Jueves, 24.01.2019 - 14:43 h
Telediaria

El día que Vox anuló a Évole ante sus votantes y lo que representa en tiempos de viralidad

Los medios de comunicación ya no son una ventana exclusiva a la información. Las redes sociales y las aplicaciones de mensajería, como Whatsapp, se han convertido en un poderoso caudal de acceso a consignas sin filtros. Son unas valiosas plataformas para descubrir, para aprender, para enterarse pero, también, para aceptar como verídicos unos argumentarios cocinados para intoxicar.

El auge de Le Pen o la victoria electoral de Trump son en parte fruto de un hábil flujo de impactos de mensajes en unas redes sociales donde se intenta transformar al lector, espectador u oyente en creyente. 

Que la realidad no estropee a nadie lo que quiere escuchar. Ahí resurge la importancia del periodismo para digerir todo ese caudal informativo y dar herramientas a los usuarios para consumir información con una mirada crítica. Para no aceptar todo como cierto y no promover bulos a golpe de retuiteo o reenvío masivo en WhatsApp. Porque el receptor a priori siempre cuenta con una predisposición a creerse lo que le indigna.

En este sentido, interesante el trabajo que están desarrollando en el propio terreno de juego de la viralidad organizaciones como Maldito Bulo, contrastando la información y no-información que circula en la red. También la productora de El Objetivo, Newtral, con verificaciones a pie de redes. Fact Cheks que son narrados por periodistas en pequeñas píldoras que son ejemplo de nuevas narrativas. Porque no sólo basta con obtener el dato, también hay que saber explicar ese dato comprobado.

La indignación gana a la profundidad

La indignación gana a la profundidad en unas redes sociales en las que no hay demasiado tiempo para pasarse a pensar. Y ahí los extremismos se hacen fuertes y hasta anulan a los medios de comunicación tradicionales, que a veces caen en la propia trampa de dar relevancia a espejismos que se proyectan en las redes sociales pero que no están en la realidad social.

Estamos en una época en el que la percepción de la conversación en redes sociales puede adelantar a lo que verdaderamente es importante. Es la propaganda de siempre que, ahora, tiene una nueva multiplataforma como púlpito. Y ahí es donde se puede desvirtuar la agenda informativa de los medios y del discurso de los propios partidos políticos, implantándose la sensación de la existencia de problemáticas que no son como se quiere que parezcan. Incluso dando legitimidad entrañable a personas que no la tienen. 

El antídoto a este escenario es la esencia del periodismo llevada a las nuevas narrativas: contrastar, verificar y, sobre todo, explicar la complejidad de la realidad, que no siempre es tan real en unas redes sociales en el que los partidos de extrema ideología se propagan, aprovechando la polarización del debate que surge de la ardiente rapidez con la que se consume la información. Esa apasionada prisa es perfecta para nublar y hasta mermar la perspectiva crítica del usuario e incluso de los medios de comunicación que pueden amplificar el mensaje alzando como noticia mensajes prefabricados para contaminar a la sociedad. La simplificación de todo en 2oo y pico caracteres arrasa con la complejidad de las situaciones, lo que puede propiciar el aumento de "miedos" sociales consecuencia directa en muchos casos de la expansión de estigmas por desconocimiento.

Esta simplificación es lo que logra el líder de Vox, Santiago Abascal, haciendo campaña con ataque sin disimulo en un mitin a Salvados de Jordi Évole. Desacredita su credibilidad ante los afines de su partido, transforma a un periodista en una especie de antagonista de película y, así, anula su trabajo de cara a sus potenciales votantes

Porque Vox no necesita para crecer la transparencia de dar explicaciones a periodistas. Al contrario, señala al periodista, lo cabrea mientras bloquea sus preguntas incómoda y da vía libre a la popularización de su argumentario, que fluye -entre otros lugares- por el frenesí del consumo indignado de las aplicaciones de mensajería instantánea y las redes sociales, que no son sólo Twitter. De hecho, el Instagram de Abascal es una cuidada cuenta de aspiracional influencer con deporte, familia y épicas imágenes de postal, además de política y banderas. 

Y esa vía libre que se abre en whatsapps y las redes sociales para propagar su argumentario ya la tienen controlada los extremismos en un tiempo en el que todavía estamos aprendiendo todos, usuarios y medios de comunicación, a consumir, relativizar y procesar la información y sucedáneos en este acaudalado vaivén de la viralidad donde es fácil picar, todos, en el anzuelo. 

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