Pedro J. Ramírez: “Se acerca una nueva edad de oro para el periodismo”


Pedro J. Ramírez cumple este mes de junio treinta años como director de periódicos. Y lo hace con el mismo entusiasmo del jovenzuelo que, con tan sólo 28 años, tomó las riendas de Diario 16.El hombre que destapó el escándalo de Ibercorp, hundió al Gobierno de Felipe González contando el horror de los GAL e indignó a la sociedad española con las tropelías de Luis Roldán, reconoce que todas sus aspiraciones profesionales están cumplidas. Incluso que El Mundo, el periódico que levantó de la nada hace veinte años, podría salir adelante sin él perfectamente.Pero, aun así, sigue al pie del cañón, porque “el periodismo es su vida” y, sobre todo, porque la mayor crisis del sector en tres décadas le ha impedido tomarse un anhelado respiro. “Tendría más tentaciones de dejar de ser director del periódico si estuviéramos en medio del mar de los Sargazos que ahora que estamos en medio de una tempestad”, afirma con su habitual juego de paralelismos y metáforas.Hace un año veía cómo la tecnología y la propia crisis económica ponían contra las cuerdas a su propio grupo, en particular, y al buen periodismo, en general. Había voces que anunciaban el fin de los periódicos. Y todavía hoy, asegura, hay poderosos intereses económicos que siguen empujando en esa dirección.Pese a esta realidad, se muestra optimista y está convencido de que Unedisa, el mayor grupo de prensa escrita de España, ha empezado a sentar las bases para ser rentable en el futuro. Y, asómbrense, augura una nueva edad de oro para el periodismo y los periódicos, justo cuando los ingresos publicitarios del sector se han reducido a la mitad en dos años y, sólo en España, más de 6.000 periodistas perdieron el empleo. Un rayo de luz entre tanto mensaje catastrofista que vaticina la quema del papel.–¿Seguiremos yendo al quiosco a comprar el periódico?–Creo que sí. Viviremos unos años de convivencia del quiosco físico con el virtual. El lector tendrá todas las opciones de consumo de productos periodísticos, tanto las vías tradicionales como los nuevos soportes electrónicos. Va a tener muchísimas más posibilidades de consumir periódicos y revistas de las que ha tenido hasta ahora. Por tanto, estoy seguro de que nuestra generación vivirá una nueva era de esplendor. Entiendo que puede parecer optimista, ingenuo o voluntarista. Pero yo no soy ninguna de esas tres cosas.–¿Son el ‘iPad’ o el ‘Kindle’ la solución?–El Kindle es una castaña, y el iPad es la línea por la que va el futuro. Se van a ver unas aplicaciones deslumbrantes. El papel siempre va a tener sus ventajas para quienes nos hemos educado en esa cultura. Pero habrá lectores a los que no les apetecerá bajar al quiosco y lo leerán en el iPad, el iPhone o el ordenador. Se van a generar muchos lectores por estos sistemas. Con el paso del tiempo, aumentará la proporción de personas que compra la prensa en quioscos virtuales como Orbyt (su portal de pago en Internet). Si a esto le unimos el poder del idioma español, todo ello nos permitirá incrementar el número de suscriptores en el extranjero, desde Buenos Aires a California.Siempre a la vanguardia y amante de los desafíos, este aficionado al baloncesto habla con la seguridad de quien confía en su afinado olfato y está convencido de haber dado respuesta a la pregunta del millón: el nuevo modelo de negocio del periodismo, esa gran incógnita que quita el sueño a los grandes del sector, desde el magnate Rupert Murdoch a los dueños de The New York Times.Para unos, el futuro pasa por ofrecer todo gratis en la Red; otros creen que hay que cobrar por los contenidos. Para Pedro J., la solución pasa por la combinación de ambas opciones: contenidos gratuitos en elmundo.es, que le permitan competir por las grandes campañas publicitarias, y cobro de determinados productos de valor añadido como Orbyt.El gurú riojano lo tiene claro: “No se pueden mantener redacciones lo suficientemente numerosas y cualificadas sólo con los ingresos de la publicidad. Entre otras cosas, porque sería una actividad excesivamente cíclica. Unidad Editorial ha perdido casi el 50% de los ingresos publicitarios entre 2008 y 2009, respecto a 2007. Si no tuviéramos los ingresos por venta de ejemplares, estaríamos al borde de la quiebra, o tendríamos que haber prescindido de mil y pico personas, en lugar de a las doscientas que despedimos”.