Martes, 31.03.2020 - 04:50 h

La Maestranza, de Sevilla, cierra temporada con un vacío de bravura

Una corrida de toros de los dos hierros de Juan Pedro Domecq, ayuna de bravura y de nulo juego, dio al traste con el festejo de más expectación de la feria de San Miguel, con el que se cerraba el abono 2013 en la Maestranza de Sevilla.

Paco Aguado

Sevilla (España), 29 sep.- Una corrida de toros de los dos hierros de Juan Pedro Domecq, ayuna de bravura y de nulo juego, dio al traste con el festejo de más expectación de la feria de San Miguel, con el que se cerraba el abono 2013 en la Maestranza de Sevilla.

FICHA DEL FESTEJO:

Cuatro toros de Juan Pedro Domecq (el tercero como sustituto de otro devuelto del mismo hierro) y dos, en los últimos lugares, de Parladé. Corrida de fina y buena presencia, muy en tipo de su encaste, pero, salvo el sobrero, de nulo juego, sin fondo alguno de bravura y de brío.

Morante de la Puebla: media estocada atravesada (silencio); media estocada (silencio).

El Juli: media estocada atravesada (silencio); media estocada atravesada y descabello (silencio).

Alejandro Talavante: estocada trasera (ovación tras leve petición de oreja); estocada tendida (silencio).

La plaza de la Maestranza se llenó por completo en tarde nublada, en la última corrida de la feria de San Miguel.

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UNA INMENSA DECEPCIÓN

Con los tendidos a rebosar y con un público expectante y tan ilusionado que obligó a los tres toreros a saludar al terminar el paseíllo, salió al ruedo el primero toro de la divisa de Juan Pedro Domecq, fino y con un armónico trapío, como todos los que aún esperaban en los chiqueros.

Sobre el papel, tanto este como el resto de los toros tenían "hechuras de embestir", como se dice en el argot. Pero a los pocos segundos este mismo que abrió plaza ya marcó el guión que iba a marcar la tarde negativamente: bastaron cuatro o cinco verónicas templadas de Morante para que el animal abriera la boca, como síntoma inequívoco de su falta de bríos y de raza.

Salvo el tercero -precisamente el sobrero que sustituyó a uno de los titulares- todos los ejemplares de la corrida mostraron un absoluto vacío de bravura que les llevó a pararse acobardados o afligidos en cuanto pasaron por la prueba de la puya.

Los de Morante, del que todo el mundo esperaba al menos una pincelada de su cantado arte, fueron dos auténticos marmolillos, dos toros anclados al albero y que apenas le regalaron media embestida completa.

Y el torero de la Puebla, para decepción de sus muchos partidarios, no quiso perder el tiempo ante tanto imposible. Al menos, se le agradeció la brevedad.

El Juli volvía a Sevilla cinco meses después de haber sufrido sobre esta misma arena una de las más graves cornadas de su carrera. Y, probablemente, tenía la intención de enjuagarse ese mal sabor de boca que se le quedó en abril. Pero tampoco tuvo de dónde.

El primero, más que por falta de bríos, se paró por una actitud reservada y defensiva, midiendo mucho antes de arrancarse a una muleta ondeada por el viento.

Puso cierto pero breve empeño el diestro madrileño en hacerle seguir el engaño, pero con tan escaso éxito como con el quinto, igual de reservón y que sólo se arrancó en un puñado de ocasiones a base de dejarle la muleta puesta en los mismísimos belfos.

De entre este desierto de casta, el lote de Alejandro Talavante fue como un pequeño oasis, donde al menos el extremeño se pudo mojar los labios. El sobrero, jugado en tercer lugar, se movió bastante más que sus hermanos de camada.

En realidad fueron sólo unas cuantas embestidas sin mucha clase y de poco recorrido, pero suficientes para que el extremeño estructurara la única faena que se pudo considerar como tal.

De menos a más en intensidad, se centró Talavante por el mejor pitón del toro, el derecho, hasta conseguir un par de series de muletazos templados y con alguna hondura con los que consiguió que surgieran en el tendido algunos pañuelos blancos que no provocaron la concesión de la oreja.

Al sexto, ya a tarde y a temporada vencida sobre Sevilla, y con una inmensa decepción pesando sobre el ambiente, Talavante le sacó, sin gran limpieza, los seis o siete únicos pases que tuvo en el último tercio antes de su absoluta rendición.

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