Miércoles, 18.10.2017 - 15:37 h

Por qué el anunciado referéndum del 1-O es más grave que el golpe del 23-F

El 1-O ha involucrado a parte de la sociedad catalana en la demencia de un Gobierno autonómico y sus proclamas.

El problema deja de ser de unas autoridades que han sentado plaza en la ilegalidad, para convertirse en un problema social.

Por qué el anunciado referéndum del 1-O es más grave que el golpe de Estado del 23-F

A estas alturas, cuando queda apenas una semana para el día del golpe contra el Estado de Puigdemont, Junqueras y la CUP, es ya una afirmación tajante que el 1 de octubre y todo lo que el ya casi iconográfico 1-O significa, constituyen la amenaza más seria que ha vivido la democracia desde que se estableció en España el orden constitucional; una amenaza que va contra un modelo de convivencia nacido de una Transición que no sólo es un modelo de éxito, sino además que carece de parangón.

El 23 de febrero de 1981 fue el otro gran momento de una inestabilidad tal que la bisoña democracia estuvo al borde de la cisura. Una y otra fecha comparten el significado, no el significante.Paralelismos imposibles

Hace unos días, Tejero volvió a la escena pública con una carta en la que, con otras palabras, pedía la comparación entre la asonada que él protagonizo y el bosquejo ilegal de referéndum que quieren poner en marcha el Gobierno autonómico y la CUP.

Sin embargo, las diferencias son sustanciales. El teniente coronel secuestró a golpe de pistola y se sienten coño el Congreso. a sus diputados y al Gobierno en pleno. En el Parlamento catalán no hubo pistolas ni personas armadas.

Hubo, sí, una presidenta del Parlament y una mayoría parlamentaria que pisotearon los derechos de la oposición. Pero, aún con toda la gravedad que ello tiene, no es comparable a verse debajo del escaño por los tiros.

Los acontecimientos que se vivieron en la Cámara autonómica de Cataluña tenían su desarrollo escrito. Se sabía cómo iba a empezar y cómo iba a acabar. No así en el Congreso.

Aquellos diputados estaban completamente aislados de lo que más allá de Daoíz y Velarde sucedía y sobre todo, nadie sabía cómo iba a terminar.

Estas dos anotaciones ilustran suficientemente por qué el 23-F y el 1-O no son comparables en su significante (en su forma).

Sí puede establecerse el paralelismo en su significado, tanto en cuanto ambas fechas van a quedar para la Historia como los dos momentos en los que se quiso poner contra las cuerdas el Estado de Derecho.Dos momentos de distinta gravedad

Tampoco puede trazarse el paralelismo entre uno y otro momento porque su gravedad es esencialmente distinta. El 23-F fue amarga flor de uno o dos días. Esto, claro, no se sabía en su momento. Adelantar aquel día de febrero el cortísimo recorrido de la intentona era una temeridad que no se cometió.

Pero lo cierto, y la perspectiva de los años asiste al observador consciente, es que el 23 de febrero entraron los golpistas y el 24 estaban todos fuera.

Y aunque aquellas horas fueran de terror, fueron eso: horas, que además apenas contaron con antecedentes de trascendencia (si acaso, la frustrada ‘Operación Galaxia’). El 1 de octubre, sin embargo, no es cuestión de horas. Lleva labrándose, al menos, cinco años.

Muchos más si caemos en la cuenta de la gestión educativa, lingüística y cultural de Cataluña desde el 78 hasta hoy.

A diferencia del intento de golpe de Estado, el 1-O ha involucrado a parte de la sociedad catalana en la demencia de un Gobierno autonómico y sus proclamas, de tal suerte que hay quienes consideran que la legalidad internacional les asiste, les ampara y que efectivamente la Unión Europea poco menos que pondrá alfombra roja a la nonata República de Cataluña.

La frustración que subyace en las mentiras florece cuando éstas se desvelan o demuestran su naturaleza imposible. Y cuando el individuo queda sustituido por la generalidades masivas -“la gente”, “el pueblo de Cataluña”-, la frustración se hace maleable y presa de la hipérbole y la exacerbación. Se genera entonces el cisma.

El problema deja de ser de unas autoridades que han sentado plaza en la ilegalidad, para convertirse en un problema social; del vecino del cuarto y el del quinto, del tío y el sobrino. España lo sabe bien.

El 23-F no fue así. No hubo masa, ni identidades colectivas. No hubo arengas desde la tribuna pública. Fue la acción individual de unas pocas personas. Detenidas éstas, detenida la amenaza. De hecho, sólo un civil estuvo involucrado y, por supuesto, no ostentaba ningún cargo público.

García Carrés gestionaba desde un depauperado Alcázar las nostalgias de una minoría que, a diferencia de la de Juan Ramón, no era inmensa, ni mucho menos.

La detención, sin embargo, del número dos de Junqueras en Economía no solucionará el problema. Ello no quiere decir que no tenga que darse. La arbitrariedad no existe en la judicatura. Un juez ordena detenciones no por haberse despertado ese día de mal humor, sino porque ve delito. La toga ordena y la policía cumple.

Y aunque no vaya a solucionar el problema, sí muestra lo que debe ser una máxima inamovible: a quien quiebra la ley, la propia ley le responde. El Estado de Derecho se defiende a sí mismo.

El día 24 estuvo el problema solucionado y los periódicos con un apoyo unánime a los diputados, al Rey y a la Constitución. El 2 de octubre el problema no estará solucionado y no habrá unanimidad en los periódicos.

La actuación del Estado, con el Rey y el gobierno de subsecretarios, fue suficiente para acabar con el problema y, a la vista de los años pasados, acabar con él para siempre. Se llegó Aramburu Topete, responsable de la Guardia Civil, hasta el Congreso y recibió la rendición de Tejero tras el famoso pacto del capó.

Porque lo sencillo de las pistolas es que tienen el cañón más corto que las ideas. Tan pronto como se enfundan, su poder se esfuma. Las ideas y la galvanización irracional de una sociedad a la que se le arrebata el individuo y queda sustituido por la masa, carecen de la sencillez de las armas.

Se sostienen y son sostenidas en el tiempo, con el añadido de la más que probada habilidad del nacionalismo, con su discurso de entraña y estómago, de encontrar agravios en cada esquina que le sirvan como pretexto para su propia existencia.

Si el 24-F, el Gobierno pudo dormir tranquilamente. El 2-O no podrá. La radicalización se ha instalado tan hondamente en algunos sectores de la sociedad, que el Gobierno podrá estar de todas las formas posibles, menos tranquilo. Lo único cierto es que la resolución del problema en ambos casos tiene un mismo origen: el Estado.

Sólo la actuación decidida, no violenta, del Estado y de la Ley impedirá que el 1-O se consume el golpe contra el Estado. Y será cierta la frase de Rubalcaba: “quien le echa un pulso al Estado, pierde”. Pero desactivado el golpe, política, la política que hizo que la democracia española, el día 24, fuera más firme que nunca antes.

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