Viernes, 21.09.2018 - 06:37 h
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Másters: ¿tomadura de pelo o herramientas para conseguir trabajo?

Son los másters una tomadura de pelo? ¿Se han convertido en un negocio para unos cuantos listos? ¿Son útiles para los estudiantes?

Varios reportajes aparecidos en las últimas semanas en los medios de comunicación han puesto a los másters bajo sospecha: desde un máster de Periodismo repleto de estudiantes chinos que apenas hablan español, hasta un máster cursado por la presidenta de la comunidad de Madrid, del cual se están buscando pruebas.

En España había en el curso 2016-2017 unos 184.000 estudiantes matriculados en cursos de maestría, según un documento del Ministerio de Educación. Con esos cursos, completan sus estudios de grado, y se especializan en una tarea.

Los másters empezaron a crecer cuando el sistema universitario español adoptó íntegramente el Plan Bolonia en 2010. Desaparecieron las viejas licenciaturas de cinco años, y fueron sustituidas por cuatro años de grado, a lo cual se añadía un año más de máster o maestría, para completar el ciclo.

Desde entonces, las instituciones educativas oficiales y privadas han encontrado un filón en ofrecer maestrías, cuyo precio oscila entre 2.000 y 30.000 euros por alumno y curso.

En teoría, un máster te abre las puertas al mundo laboral porque significa que te has especializado en un saber concreto: en gestionar los recursos humanos, en organizar la cadena de suministro de una empresa, en marketing digital, o en dirigir empresas.

Conozco algo esa actividad porque desde hace años doy clases de máster en varios sitios. En ese tiempo, también me he dedicado a ver qué hacen otras escuelas y universidades.

Y en general, mi conclusión es que esta fiebre por obtener un máster está empujando a algunas instituciones a cometer ciertos pecados:

-Los comerciales venden la moto. Son personas que antes vendían enciclopedias y ahora venden másteres. Algunos, para llevarse su comisión, le venden al estudiante un paraíso de cosas bonitas, que no es exactamente la realidad. Por ejemplo, les aseguran que van a conseguir trabajo fijo en una gran compañía antes de que terminen el curso, porque la escuela tiene una red de empresas colaboradoras. Lo de la red de empresas colaboradoras es verdad. Lo del trabajo seguro y maravilloso, no tanto. Como mucho, conseguirán prácticas.

-Los programas no integran los contenidos. A veces se encuentra uno un plan de estudios repleto de contenidos profesionales e interesantes, y al final, la materia más importante de ese máster se resuelve en cuatro horas, y a la menos importante, se le dedican varias semanas. Eso defrauda a los estudiantes.

-Profesores sin experiencia. No hay cosa que moleste más a los alumnos que recibir clases de profesores que no han pisado una empresa en su vida. Son teóricos. Muy buenos explicando las reglas. Muy sabios. Pero no son capaces de exponer un caso práctico que ellos mismos hayan vivido. Eso se debe a la obligación que impone el Ministerio de Educación de que los profesores tienen que ser doctores y además que hayan obtenido la acreditación Aneca. Pero la experiencia laboral, es decir, haber trabajado años en una empresa, es menos valorada que publicar artículos científicos.

-Falta de técnicas docentes. Enseñar es difícil, sobre todo en una época en que los estudiantes parecen sufrir trastorno de déficit de atención. Así que a las escuelas de negocio y universidades llegan magníficos profesores, incluso, destacados profesionales de empresa, con un gran currículo, pero que no tienen técnicas de enseñanza, razón por la cual son muy aburridos. Es un poco frustrante también para el docente porque a pesar de su carrera y sus doctorados y estudios, los estudiantes se le duermen en clase.

Dicho lo anterior, la mayor parte de los docentes que conozco son extraordinariamente buenos, y están interesados en mejorar sus técnicas cada vez más. Muchos de ellos hacen jornadas de nueve de la mañana a diez de la noche, y trabajan incluso los fines de semana. Además, dedican muchas horas a preparar sus clases en casa, algo por lo cual no se les paga. Han superado con esfuerzo todas las pruebas que les han exigido: doctorados, acreditaciones Aneca, cursos de inglés, además trabajan o han trabajado en empresas, y han publicado libros.

Afortunadamente, las escuelas y universidades están obligadas a imponer métodos de valoración permanente de modo que los estudiantes irán obligando a las mismas a imponer criterios de calidad y a escoger a los mejores profesores. Los alumnos no son tontos. Pero temo que ese proceso es más lento de lo que uno desea, así que durante mucho tiempo seguiremos sufriendo ciertas “deficiencias técnicas”.

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