Domingo, 19.05.2019 - 15:28 h

De las 'fake news' a las verdades a medias en barro económico electoral

Cada vez es más evidente que vamos a asistir a una de las campañas electorales más chabacanas de cuantas se han celebrado en cuarenta años de democracia. Da miedo ver cómo los políticos de las diferentes áreas se dedican más a la descalificación personal o conjunta, negando la mayor del contrario como premisa, antes que generar propuestas constructivas o, al menos, que sean entendibles por la gente. Y como es lógico, el área económica no va a librarse de semejante guerra de acusaciones entre líderes de partidos, más enzarzados en vocear las rémoras del pasado del contrincante que puedan servir para descalificarle, que de proponer cuestiones de futuro bien explicadas. Lo podemos llamar ‘lanzamiento de fake news’ o ‘guerra de verdades a medias’, pero los que salen perjudicados siempre son quienes quieren salir de su indecisión a la hora de votar y no encuentran razones para ello después de escuchar cualquier debate o la secuencia de mítines de los informativos de cada día.

El eje del empleo, los impuestos y las pensiones va a ser el que vertebre el discurso político de todos los partidos, con una paradoja básica común: todos quieren que se generen más puestos de trabajo con salarios dignos; que los impuestos no suban más y se reparta mejor la carga entre rentas altas y bajas; y que quede un pago decente de las pensiones para las generaciones venideras aunque no puedan ser tanto como se paga ahora. El problema no se desata a la hora de marcar los objetivos, que en economía siempre son mejorar y progresar, ni siquiera en el camino que unos y otros se marcan para lograrlos, que se asemejan mucho salvo en el caso de las dos formaciones más extremistas (Unidas Podemos y Vox). La cuestión está en que, para defender una postura, se opta más por echar en cara los fracasos del de enfrente, que por admitir siquiera una mínima coincidencia.

La reforma de las pensiones depende del Pacto de Toledo, bombardeado por Podemos cuando casi se había llegado a un acuerdo de base por una pura razón electoralista (antes roto que ceder la medalla) y todos coinciden en que hay que flexibilizar la forma de cálculo, revisar las fuentes de financiación de la Seguridad Social y, aunque pese reconocerlo, que es inevitable un recorte en la pensión media para no hipotecar todo el sistema, aunque solo sea por el escaso crecimiento vegetativo y el aumento de la esperanza de vida. Es decir, si se recortan las pensiones es solo porque todos queremos vivir más y mejor en los países más desarrollados, con menos responsabilidades y más capacidad de organizar nuestro propio tiempo.

En cuestión de impuestos, queda por ver el Gobierno que los vaya a bajar. El común de los votantes seguro que se conforma con que no suban más, en un contexto de baja inflación y tipos de interés, porque bajarlos en un momento de aumento alto del coste de la vida cada año, como se hizo en su día, sirve de muy poco. Puede haber margen para recomponer situaciones de ventaja de algunas figuras financieras utilizadas por las rentas más altas, o de freno a la especulación exacerbada. Pero no se pueden poner puertas al campo, porque ahogar el flujo de dinero en los mercados con una ortodoxia fiscal de modelos leninistas, mata la clase media, reduce el consumo, echa a las empresas y cierra la economía de cualquier país. Bastaría con que se tapasen de verdad algunas fugas de fraude fiscal para que la recaudación estuviera más acorde con lo que el país merece.

Y en el eje del empleo nos encontramos las mismas grandes posturas, por más que la dialéctica política las quiera manipular como arma de guerra. Aunque a algunos les pese reconocerlo, la reforma laboral del PP que no se ha podido derogar por el PSOE es la que había que hacer en el momento de crisis dura que acogotaba a las empresas. Nadie contrata a costes inasumibles en plena debacle financiera y esa reforma sirvió para abrir opciones a los empresarios y, sobre todo, desmitificar de una vez por todas al contrato fijo como salvavidas para toda una vida, típico de otros tiempos. Igual que con los impuestos, tal vez haya que tapar algunas situaciones de abuso en el uso de esa normativa, que han permitido a algunos empresarios reducir de manera escandalosa los salarios de la mano de obra más intensiva, hasta el punto de que la fuerte subida del SMI a 900 euros les ha trastocado de forma importante los costes. Hace más de un año que el PSOE renunció a derogar la reforma laboral y hasta la última ministra del PP (que la aplicó) admitía antes de perder el puesto que necesitaba unos retoques para evitar abusos y permitir más subidas de sueldos.

De una forma o de otra, los empleos de más de la mitad de los jóvenes actuales no existen todavía, con lo que, en materia de empleo, lo que hace falta es ponerse las pilas en la digitalización a marchas agigantadas. Estamos ante una revolución digital y la propia Comisión Europea estima que en 2020 puede haber en Europa medio millón de perfiles digitales sin cubrir, de los que 80.000 estarían en España. Frente a ello, el 45% de la población carece de nociones digitales básicas y solo un 3% está especializada en Tecnologías de la Información. Ese camino es lo que va a cambiar todo en una década, junto con la mayor integración y equiparación de la mujer en el trabajo (por pura inercia y sentido común) y una búsqueda del tiempo propio y el desarrollo de las opciones personales de ocio, más que de hacer del trabajo tu forma de vida y sacrificarlo todo por la empresa.

Si esto es lo que los jóvenes y los menos jóvenes ven que ocurre cada día, es lógico que cuando asistan a un debate político sobre economía donde todos se desmienten a la vez o escuchen las soflamas barriobajeras de los mitines de campaña experimenten un desapego total de la vida política y opten por votar a lo más útil y sencillo, en caso de votar a algo. Eso sí, si lo encuentran.

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