Viernes, 20.07.2018 - 20:01 h
En mi molesta opinión
Analista político

El día que Puigdemont reconoció lo que todos sabían: que es un cadáver político

A la misma hora que Toni Comín se atragantaba con los amargos mensajes de Puigdemont, el ex president fugado lanzaba un vídeo diciendo lo contrario y llamando a la resistencia a sus adeptos independentistas. Por un lado vende que la lucha continúa, y por otro confiesa por mensaje ultra encriptado, que casualmente todo el mundo acabará leyendo –vaya paradoja-, que "Esto ha terminado. Los nuestros nos han sacrificado(…). El plan de Moncloa triunfa".

Lo más grave de este desliz es lo que deja en evidencia: la desnudez del líder, es decir, la mentira de su extrema arrogancia. Puigdemont lleva algún tiempo diciendo unas cosas en público y expresando otras en privado, cuando la masa de seguidores no puede oír sus “sinceras” reflexiones.

Es justo reconocer, que cuando Puigdemont se pone a escribir lo que piensa, creyendo que la masa engañada no se va a enterar, se le entiende todo. No deja cabos sueltos, ni medias tintas. La confesión vía mensaje telefónico del ex president fugado hace un análisis exhaustivo de la situación política y de su futuro personal. Un futuro que pinta de lo más negro y que según él dedicará a defenderse del chaparrón judicial que le espera, siempre y cuando decida claudicar y entregarse al juez. Decisión poco probable, visto lo visto hasta ahora. Quizá por ello, algunos le aconsejan que se busque ya algún trabajito o carguito en Bélgica, por si decide seguir en plan fugitivo.

Sin embargo, y a pesar de la confesión accidental de Puigdemont, el lío catalán sigue en plena efervescencia. Todos los líderes independentistas, incluido el presidente Roger Torrent, continúan afirmando que sólo hay un candidato para la investidura: Carles Puigdemont. Todos actúan con falsedad e hipocresía, sin atreverse aún a enterrar el cadáver político, al menos hasta que tengan claro quien será su sustituto. Las peleas internas entre los grupos separatistas persisten y cada vez son más estridentes.
Por un lado hablan como si ninguna adversidad les hubiera sucedido, para no alarmar aún más a sus fanáticos seguidores, a los que temen pero tratan como si fueran bobos de solemnidad; por otro, buscan al tiempo un recambio que desatasque la situación. Veremos si son capaces de ponerse de acuerdo, o en un arrebato de locura apuestan por unas nuevas elecciones.

Los independentistas han cometido tantos errores y han hecho tantas barbaridades que ahora no saben por dónde salir de esta perniciosa encrucijada política. Pretenden seguir avanzando como si tal cosa, como si no hubieran sido derrotados por el Estado y los tribunales de Justicia. La soberbia xenófoba que les guía les impide bajar la cerviz y reconocer los hechos. Es por ello, que los mensajes de Puigdemont claudicando adquieren un valor de gran testamento y reconocimiento. Que admita el cabeza principal del secesionismo que Moncloa ha ganado, es todo un triunfo de la democracia, que incluye, por supuesto, la labor y la habilidad de los periodistas. Es más, si esa confesión no llega a descubrirse de manera sibilina, algunos dirían que son declaraciones falsas o que son sólo frases para salvarse de la cárcel.

A pesar de ello, que nadie se engañe. El golpe secesionista ha sido derrotado, pero ello no significa que la pesadilla este finiquitada. En Cataluña seguirá el doble juego del victimismo y la mentira, aunque ahora cumpliendo las leyes y lo que dicten los tribunales. La razón de Estado se ha impuesto a la locura colectiva de unos miles de secesionistas que se creían más listos y más fuertes que los demás.

Lo que Cataluña precisa, por el bien de todos los catalanes y españoles, no es sólo volver al “principio de legalidad”, fundamento de toda democracia; sino regresar también, con la misma urgencia, al “principio de realidad”. Esa lucidez colectiva que devuelva la prosperidad política y económica a una sociedad fracturada y desanimada por la torpeza y arrogancia de unos mediocres políticos que no supieron encontrar alternativas reales y legales a sus frustraciones personales.

Cataluña no necesita separarse de España para “volver a ser rica y plena”, ni tampoco dar buenos golpes de hoz ni institucionales para reivindicar su manera de ser y sus diferencias. Lo que necesita Cataluña son políticos más inteligentes y más hábiles que sepan negociar con pericia los derechos y deberes de una tierra que siempre ha tenido el seny y la creatividad como señas de su prosperidad. Para ello habrá que bajar la tensión ambiental y mental, y reconocer que para ser un buen catalán o, incluso, un buen español, no es preciso destruir España. Y si no, recuerden una vez más lo que dijo el canciller Bismarck: "La nación más fuerte del mundo es sin duda España; los españoles llevan siglos intentando destruirla y no lo han conseguido".

El día que Puigdemont reconoció lo que todos sabían: que es un cadáver político

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