–¿Cómo se rompe esa cultura tan arraigada del todo gratis?–El debate no es todo gratis o todo de pago, sino qué debe ser gratis y qué de pago. Nunca hemos contemplado la posibilidad de que elmundo.es cobrara por la información. Va a seguir siendo un servicio de noticias, con todo lo que conlleva: vídeo, audio... Nuestro objetivo es seguir consolidándonos como el líder mundial de la información en español. Si hemos llegado a 25 millones de usuarios únicos, ¿por qué no podemos llegar a 50 millones dentro de cinco años? Estoy seguro de que podemos conseguirlo. Y no vamos a renunciar a la tarta publicitaria que eso implica. En paralelo, hay un nicho mucho más pequeño, más cualificado, más exigente, que estará dispuesto a pagar por una información de calidad, jerarquizada, editada y sintetizada por un grupo profesional.–¿No existe riesgo de canibalización?–Bendita canibalización mientras tú estés en los dos lados de la mesa.–En el sector se dice que Orbyt es un fracaso. ¿Está contento con su marcha?–Aunque sólo tuviéramos 1.000 suscriptores, estaría encantado. Pero en breve espero que podamos anunciar que ya hemos conseguido los 10.000 primeros suscriptores. Orbyt no es un capricho ni una operación de márketing para vender los pdf de El Mundo. Es un concepto que los demás grupos van a desarrollar. Incluso estamos dispuestos a compartir el proyecto de distribución de publicaciones online con otros editores y que ahí se pueda vender El País, ABC, cualquier revista... Mi pronóstico es que, de aquí a uno o dos años, todas las publicaciones importantes tendrán su Orbyt. ¿Por qué? Porque el concepto se revalorizará espectacularmente cuando tengamos el iPad. Las aplicaciones de Orbyt para iPad son espectaculares. Mejores que las de The New York Times.Para Pedro J., el peligro para la rentabilidad de su medio no está en casa, sino fuera. Se llama Google. “Digamos que es un parásito sofisticado. Un parásito high-tech. Google rinde un servicio valiosísimo de intermediación, búsqueda y distribución de contenidos online. Pero no puede ser que se quede con el 60% de la publicidad online de España. Es como si Boyacá (principal distribuidor de prensa en España) se llevara el 60% del precio del periódico o incluyese publicidad en las furgonetas y fuera ésa su fuente de ingresos. ¡Pero hombre, si su actividad es posible gracias a nosotros! Es una de las debilidades del sistema. Hay pluralidad en la generación de contenidos, pero monopolio en la distribución”.Por eso, aquí se pone firme y cree que la solución puede pasar por los tribunales: “Los editores de todo el mundo están planteando demandas. Espero que en España suceda lo mismo muy pronto. Google no puede prescindir de los contenidos de los principales periódicos españoles. Su servicio sería muy incompleto. Va a tener que negociar y compartir con los editores los beneficios publicitarios que obtiene con su actividad como intermediador y distribuidor de contenidos”.El director de El Mundo cree poco en los agregadores o robots y mucho en el valor añadido que los periodistas pueden aportar en la era de Internet. Buena parte de ese valor añadido pasa por convertir a los comunicadores en una especie de hombre orquesta, que lo mismo escribe para Internet, hace un análisis en el periódico en papel, graba un videoblog o participa en un foro online con los lectores.