Miércoles, 20.02.2019 - 19:38 h

La 'partitocracia' se está cargando la democracia española

Intereses de élites sobre el bien general, blindaje de cargos, corrupción... la democracia se asfixia en un "Estado de partido". 

Heredado de la Transición, el sistema vive ahora todo su esplendor: ¿Coincide el interés del político y el de su votante?

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"La partitocracia constituye una deformación sistemática de la democracia. Cada partido tiene sistemáticamente que atacar al otro”. La cita corresponde al filósofo Gustavo Bueno y tiene más de diez años. Pero bien podría recuperarse con toda actualidad.

Frente a la idea de democracia representativa se ha ido imponiendo otro concepto, ciertamente negativo: el de partitocracia, aquel en el que son los intereses de partido los que priman sobre el que se presupone interés general.

Un argumento utilizado por los propios dirigentes políticos, la pasada semana en el Congreso, para desacreditar al adversario. “Su fiesta ha terminado. Ha perdido las elecciones y ha perdido esta investidura. Ha puesto las instituciones al servicio de su supervivencia y eso también es corrupción”, le reprochó Rajoy a Sánchez.

El socialista devolvió el mandoble este mismo lunes: “Quien convoca es el candidato que tiene más apoyos, que soy yo”, dijo para tomar el mando de las negociaciones. 

Una batalla de liderazgos que se sobrepone al problema de base: inversiones paralizadas, leyes en stand by y una previsible convocatoria electoral, el 26-J, con resultado igualmente incierto.

Javier Tajadura resume en su libro “Justicia y partitocracia” los vicios de este modelo de política de partido: funcionamiento dominado por las oligarquías, distanciamiento con afiliados y votantes, ideologías difuminadas, estrategias diseñadas con mero afán electoral. Y, en suma, toda una serie de tácticas bien conocidas para perpetuar el poder y mantener intactos los círculos creados en torno al partido. Entre ellas, claro está, la escasa voluntad de pacto.

La lectura de las posturas mantenidas por los líderes políticos en la investidura, y después de ella, bien puede colocarse en ese extremo: el PP insiste en que a ellos corresponde gobernar en tanto partido más votado, Iglesias condiciona el apoyo al PSOE a ser vicepresidente de un eventual Gobierno, Sánchez intenta ser presidente aún a sabiendas de que el acuerdo entre Podemos y Ciudadanos es imposible...

“En el marco institucional de la democracia española prima la búsqueda de la gobernabilidad sobre la garantía de representatividad, aunque, en la práctica, eso no garantiza que los Gobiernos sean eficaces”, se afirma en el estudio sobre la integridad política institucional en España, llevado a cabo por Transparencia internacional a cargo del proyecto ENIS, financiado por la Comisión Europea.

Según ese informe, el sistema político español estaría caracterizado por el presidencialismo, los gobiernos monocolores, el bipartidismo imperfecto, la primacía del Ejecutivo sobre el Legislativo y el control político de los nombramientos de los cargos estratégicos, especialmente en el ámbito judicial.

Eso era en 2012, cuando aún no había asomo de los partidos emergentes-Ciudadanos por entonces no había dado indicios de pretender el salto a la política nacional- pero, ¿hay mucha diferencia cuatro años después?

“Lo peor es que el debate de investidura se basaba en una gran farsa, porque era obvio que el candidato que iba a esa investidura no la lograría. Y eso genera una enorme lejanía con los ciudadanos. Los partidos tienen que ser capaces de hacer discursos que se parezcan razonablemente a la realidad”, sostiene Roberto Blanco Valdés."Estados de partido"

Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Santiago de Compostela y experto en funcionamiento de partidos, recoge en su libro “Las conexiones políticas” (Alianza Editorial) algunas sencillas claves que resumen el comportamiento de estas estructuras.

“Las comparo con los impuestos”, resume gráfico. “Todos sabemos que no se pueden dejar de pagar, porque si no, no podríamos tener servicios públicos. Pues con los partidos pasa algo similar. No nos gustan mucho, pero al mismo tiempo reconocemos que, sin ellos, no habría manera de organizar la democracia”.

Blanco Valdés reniega del término 'partitocracia' que, sostiene, tiene un sentido “peyorativo”. Prefiere referirse a “Estado de partido”, sistema, propio de todas las democracias modernas, en el que los partidos juegan un papel relevante para la organización del proceso democrático. Dicho de otro modo, "no hay posibilidad de que exista democracia sin partido”.

Lo que ocurre, sostiene también, es que ese sistema da lugar a un proceso perverso por el cual los ciudadanos están ya cansados de la manera egoísta de actuar de partidos y políticos, a quienes consideran poco pendientes del interés general.

“Es un fenómeno nuevo que aquí comenzó con la gran crisis de la corrupción del gobierno de Felipe González y que genera un sentimiento en la opinión pública de que los partidos se exceden en su poder, que quieren ocupar espacios que no les corresponden y de que están más pendientes de su propio interés que del general”. Para muestra, las sucesivas encuestas del CIS, que confirman a los partidos entre las instituciones que generan más desconfianza entre los ciudadanos.Un sistema perverso heredado de la Transición

El sistema es heredero de la mentalidad de la propia Transición, cuando, en un escenario de enorme inestabilidad, se dejó a los partidos puerta abierta para que se autorregulasen.

Desde entonces, formaciones y dirigentes han tratado de perpetuar sus cargos, y las promesas de democracia interna se han quedo más en una operación cosmética que en una voluntad real de cambiar las cosas: en la práctica, las oligarquías de partido siguen controlando la celebración de los congresos y la renovación de sus cúpulas, se reservan la capacidad de expulsar afiliados y de acallar las críticas...

