Viernes, 06.12.2019 - 01:38 h
En mi molesta opinión
Analista político

Teoría del mal menor o como el PSOE blanquea al independentismo

Digamos que el ser humano tiene capacidad para distinguir el mal menor. Digamos que -en apariencia- existe un principio ético que respalda o justifica la elección del menor de los males con el fin de evitar otro mayor. Digamos que ante este dilema binario -mal menor o mayor- no cabe la posibilidad de una tercera opción, lo que Aristóteles llamaba "tertium non datur" (el tercero excluido, o no se da). La Filosofía y el Derecho han estudiado a fondo el principio del mal menor y surgen muchas contradicciones pues nunca es lícito aceptar un mal como solución, ya que su inconveniencia no depende de su tamaño, sino de la ausencia de bien.

Pedro Sánchez aspira a lograr un bien, al menos para él, que es la formación de un Gobierno y su presidencia. Y para ello necesita irremediablemente otros apoyos políticos. Sus opciones son limitadas, en concreto dos: formar un gobierno con la extrema izquierda con apoyo de independentistas; o formar un gobierno en solitario con el apoyo/abstención del centro derecha. "Tertium non datur", no se da una tercera. ¿En cuál de las dos opciones está el mal menor?

Es cierto que el PP se ha puesto de perfil, por no decir de espaldas, y no ha propiciado ninguna aproximación al PSOE. Pero también hay que decir que 24 horas después de las elecciones del 10-N, Pedro Sánchez se estaba abrazando con fruición con Pablo Iglesias tras la firma de un preacuerdo de coalición. Sánchez ha hecho su elección radical y ha pasado olímpicamente de la moderación del centro derecha, con el que, en cambio, sí tiene un acuerdo en Europa, donde existe un pacto entre socialdemócratas, liberales y conservadores para excluir a la extrema izquierda y a la extrema derecha.

Quizá España, vista la decisión del PSOE, no merezca ser protegida de los extremismos y populismos que la acechan. Sánchez ante la disyuntiva de buscar apoyos de gobierno en un lado u otro ha optado por el mal mayor. Pactar con el centro derecha -C's y PP- y aceptar algunas condiciones era, sin duda, el mal menor. Hasta Pedro Sánchez reconoció durante la campaña electoral donde estaba el mayor mal: "No dormiría tranquilo si hubiera aceptado la coalición de Unidas Podemos. Ni yo ni el 95 % de los españoles". También vio claro el mal que conllevan los independentistas como ERC: "No quiero la estabilidad del país en sus manos, no son de fiar"; sin embargo, ayer se sentó a pactar con ellos el futuro de España.

Tal vez, lo dicho y prometido reiteradamente por un político en campaña prescriba a los pocos días. No lo creo, pero en estos tiempos de medias verdades líquidas alguien podría discutirlo, aunque sea falso. Pero lo que no prescribe ni nadie puede discutir es la lógica de los hechos. De ahí que hoy haya muchos españoles con la mosca detrás de la oreja, por no decir con la indignación por bandera, al no comprender qué hacen los socialistas sentados con los independentistas de ERC, dispuestos a pactar con ellos la investidura de Sánchez.

Pongamos que alguien en Moncloa se ha vuelto loco y cree que los ciudadanos son más tontos de lo previsto, pero si el futuro Gobierno pacta con los independentistas la llave de la gobernabilidad, además de los futuros Presupuestos, con lo que ello implica, los independentistas acabarán siendo vistos como interlocutores válidos para el funcionamiento de España y, en consecuencia, no serán percibidos como perniciosos para el orden constitucional, ni nadie creerá que esos "compañeros" de viaje de Sánchez son los mismos que quieren cargarse el Estado, ya que el propio PSOE recurre a ellos como apoyo de investidura, y a cambio incluso les ofrece algunas concesiones, todo ello con sus líderes principales en la cárcel condenados por sedición.

Sería muy distinto que el Gobierno, no ya en funciones sino constituido, se sentará como representante del Estado a hablar para buscar soluciones a los problemas de convivencia, de política y de respeto a la legalidad que hay en Cataluña, pero nunca debiera sentarse un partido político a negociar votos o abstenciones bajo la presión y el interés partidista de una investidura con unos políticos que pretenden reventar el orden constitucional, en lugar de modificar la constitución por los cauces legales para lograr sus objetivos, cosa muy distinta.

Sin duda, el pacto de PSOE con ERC, de Sánchez con Junqueras -preso en la cárcel-, blanquea la imagen del independentismo y "rebaja" la ilegalidad de sus faltas y delitos: el martes pasado el Parlament de Cataluña votó con el apoyo de la mayoría independentista una resolución prohibida por el Tribunal Constitucional contra la Monarquía y en favor de la autodeterminación. Todo ello en plenas negociaciones con los socialistas. De ahí que cueste entender que estos políticos destructores del Estado español deban ser a su vez la muleta de apoyo que facilite la gobernabilidad del partido socialista.

¿Y cómo se entenderá y se explicará este pacto en Europa? Mientras el Estado español, a través de su sistema judicial encarcela a los políticos secesionistas por sus actos, un partido constitucionalista -el PSOE- echa mano para alcanzar el poder de esos mismos secesionistas que pretenden destruir el orden territorial y constitucional. Una paradoja que servirá para que nos tomen menos en serio si cabe, y para que los europeos que ven con buenos ojos la independencia de Cataluña -porque no les afecta directamente a ellos- sigan apoyando el separatismo y sigan cuestionando las medidas legales contra el mismo. Si los propios españoles les dan cabida en sus proyectos de gobierno, cómo no habrá que hacerles caso en sus aspiraciones políticas. No serán tan "locos" ni dañinos cuando recurren a ellos.

A pesar de los riesgos y la gravedad que plantean estas negociaciones, parece que todos los partidos del arco parlamentario encuentran acomodo en la irracionalidad. Unos, porque conseguirán sus objetivos de lograr el poder; los otros, porque intuyen que el batacazo de los primeros será mayúsculo y de las ruinas sacarán provecho, caso de PP, C’s y Vox; pero los verdaderos afectados, el pueblo español, sigue sin entender como unos políticos que antes de las elecciones prometían unas cosas y echaban pestes del populismo y el separatismo, veinte días después están dispuestos a hacer lo contrario a lo que decían.

Todos, incluidos los votantes socialistas, observan con estupor y preocupación el futuro de España. El voto de los ciudadanos lo han convertido en un cheque en blanco para que los políticos sin escrúpulos actúen a su antojo, sin respetar siquiera sus promesas y anteponiendo sus fines egoístas a cualquier interés general. La democracia participativa está enferma y de ello se aprovechan los brujos del poder. Pero no les quepa la menor duda de que los platos rotos los pagaremos nosotros.

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