“¿Es una sobreexplotación del periodista? Yo creo que no. En los tiempos del papel, ese mismo periodista hacía tres temas, no uno”, rechaza con su contundencia habitual. A cambio, tendrán más oportunidades profesionales. “El año pasado tuvimos que disminuir la plantilla. No podríamos hacer otro ejercicio similar sin una merma de la calidad periodística. Es más: espero que nuestras redacciones puedan aumentar de tamaño en los próximos años como consecuencia del advenimiento de esa nueva edad de oro”.Pedro J. tiene claro que el buen periodismo sólo se hace con buenos periodistas, cualificados y bien pagados. Con ellos, los periódicos volverán a competir con la radio y la televisión en ser los primeros en dar las noticias, “algo que ya ocurría a comienzos del siglo pasado y está volviendo a suceder gracias a Internet”.Pero también es crítico con la tribu periodística. Los profesionales deben corregir errores. En concreto, “el maniqueísmo, la gandulería y la vagancia. ¡Qué lista tan larga podríamos hacer de colegas nuestros que, antes de que sucedan los hechos, ya tienen decidido lo que van a opinar sobre estos hechos! Es mucho más fácil: pase lo que pase, la izquierda o la derecha es diabólica, el Madrid no jugó tan mal... Eso desprestigia mucho la profesión periodística. Convierte a los periodistas en meros elementos de atrezzo y el lector, oyente o espectador amortiza rápidamente lo que considera previsible”.En su opinión, el periodista tiene que ser buena persona, concepto que él vincula con la honestidad. “Siempre que lo digo hay quien se ríe. Pedro J. diciendo que hay que ser una buena persona cuando él es un tal y un cual... Yo sostengo que lo primero es no hacerse trampas. Un buen periodista es el que permite que la realidad le estropee un buen titular. El que todos los días adopta una actitud receptiva ante los impulsos de la realidad y está dispuesto a que los nuevos elementos de juicio modifiquen su criterio previo”.–¿Y con Zapatero también ha adoptado esa actitud receptiva?–Una forma de maniqueísmo es pensar que, en una persona, todo es bueno o malo. Y no debe ser así. Siempre he procurado conocer a fondo a los personajes clave de la política. He conocido muy bien a Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González y Aznar. Y por supuesto, creo que conozco bastante bien a Zapatero. Es una persona bastante permeable. Se deja conocer. Todo lo contrario que Aznar, que era poco transparente y ponía bastantes barreras, incluso en una relación personal o familiar. Podías llegar hasta la cocina de la casa de Aznar y seguir sin conocerle. A Zapatero, no. Si le tratas, le conoces. Tengo una opinión muy híbrida de él. Creo que está siendo muy mal gobernante. Probablemente, el peor de todos. Pero es una persona de profundas convicciones democráticas, el que está cumpliendo más fielmente las reglas de la democracia. Es el que está gobernando con mayor contención, y sin permitir que sus adversarios se conviertan en sus enemigos, ni en la política ni en los medios. Para un director de periódico es fundamental saber que, sea cuál sea la dureza de la crítica, siempre que sea respetuosa en lo personal, el gobernante la acepta con fair play.–¿En eso es diferente a Aznar o González?–Muy diferente. González intentó matarnos en todos los sentidos del término. Alentó todo tipo de maniobras contra nuestro periódico y contra mí mismo en los ámbitos más repulsivos. Con Aznar todo era estupendo si estabas de acuerdo con él, pero era el personaje más antipático si discrepabas. Te la guardaba. Por el contrario, Zapatero es una persona que tiene buenas relaciones, o al menos correctas, con todos los medios de comunicación. No hay un periodista que pueda decir que le ha hecho una faena. Su actitud respecto a la televisión publica ha sido ejemplar. Y él dice, y también eso le honra, que su próximo objetivo en la vida es ser un ex presidente del Gobierno ejemplar. Comparto ese objetivo, porque a España le vendría muy bien que cuanto antes fuese un ex presidente.–Con Rajoy, ¿cambiaría la cosa?–En la oposición también está demostrando gran encaje. Nuestro periódico pidió claramente que dejara el liderazgo del PP. Aun así, mantiene unas relaciones correctas y cordiales. Eso sí, esta actitud es mucho más fácil en la oposición que en el Gobierno. Ya veremos cuando llegue a La Moncloa, que yo creo que llegará, si mantiene esa misma línea.