivisible e inexpugnable. Convertir las vidas de los humanos en soportables y llevaderas, únicamente, impide establecer diferencias notables por definición. Un vasco, un gallego, un extremeño, un andaluz o un canario, son personas diversas en la justa medida en que son iguales. Lo mismo cabe decir de un español respecto a quienes son de otras naciones o parajes del amplio Mundo. Comen, respiran, trabajan, se divierten, envejecen y mueren, todos del mismo modo, porque sus mentes actúan y disciernen del mismo modo. Sus necesidades pueden no ser las mismas porque las condiciones de las vidas son diferentes en base al tiempo y el lugar en que se desarrollen, pero los impulsos que mueven las conciencias de las personas en uno u otro sentido deben tener un hilo conductor semejante, cuando no igual. Hay quien cree que la diversidad requiere de un sistema de protección que actúe desde el poder público sin cerciorarse previamente de que la diversidad es un hecho real que responde a las circunstancias que diferencian a unos lugares, y a quienes los pueblan y habitan, de otros. Sin embargo, tales diferencias no deben traducirse en desigualdades cuando nos refiramos a la dignidad y las condiciones de vida de las personas. Quienes creen en el Estado como garantizador de las diversidades, en lugar de entenderle como un agente en contra de las desigualdades, le están convirtiendo en un accesorio al servicio de la desigualdad.

Las ideas políticas han huido de los tratados ideológicos. Las grandes ideologías contenidas en los libros empolvados de las estanterías (empolvados por el desuso), ya no son consideradas útiles, porque los nuevos “ideólogos” escriben en las Redes Sociales (con un límite demasiado escueto de caracteres), hablan con leños, se cartean con “abuelas inquietas” o siguen diseños pensados con la misma prisa que desean infligir en las vidas de los ciudadanos. Sin embargo, a pesar de los matices, todo está repetido. “Sardinita”, que era un viejo barbudo y algo sucio que mendigaba por las casas cuando yo era un niño, era idéntico a los “sin techo” que habitan los soportales y pórticos de las Iglesias, o la intemperie. La pobreza y la miseria muestran hoy las mismas imágenes que mostraron en la antigüedad. No así la riqueza o la opulencia desmedidas, que ocupan un lugar tan desmesurado que escapan de nuestras posibilidades de percepción y de nuestra capacidad de interpretación, quizás por eso el vulgo humilde y temeroso admite como algo natural que los ricos “han de existir siempre (y los menos ricos o pobres también), conformándose únicamente con que no llegue a agobiarles la miseria extrema. ¡He ahí, precisamente, la amenaza de la miseria! Y son el miedo y la excesiva prudencia los que convierten a los más humildes en inoperantes en la lucha social que se viene produciendo, en la calle pero principalmente en las Redes Sociales, impulsadas en muchos casos por gentes ocultas tras nombres anónimos, procedentes de ámbitos indeterminados y portadores de objetivos espurios e interesados.

Por tanto, hay que trabajar mucho más en la lucha contra la pobreza y la desigualdad, que cada vez se muestran con mayor crudeza, y no poner todo el énfasis en la preservación de la diversidad. El ideal de la izquierda, del socialismo por tanto, no ha de quedarse en la mera garantía de facilitar que la diversidad exista, sino en el destino último, inalienable e irrenunciable, de que la pobreza desaparezca y la desigualdad se atenúe hasta que ni la codicia de los que tienen muchísimo ni la envidia de los que tienen poquísimo estallen en conflicto. El socialismo debe impulsar el equilibrio y la igualdad. Para garantizar la diversidad, pero pagando el terrible precio de la desigualdad, ya está el liberalismo que, como ideología política, es una atrocidad de lobo camuflada bajo una espesa piel de cordero.

Fdo.  JOSU MONTALBAN

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