Miércoles, 11.12.2019 - 12:31 h
Telediaria

Las batallas de 'La Voz Kids': el efecto boomerang que producen en la audiencia

"Vaya comienzo", presume feliz David Bisbal. Es la percepción que siente nada más empezar las batallas de 'La Voz Kids': ha comenzado algo grande. Y razón no le debe faltar, el arranque del programa se ha debido vivir en plató como una gran fiesta entre los coaches y sus asesores. Todos han entrado en el estudio con el arte de las grandes estrellas que son. Sin embargo, por la tele, estos primeros minutos han sido frustrantes, ya que el espectador no ha conseguido ver bien los detalles de las apariciones estelares de las estrellas del programa. Lo que es crucial, claro. Por ejemplo, Lolita Flores, asesora de su hermana Rosario, irrumpía en el estudio por primera vez y su entrada por la puerta no se ha visto por la tele. Y no es porque la realización haya llegado tarde, pues el programa está grabado.

Lolita es presentada y ya se la ve abrazando a su hermana casi en el centro del decorado. Y queda raro. El público nota que se ha perdido algo. Falta relato. Y, ahí, en ese sutil detalle, estriba uno de los problemas de la actual edición del español 'The Voice': el programa quizá está tan obsesionado por el ritmo que acaba matando el propio clímax del espectáculo, que es motor vital de un talent show.  Si no introduces bien a tus protagonistas, no introduces bien el frenesí por tu formato.

Por momentos, la emisión se percibe más como un 'docushow' cargado de declaraciones que como el nervioso e imprevisible acontecimiento que se presupone a un concurso musical.  Que parezca un show y no un editado documental es una característica fundamental para trascender o no en el entretenimiento en España, donde el espectador siempre elige con más intensidad programas de entretenimiento que se asocian al 'en vivo y en directo' que a espectáculos fragmentados hasta parecer un documental condescendiente sobre las vidas de los famosos asistentes.

El montaje de imágenes de 'La Voz' fomenta una aureola de programa muy enlatado, desdibujando esa excitación de gala que facilita el enganche al concurso musical en la cultura de consumos audiovisuales españoles. De esta forma, los primeros minutos de las batallas de 'La Voz Kids' han optado por un tono más anglosajón que merma la evocación en el espectador de que asiste a un espectáculo único, grandilocuente, imprevisible y de primer nivel. Un show que si se lo pierde no tendrá nada de qué hablar.

Y 'La Voz Kids' tiene mucho para dar de qué hablar. De hecho, la incorporación de Lolita es un gran empuje para el programa. La química con su hermana, junto con su sabia habilidad para comunicar sin filtros, otorgan al show de un interés especial. Ella representa a esa artista transversal, cercana, con un carácter que no se puede prever. El reto está en que eso se vea por la tele. Pero el montaje de 'La Voz' como que lo termina mermando.

A diferencia de lo que logran otros programas también grabados en la mayor parte de sus emisiones, como 'Tu cara me suena' o 'Got Talent', 'La Voz' debe quitarse el corsé que ha ganado con los años y armar mejor su relato para que las galas proyecten ese nervio de evento irrepetible con entidad contundente. Eso se consigue potenciando el plató y a su presentadora, Eva González, e incluso aprovechando las imperfecciones que surgen en el rodaje. Siempre sin dar por supuesto que no es necesario mostrar determinadas transiciones entre invitados o concursantes, que bien planificadas por guion pueden dar vidilla al formato para que no contagie la frialdad de una cosa pasada por grabada hace meses. Y es que no basta con enriquecer el ir y venir de canciones con ese toque de documental ñoño -con musiquita lacrimógena de fondo-, que tanto gusta en el mundo anglosajón. Esta táctica en España produce un efecto boomerang: paradójicamente, nos hace sentir el show en más predecible de lo que realmente es en el propio plató en el que se graba. 

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