Miércoles, 19.02.2020 - 19:41 h
En mi molesta opinión
Analista político

Por qué lo llaman eutanasia cuando quieren decir suicidio asistido

La polémica ley de eutanasia del PSOE ya está aquí. Pero llega sin un debate previo de los profesionales de la medicina y de la sociedad en general, que ante una cuestión tan vital como esta tendría que haberse producido, sin duda alguna. El pobre -intelectualmente- y único debate parlamentario que hubo la semana pasada ha sido lamentable, un fiel reflejo de la mediocre clase política que gestiona nuestras leyes y, en consecuencia, nuestras vidas.

Pero empecemos por desenmascarar las intenciones reales del Gobierno. En la actualidad en España no existe una amplia demanda social sobre una ley de eutanasia. Ninguna encuesta ni ningún barómetro del CIS recogen entre las principales preocupaciones de los españoles la eutanasia, sí en cambio son una preocupación el paro, la propia clase política, la economía, el separatismo, etcétera.

A pesar de estas claras preferencias de los españoles que dan los sondeos, Pedro Sánchez ha querido que la primera norma que se tramite en la Cámara Baja en esta XIV Legislatura sea la ley de eutanasia del PSOE. Una tarjeta de visita para definir su radical postura política. Además de fomentar la polémica y la división entre los españoles por su sectarismo social, Sánchez se ha visto forzado a presentar esta iniciativa legislativa como proposición de Ley del grupo socialista y no como proyecto de Ley del Gobierno.

De este modo, siendo proposición de Ley no tendrá que pasar por el filtro del Consejo de Estado, del Consejo General del Poder Judicial ni de las asociaciones profesionales médicas que se oponen en bloque a esta medida que, además, tiene peligrosas derivadas constitucionales al afectar de manera clara el derecho a la vida que la Carta Magna recoge en su artículo 15. Pero a Sánchez todas estas cuestiones legales y sociales le importan muy poco si a cambio puede conseguir sus objetivos propagandísticos y erigirse en el líder más progresista del mundo.

Veamos ahora dónde está lo más pernicioso de esta ley de eutanasia. En España ya se practica desde hace años la muerte digna, que está integrada dentro de la asistencia paliativa, e incluye tratamientos de sedación o retirada de soporte vital para evitar ensañamientos médicos y terapéuticos. A los pacientes los médicos no sólo les quitan el dolor, sino que cuando su situación es límite les ayudan a morir dignamente. Desde hace años se realizan estas practicas, pero los cuidados paliativos no se aplican a todos los enfermos que lo precisan, sólo a un 70%, y ese es el gran problema y donde debería actuar realmente el Gobierno.

El término eutanasia -que significa “buena muerte”- se ha usado para describir practicas muy diferentes. De ahí que se adjetive para diferenciarlas. Existe la ‘Eutanasia pasiva’: los médicos evitan alargar la vida artificialmente, e incluso pueden, dadas las circunstancias del paciente, aplicar una sedación paliativa que provoque indirectamente la muerte. Pero eso siempre se realiza en pacientes que estén en fase terminal o con una esperanza de vida corta.

Lo que pretende la LORE del PSOE (Ley orgánica de regulación de la eutanasia) es abrir la puerta a la ‘Eutanasia activa’ y con ella al suicidio asistido, ya que el paciente que la solicite no deberá tener el requisito de estar en fase terminal ni su esperanza de vida deberá ser corta. Por ejemplo, una persona de 40 ó 50 años que sufra un accidente y se quede discapacitado, pero su esperanza de vida sea amplia, podrá solicitar el suicidio asistido, llamado falsamente eutanasia.

Nadie dice que no haya vidas y existencias duras y difíciles de sobrellevar, pero una sociedad civilizada no puede tener más presente la “solución” de la muerte antes que otras muchas posibilidades de vida. En el mundo sólo hay media docena de países que permiten la eutanasia y, salvo Bélgica y Holanda, todos exigen que los pacientes que soliciten la eutanasia tengan un final de vida claramente definido, con una muerte previsible en semanas o meses, pero no más allá de un año. En España no se precisará esta exigencia temporal de vida.

Existe el agravante de que el PSOE no ha querido desarrollar previamente una ley de cuidados paliativos, ni tampoco redactarla en paralelo con la de la eutanasia para darles más posibilidades y esperanzas a los enfermos; a Sánchez sólo le interesa aprobar la ley y ponerse en la solapa la fatídica medalla de que ha sido el primero en implantar la eutanasia. Abrir la puerta al suicidio asistido implica muchas más cosas, implica sobre todo un cambio cultural sobre el valor de la vida. En pocos años los relativos límites que ahora se ponen se suprimirán, y se facilitará el suicidio a quien lo solicite. Toda ley tiende a dilatarse.

Sabemos que ante la enfermedad y la muerte todos somos muy vulnerables y más en una sociedad donde lo que prima es el placer, y el sacrificio ha quedado proscrito. A nadie se le exige ser un héroe cuando está viviendo una grave enfermedad, sólo se pide que como sociedad le demos más valor y más soluciones a esa complicada vida y ofrezcamos mejores ayudas a los enfermos que no quieren seguir viviendo, no porque estén a punto de morir, sino porque han perdido la ilusión y la razón de su existencia.

Mucho antes de ofrecer la muerte como solución, debemos buscar la respuesta eficaz en la propia vida. Somos muy ecologistas y muy capaces de hacer cualquier cosa por el Planeta y la Naturaleza, pero no hacemos mucho, más bien poco, para salvar la Naturaleza humana, la de los hombres y mujeres que se enfrentan a situaciones dolientes y complejas que les llevan a renegar de su existencia. Quizá debamos replantearnos el significado de la vida humana y aumentar su valor existencial, y devolverle su dignidad que va más haya de su estado físico. No se trata de sufrir, nadie lo desea y se puede evitar; consiste más en no adelantar la hora de la muerte y en no fracasar como sociedad porque no sepamos darle sentido y valor a esta vida.

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