“La colonización se hace efectiva mediante la ocupación de los instrumentos más operativos de acción social: la Administración Pública en primer término y luego los medios de comunicación social, la educación y la cultura, el sector público económico y, por descontado, sus organismos de control”, considera el profesor Alejandro Nieto, autor del libro “El desgobierno de lo público”.

Ese control férreo se traduce en nombramientos a dedo, cargos de confianza, redes clientelares alimentadas por subvenciones, cadenas de favores indebidos y casos de corrupción silenciados ...En definitiva, todo un círculo de intereses que corrompen el sistema y lo alejan por completo del interés del votante.Control de 'aparato' y falta de democracia real

No es nuevo que tanto los viejos como los nuevos partidos utilizan mecanismos para blindar el poder del 'aparato': los propios estatutos del PP, por ejemplo, hacen que, en la práctica, el presidente del partido, esto es, Mariano Rajoy, tenga capacidad plena para decidir sobre su futuro como candidato.

"En los supuestos de dimisión, fallecimiento o incapacidad del Presidente Nacional, la Junta Directiva Nacional, a propuesta del Comité Ejecutivo Nacional, designará el candidato del Partido Popular a la Presidencia del Gobierno, cuando no pudiera celebrarse un Congreso Extraordinario”, se lee también en los documentos internos. Esa Junta Directiva Nacional es además la que ha de  convocar el congreso, en las fechas en las que decide el presidente del partido.

Red Floridablanca, un 'think tank’ de militantes de base cercano al Partido Popular es el que más crítico se muestra con la actual situación del partido. “El PP está secuestrado por la dirección y no mira a las bases, no hay comunicación”, afirma su directora, Isabel Benjumea, a lainformacion.com

“En el PP se apuesta actualmente por la dedocracia y no se apuesta por la mericracia, por lo que el partido no es capaz de atraer talento ni de renovarse”, añade rotunda.

Para Floridablanca la solución pasaría por una reforma de la Ley Electoral, en la que se exija la elección de las élites políticas a través de mecanismos de democracia interna y separación entre los dirigentes del Gobierno y de los partidos. “Un gobernante no puede, a la vez, dirigir el partido porque confluyen intereses”, sostiene Benjumea. Con el actual sistema, asegura, “se favorece la corrupción y el liderazgo unipersonal”Podemos y Ciudadanos también blindan a sus élites

Con las distancias, la situación no es ajena en los partidos emergentes. Podemos defiende un sistema de elección de sus cargos que habría de presuponerse más democrático-la votación telemática por parte de los 'inscritos`en el partido- pero las normas para ese proceso limitan en la práctica la igualdad de candidatos. La dirección de Iglesias ha tratado de blindar a sus más afines mediante un sistema de elección por “lista plancha” que supone que los candidatos y equipos que cuentan con mayor respaldo del “núcleo duro” tienen también más posibilidades de salir elegidos.

El sistema es controvertido, y ha provocado sonadas críticas internas de destacados dirigentes, como el líder por Aragón Pablo Echenique, o la andaluza Teresa Rodríguez. Tampoco logra recabar el entusiasmo de la militancia: apenas un 15% de los 'afiliados' acostumbra a participar en estos procesos.

En Ciudadanos, partido que ha convertido la celebración de primarias en una exigencia para apoyar las investiduras de otras formaciones, también se imponen los filtros: los candidatos han de contar con el aval del 10% de la militancia para optar a ser elegidos, lo que en la práctica complica que pueda presentarse un dirigente alternativo a Rivera.

El PSOE no celebró hasta 2014 unas primarias a la militancia para elegir a su secretario general, en lugar de hacerlo como hasta entonces por medio de delegados. El peso de los barones sigue siendo, en cambio, determinante, y pocos dudan de que cualquier candidato tiene los días contados si no es del gusto de los dirigentes autonómicos, en especial, de los más críticos.Los partidos viven más en los despachos que en el calle

“El problema es cómo mejorar la visión social de los partidos, y eso pasa porque éstos cambien su forma de funcionamiento”, dice Blanco Valdés.

Lo ejemplifica con la denominada teoría de la “suspensión voluntaria de la incredulidad”. Todos sabemos que partidos y políticos están más pendientes de ellos mismos que de los ciudadanos, pero para que un sistema político funcione, es necesario que los ciudadanos suspendamos esa incredulidad de forma consciente.

“El problema es que hay momentos en que somos incapaces, y ese es el momento en el que estamos”, sostiene este experto, quien, no obstante, ve margen para que los partidos actúen.

“Hoy en día, los partidos han dejado la calle, se han metido en las oficinas,  y son poco emocionantes. Por eso la gente cree que no les importan nada”, coincide Fermín Bouza, catedrático de Sociología y Opinión Pública de la Universidad Complutense de Madrid. Recuerda, pese a ello, que los partidos “tienen, en su origen, una representatividad que es innegable, proceden de movimientos sociales”.Más de la mitad de las leyes son consensuadas

Hay margen para el debate. Xavier Coller, experto en élites políticas y catedrático de Sociología de la Universidad Pablo de Olavide, propone algunos datos que rompen con esa idea de que los partidos no representan los intereses de los ciudadanos.

En una encuesta personal realizada hace dos años entre más de 600 parlamentarios, comprobó cómo el 81% estaba a favor de reformar la Constitución. El problema: que era en los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, donde se localizaba el mayor número de reticentes, lo que hace pensar que es la opinión mayoritaria.

“La élite política se va pareciendo más a la sociedad que la elige”, asegura Coller. Quiere cambiar, y también consensuar. Un dato que parece increíble: el 56% de las leyes aprobadas entre 1980 y 2007 fueron acordadas entre gobierno y oposición. 

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