Sábado, 24.08.2019 - 20:53 h
El terrorismo yihadista, sin financiación

El ISIS, de acuñar su propia moneda al contrabando de madera para subsistir

La capacidad económica del Estado Islámico se ha vuelto tan precaria que el grupo ha tenido que empezar a talar árboles en Afganistán.

Talibanes en Afganistán con una remesa de madera
El ISIS, de acuñar su propia moneda al contrabando de madera para subsistir. / Twitter / @bsarwary

Hubo un tiempo en el que el ISIS (o Estado Islámico) aglutinaba una buena parte de Irak, otra tanta de Siria e, incluso, había llegado a entrar en Líbano. Era noviembre de 2015 y el grupo terrorista estaba en su momento de máxima expansión, tomando bajo su control ciudades importantes en Oriente Próximo, como Mosul, Faluya o Raqqa. Su poder era tal que incluso había llegado a acuñar su propia moneda y a imprimir sus propios pasaportes para moverse libremente por sus dominios. Casi cuatro años después, su autoproclamado "Califato" fue borrado del mapa el pasado marzo y, ahora, los escasos integrantes del ISIS que quedan tratan de subsistir en las zonas boscosas del este de Afganistán, donde se han especializado en el contrabando de madera.

Kunar, cerca de la frontera oriental con Pakistán, es uno de los lugares en los que más actividad maderera ilegal del ISIS se registra en el actualidad, tal y como desvela 'Foreign Policy'. Un núcleo importante del grupo terrorista lleva asentado en la zona desde 2015 y, ahora que sus conexiones con el resto de Oriente Medio están rotas, la mayoría de los  combatientes que quedan se ha reunido en torno a una explotación maderera antiguamente controlada por los talibanes que se ha convertido en su principal sustento.

Se trata de un lugar estratégico: situado relativamente cerca de Kabul (la capital de Afganistán), Kunar sirve como un lugar de tránsito perfecto para que la madera se distribuya al resto del país y, a la vez, para moverla a la vecina Pakistán utilizando dobles fondos en camiones o, directamente, mulas que atraviesan la frontera a través de terrenos montañosos sin vigilancia. Existen varios puntos de control en el límite entre Afganistán y Pakistán, pero según 'Foreign Policy' no hay suficiente dotación para frenar el contrabando.

Militares estadounidenses en los bosques de Kunar
Militares estadounidenses en los bosques de Kunar. / US Army

La cuestión es que la actividad maderera del ISIS en Kunar es doblemente ilegal: por un lado, porque se trata de una explotación que no cuenta con permiso para la tala de árboles; por otro, porque el gobierno regional prohibió la venta de madera en 2016 por temor a un aumento de la deforestación y la desertificación, ya que se están talando anualmente un promedio de 10 hectáreas de bosque, algo que contribuye aún más a que el clima de Afganistán sea cada vez más extremo y árido.

Antes de la llegada de los talibanes al país, Kunar solía estar cubierto de bosques de robles, pinos y nogales, pero en las últimas tres décadas la zona ha perdido aproximadamente el 40% de sus árboles, provocando que los montes más accesibles ya sean áridos y secos en verano. En los confines de la ciudad, la tala ya ha acabado prácticamente con todos los árboles de la zona, por lo que hay que caminar varias horas para llegar al bosque más cercano. Algunos veteranos del sector maderero estiman que alrededor de 20.000 árboles pasan de contrabando cada año a Pakistán.

Cada árbol cuesta alrededor de entre 3.000 y 5.000 rupias paquistaníes (entre 17,8 y 26,7 euros), mientras que cada uno de los aproximadamente 15 tablones que suelen sacarse de él se vende por unas 12.000 rupias (unos 66,8 euros). El beneficio es enorme. Y, de hecho, actualmente es uno de los escasos medios de subsistencia para la población de Kunar, que vive en un 70% por debajo del umbral de la pobreza, según los datos que maneja el Gobierno afgano.

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