Martes, 26.03.2019 - 00:06 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

El erizo y el zorro

A veces, nos comportamos como sociedad de una manera extraña, desconcertada, inexplicable. Y si no se lo cree, observe lo que ocurre en el mundo que le rodea. Resulta increíble la deriva populista que reflejan las elecciones de un país tras otro. Ahora Bolsonaro, ayer Trump y Salvini, antes Tsipras e Iglesias. Los populismos – de derechas e izquierdas – van copando las casillas del tablero, antesala inquietante de un porvenir incierto. Y si estos populismos alcanzan el poder es porque los votamos, los alentamos, los queremos. Los populistas no son sólo los líderes, lo somos nosotros armados con el puñal de papel de nuestros votos.

Ya Erich Fromm, en su clásico El miedo a la libertad advirtió de la atracción fatal que el individuo occidental, aparentemente liberado de los yugos arcaicos, sentía por los totalitarismos. Analizaba el fenómeno desde los impulsos psicológicos y sociológicos que empujaron a los alemanes a abrazar mayoritariamente el nazismo. Y, sorprendentemente, sus conclusiones son absolutamente válidas en la actualidad, en los que la pulsión populista vuelve a zarandear ánimos y voluntades. Queremos populistas y, desgraciadamente, populistas tendremos.

Chaves Nogales, en su delicioso libro Bajo el signo de la esvástica, cuenta su viaje a la Alemania de 1933, con Hitler recién ascendido al poder, todavía legitimado de alguna manera por los votos. Escribió algo estremecedor y clarividente, que aproximadamente decía. “Alemania – refiriéndose a su cuerpo social – quiere entrar en guerra. Llevaba tiempo buscando al líder que inequívocamente la condujera hasta ella. Lo acaba de encontrar, se llama Hitler”. Chaves Nogales entendió lo inexplicable. Hitler era un producto de la sociedad alemana y no a la inversa, al menos en aquellos primeros momentos. Pues razón tenían Fromm y Chaves Nogales. De vez en cuando, inexplicablemente, los pueblos parecen renunciar a las libertades alcanzadas para entregarse apasionados a los brazos de populismos imposibles. Y eso – qué pena – es lo que ocurre ahora.

Isaiah Berlin, en su ensayo El erizo y el zorro, recuperó felizmente la fábula griega del poeta Arquíloco: “El zorro sabe muchas cosas, el erizo sólo sabe una, pero bien”. Dividió a la humanidad entre zorros y erizos. El erizo sabe de pocas cosas, pero de lo que sabe, reboza certeza. Eso, le ayuda a veces, pero también le limita, porque le fuerza a ver la vida desde un único punto de vista. Berlin consideró erizos a Platón, Lucrecio, Hegel, Dostoievski o Braudel. El otro extremo lo ocupa el zorro, que conoce de mucho, pero de manera superficial. No tiene una única visión de la vida, por lo que se mueve en la incertidumbre y aprende a navegar en el desconcierto. Aristóteles, Erasmo, Shakespeare, Pushkin o Joyce encajarían en la categoría de zorro según Berlin. Los populismos, que venden certezas, emulan al erizo, mientras que las democracias liberales se asemejan al zorro, siempre con dudas y permanente negociación ante las decisiones. Vargas Llosa, en su ensayo La llamada de la tribu – una formidable biografía intelectual con el liberalismo de fondo - escribe: “Disfrazado o explícito, en todo erizo hay un fanático; en un zorro, un escéptico y un agnóstico”.

La certeza en una única idea frente a las dudas permanentes y la autocrítica. Autoritarismos y populismos venden certeza, los sistemas liberales deben navegar gestionando la incertidumbre. Los primeros ofrecen seguridad, los segundos confían en la libertad. Pero, hasta ahora, y a pesar de sus titubeos, las decisiones basadas en la libertad, a medio plazo, han ganado siempre la batalla a los totalitarismos, sean estos fascistas o comunistas, que tanto montan como montan tanto.

De nuevo, sorprendentemente, los populismos comienzan a soliviantar a las masas. De repente, las mayorías parecen preferir sus promesas imposibles antes que el posibilismo ambiguo de los parlamentos; las certezas de hojalata de los populistas antes que el pragmatismo a ras de suelo de los gestores grises; las certezas del líder a las dudas del debate; la seguridad de la tribu a la responsabilidad de la libertad. La sociedad occidental, después de haberse librado de las ataduras y las cadenas del pasado, parece llamar de nuevo a los populismos, que no son otra cosa que la versión posmoderna de los totalitarismos de los treinta, reclamados en su momento por las masas, tal y como Ortega y Gasset radiografiara en su lúcido ensayo La rebelión de las masas.

El populismo tiene las ideas claras, la democracia liberal es escéptica, duda y es lenta en la toma de decisiones. El erizo y el zorro, vamos. Pero, en determinadas circunstancias, la estrategia del erizo funciona mejor que la del zorro. Esopo, con su moralina inherente, recogió la idea, y cambiando el erizo por el gato, escribió la fábula titulada El zorro y el gato. El zorro, que se consideraba astuto, se jactaba de que, en caso que vinieran los cazadores, tendría mil trucos para escabullirse y escapar. El gato, apesadumbrado, reconocía que sólo se le ocurría una, el subirse al árbol más alto y esconderse arriba. Pues bien, al poco tiempo, aparecieron varios cazadores con sus perros feroces. El gato puso en marcha la única estrategia de salvación que conocía, y se subió al árbol con agilidad. Se salvó. El zorro, sin embargo, perdió un tiempo precioso mientras pensaba por cuál de sus posibles estrategias se decantaba. No le dio tiempo a decidir, porque los alanos se le echaron encima y lo despellejaron.

Moraleja, en algunas ocasiones es mejor tener una sola idea clara que muchas sin decisión. Podríamos quedarnos con Esopo, pero, la historia nos dice que, a la larga, se equivoca. Al final, la astucia del zorro garantiza mejor su supervivencia que la estrategia de vía única de los erizos.

Nos toca a nosotros decidir entre erizos y zorros. Pero si erizos elegimos, no nos quejemos luego, cuando el fracaso de la certeza que le compramos se estrelle contra una realidad indiferente a sus cantos de sirena. Ayer y hoy, los populismos siempre nos condujeron y nos conducirán de nuevo hacia el desastre. No los alentemos, no los votemos.

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