–Resulta curioso que, con la crisis y el elevado paro, no se distancie en las encuestas.–Desde luego. Ahí se detecta que es imprescindible la reforma política. Nuestro sistema democrático está dando síntomas alarmantes de cansancio y esclerosis. Es imprescindible regenerarlo con modificaciones que llenen de contenido los procesos de participación política de los ciudadanos. España necesita que los ciudadanos vuelvan a tener la capacidad de cambiar las cosas. Si no, seguirá creciendo la brecha entre las élites políticas y el hombre de la calle. Espectador privilegiado de la realidad,Pedro J. nunca ha escondido su vocación de hombre público ni su convencimiento de que estamos aquí para cambiar las cosas. Por eso, le preocupa la creciente polarización de nuestro país. “Cada vez hay más fuerzas centrífugas, gente apostando al extremismo de la descomposición del sistema y a la erosión de nuestras instituciones democráticas”, denuncia. Eso se ve especialmente en los medios de comunicación. “Existe la tentación de intentar proteger a los lectores que están más en los márgenes radicalizando el conjunto del mensaje. Es lo que creo que está pasando en El País, y, desde luego, no es lo que va a hacer El Mundo. Seguiremos defendiendo los valores liberales, de moderación, del desarrollo institucional fruto de los grandes consensos”.–¿Se está equivocando ‘El País’?–Me llama la atención cómo en los últimos tiempos ha dejado de ser un periódico institucional, referencia del sistema democrático generado en la Transición, para convertirse en el órgano de planteamientos extremistas de izquierdas, casi antisistema. Hace un tiempo, era inimaginable que el El País desarrollara campañas contra el Tribunal Supremo o el Constitucional. O intentara desvirtuar el legado de la Transición respecto a la Ley de Amnistía. Me deja perplejo y sorprendido.–Cebrián opina que a usted le hubiesen ido mejor las cosas trabajando en Prisa.–Eso tiene gracia (comenta entre risas). Es verdad que ellos intentaron ficharme para El Siglo, y claramente me hablaron de que eso significaba que podría ser el siguiente director de El País. Compartía muchas de las ideas sobre la profesión periodística y sobre la Transición que en aquel momento mantenía El País. Pero no su posterior deriva. No obstante, creo que hubo más posibilidades reales de que hubiera terminado dirigiendo el ABC, que es dónde estaba antes de trabajar en Diario 16.Han pasado ya tres décadas de aquello. Más de la mitad de la vida de este periodista poliédrico y valiente, que siempre ha estado en el ojo del huracán. “Da un poco de vértigo”, reflexiona Pedro J., que tiene un porte serio y sereno, pero cuando está a gusto con la conversación es cercano y tiene facilidad para la risa.Por ahora no tiene, ni mucho menos, intención de echarse a un lado. “No es algo que esté en mis cálculos”, afirma el director de El Mundo, que promete  seguir deleitando con sus videoblogs y sus míticas cartas de los domingos, reflejo de algunas aficiones: la historia y los juegos intertextuales, dando interpretación contemporánea a una historia que ha contado otro.Pero, poco a poco, y si la crisis se lo permite, dedicará más tiempo a investigar la Revolución Francesa, su pasión menos conocida. “Llevo una cierta doble vida. La mayor parte de mi tiempo soy director y los fines de semana o cuando saco un rato investigo aspectos que me interesan de ese periodo en el que se plantean todos los grandes debates que han vertebrado los siglos XIX y XX y siguen vertebrando el actual. Es realmente imposible encontrar en la historia de la Humanidad  un periodo en el que en menos tiempo pasen más cosas importantes, y encima todo esté documentado”.Pero, ¿y si no lo está todo? Anda que como le dé a Pedro J. por descubrir un escándalo desconocido de Robespierre, la que puede liar...