Martes, 17.10.2017 - 02:31 h

El supuesto cateto que llora con su himno y el perfecto cretino que no lo respeta

Las palabras injuriosas expelidas en un programa de la televisión vasca hacia el conjunto de los españoles describen la catadura de moral de sus autores.

“El amor visto desde fuera parece un juego de idiotas”, decía un personaje del Tartufo de Molière. Pero no lo es.

La actriz Miren Gaztañaga afirmó en un programa de humor de la televisión vasca que los españoles son "culturalmente atrasados".

Revela un nivel personal a la altura de Torrebruno quien se ríe de las emociones ajenas. Una pérdida, una alegría, una nostalgia o una derrota puede estimular sentimientos muy extraños para el observador externo, aunque no por ello menos respetables. “El amor visto desde fuera parece un juego de idiotas”, decía un personaje del Tartufo de Molière. Pero no lo es. Quien siente "esa cosita loca llamada amor" (Mercury dixit), se lo toma muy en serio, sea una persona, una canción o una mascota el objeto de dicho amor.

Nadie está obligado a compartir las emociones de los demás. Nunca he llorado cuando han apeado a la selección islandesa de un campeonato de fútbol. Pero no se me ocurriría burlarme de un vikingo con su cara pintada y sus cuernos puntiagudos que prorrumpe en lágrimas cuando el árbitro pita el final de un partido que elimina a su país del Mundial.

(Te interesa leer: Fachas, catetos y chonis. Así son los españoles para un programa de la ETB)

Compartir absolutamente nada con la selección islandesa no me impide valorar el grandioso espectáculo de su afición volcada con los suyos en la victoria y en derrota, como ocurrió en la pasada Eurocopa.

Reacciones como estas manifiestan síntomas de amor. Amores de lo más variopintos -a personas, colectivos, territorios, animales, símbolos…-, pero profundos.Un español en el día de la Independencia... de Centroamérica

Recuerdo lo que me sucedió el 15 de septiembre de 1997 cuando trabajaba en un periódico de El Salvador. El director nos invitó a salir al jardín, con ocasión del día de la Independencia. Pronunció unas palabras y luego comenzaron a oírse los primeros compases del himno nacional. De repente, todo el mundo se echó la mano al pecho y comenzó a cantar: “Saludemos la Patria orgullosos de hijos suyos podernos llamar”.

Para mí, un españolito que apenas llevaba un año en el país, resultaba insólito ver algo así. Nunca había cantado el himno en mi trabajo, y menos con la mano puesta en el pecho. Pero luego me fui acostumbrando. Es más: me gustó. “Allá donde fueres, haz lo que vieres”, dice el refrán. Con el paso de los meses aprendí el himno, así que en los años subsiguientes me uní al coro sin que nadie me reprochase nada, aun sabiendo yo había nacido precisamente en la otrora potencia colonizadora.¿En qué parte de la línea de la decencia está cada uno?

Las palabras injuriosas que, bajo la excusa del humor, expelieron diversos personajes en un programa de la televisión vasca hacia el conjunto de los españoles y sus símbolos patrios, más que ofender, sirvieron para descubrir la catadura de moral de dichos individuos, de los productores del programa y de los responsables políticos que no se han desmarcado de ellas. Para su desgracia y la de tantos españoles de bien, compartimos la misma ciudadanía y la seguiremos compartiendo en el futuro: eso no habrá referéndum que lo arregle.

Es bueno, no obstante, saber qué lugar de la línea de la decencia ocupa cada uno. La irrenunciable condición de españoles no nos iguala a todos en todo. Yo me ubico sin dudarlo al lado de los “catetos” que, como todas las personas decentes del mundo, se conmueven con su himno, su bandera o sus tradiciones. Ellos, con los perfectos cretinos que se burlan de una emoción que no entienden, por el simple hecho de sentirla ajena.

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