Domingo, 20.10.2019 - 16:42 h

El error de esconder a Don Juan Carlos por miedo a las protestas populistas

El Rey emérito no estaba invitado a la conmemoración de unos actos que él mismo protagonizó.

Felipe VI no inicia la Monarquía, le da legítima continuidad; y es por ello que debe saber defender la herencia y la memoria del Rey que le precedió.

Esconden al Rey Juan Carlos por miedo a las protestas populistas

En España no nos ponemos de acuerdo ni para celebrar nuestros mejores momentos. La ausencia del Rey emérito, Juan Carlos, en la conmemoración del 40ª aniversario de las primeras elecciones democráticas –las de 1977- no evidencia sólo un gran fallo de protocolo y organización, sino algo más profundo. Pone de manifiesto la pobre realidad de un país desnortado y sin un liderazgo claro que sepa controlar las circunstancias de cada situación.

Con la abdicación de Juan Carlos I, el 2 de junio de 2014, se cerraba simbólicamente una era de España. Una era próspera en lo económico, lo social y lo político, y a la vez se abría una nueva etapa histórica caracterizada por la necesidad de una gran regeneración en todos los ámbitos antes mencionados. Pero esa regeneración no llega, o al menos no llega con la urgencia que necesita la sociedad española.

Y de repente nos encontramos con situaciones absurdas como la vivida el pasado 28 de junio en el Congreso de la diputados. El Rey emérito no estaba invitado a la conmemoración de unos actos que él mismo protagonizó.

Sin embargo, sí acudieron todos los políticos que a lo largo de estos 40 años dieron vida a la democracia, pero el que ejerció de motor y catalizador de la Transición y las libertades brilló por su ausencia. No se trata de sacar a pasear las mitomanías nacionales ni de encumbrar héroes postizos, es sólo cuestión de justicia histórica, de reconocerse en el pasado para poder proyectar un mejor futuro.

Al margen de que la celebración ha sido de por sí escasa, roñosa y falta de grandeza, tampoco ha tenido el peso institucional que merecía la ocasión. En España no vamos sobrados de fechas que satisfagan a la mayoría, y una que tenemos que nadie discute y nos dignifica a todos la recordamos discretamente por miedo a que alguien proteste o haga demagogia con el gasto.Más luces que sombras

Y en esa mediocridad general que ha presidido la conmemoración, se ha optado por esconder al protagonista principal para que éste no contaminara con su presencia la imagen del nuevo Rey, su hijo, Felipe VI, y así evitar que los populistas pudieran montar una protesta o su particular show en el hemiciclo.

Es cierto que el Rey Juan Carlos ha cometido errores, y algunos graves. Muchos de estos errores fueron consentidos y aplaudidos por los políticos de turno. Todo hay que decirlo. Pero las luces de su reinado son muchas más y más importantes que las sombras que pueden cernirse sobre su persona.

Propició la democracia, jugó hábilmente el papel de árbitro neutral y ayudó a situar a España en el lugar del mundo que le corresponde. En medio de todo esto, también se equivocó, pero pidió perdón públicamente, algo que pocos personajes públicos saben hacer, llegado el momento.

Además, Felipe VI no inicia la Monarquía, le da legítima continuidad; y es por ello que debe saber defender la herencia y la memoria del Rey que le precedió, Juan Carlos I, para apoyarse en el prestigio de la institución, aunque esté obligado a mejorarla día a día con su actitud ejemplar. Estoy seguro que en próximas conmemoraciones -la de la Constitución, por ejemplo- se subsanará esta regia ausencia que tanta desazón ha provocado en la sociedad.

No se trataba de evitarle un disgusto a don Juan Carlos, que se lo ha llevado, y grande, según ha hecho saber a sus allegados; sino de evitarnos a nosotros mismos como sociedad histórica un lapsus calamitoso que empequeñece nuestros valores y nuestros recuerdos. Da igual quién tomara la decisión de no invitar al Rey emérito. Lo desolador es que no hubiese nadie que se diera cuenta a tiempo del error, inmenso error, que se cometía con ello.

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