Lunes, 20.11.2017 - 03:46 h

3 prejuicios de la televisión en prime time que ha derribado ‘La hora con Puigdemont’ de ‘Salvados’

'Salvados'
Puigdemont en 'Salvados' hablando del 1-O

Jordi Évole ha entrevistado a Carles Puigdemont en una edición de Salvados que rompe con tres falsos mitos del horario de máxima audiencia de la televisión y reúne reglas básicas del buen periodismo.

1. La televisión debe ir al grano o el público cambia de canal. Falso.

Salvados se toma su tiempo para introducir el tema a tratar. En ‘La hora con Puigdemont‘, el programa no se queda en la trepidante actualidad y traza un retrato de la evolución del conflicto que rodea a la independencia de Cataluña. Lo hace repasando imágenes de archivo de los agentes políticos implicados en su paso por el propio Salvados. De Pujol a Rajoy. Sin necesidad de voz en off, Salvados consigue una radiografía de cómo hemos llegado hasta aquí a través de las declaraciones, contradicciones e incluso silencios de los líderes políticos.

En el mismo prólogo, también el programa plasma el sentir de la ciudadanía. Lo consigue en dos tramos, primero con imágenes y sonido ambiente de la caldeada situación de los últimos días para, después, mostrar opiniones de personas anónimas, a pie de calle, que reflejan una realidad amplia, que no siempre queda descrita con contundencia en los medios.

Así el formato pone en situación al espectador con un prólogo que sirve para dar contexto e involucrar a la audiencia en el contenido posterior. En este caso, la entrevista con Puigdemont. Aunque Salvados, además, cuenta con un poder extra: huye del aburrido reportaje introductorio al uso para contar una historia con la pasión que aportan las narrativas audiovisuales del género del documental apolíneo, incorporando al periodismo una realización con ambición de película. Como consecuencia, se transmite al espectador el grueso más “hueso” de la información con más claridad, orden y atractivo.

2. La oscuridad baja la cuota de pantalla. Falso.

Todos los programas de televisión están ultra iluminados porque se cree que la oscuridad disminuye la cuota de pantalla. Si apagas los focos, la audiencia huye hacia la luz, pero de otro canal. Un prejuicio que derribar, pues la oscuridad también puede ser muy luminosa.

En la entrevista en la Generalitat con Puigdemont, Salvados ha optado por una fotografía tenue. Por momentos, Évole y Puigdemont parecían reunidos en una cueva clandestina. Tal vez se puede entender como una metáfora de la situación, pero esta negra estampa no entorpece el interés del espectador del prime time. Al contrario, aporta una escenografía con entidad propia, diferenciada de otros programas. Sin necesidad de implantar en el fondo el logotipo de Salvados o La Sexta, el público reconoce que asiste al programa de Jordi Évole por esta factura visual.

3. Hay que sobreimpresionar en pantalla cada declaración de impacto del entrevistado o el espectador se aburre. Falso.


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Salvados no necesita inundar su emisión de rótulos que van recalcando una u otra declaración en el ojo de la audiencia. El programa deja que el televidente elija sus propios titulares, buenos o malos, a través de una realización limpia que fomenta la escucha, verbal y no verbal, a través de unos protagonistas en primer plano.

El formato de Jordi Évole viaja en el rumbo contrario de los cánones de la televisión de hoy al apostar por la entrevista desnuda, que huye de multitud de impactos en pantalla para que la atención del espectador no decaiga pero que, al final, distraen. Entrevista desnuda, pero muy viva. Lo importante son las respuestas a unas preguntas, en este caso muy documentadas, que, además, van aderezadas de pequeñas piezas de archivo que dinamizan el rimo del programa y que son introducidas para enfrentar al entrevistado a datos registrados en la videoteca, otorgando aún más herramientas al público para que extraiga sus propias conclusiones. Sin necesidad de rótulos que resuman en un titular superficial.

La entrevista de Jordi Évole a Carles Puigdemont ha sido un ejemplo de periodismo documentado que planta contexto en una era de sobreinformación en el que se lanzan consignas sin tiempo para ser contrastadas. Y ahí también estriba el trasfondo del vaivén social y emocional que vivimos: cuando las proclamas crecen sin instrumentos para ser digeridas.

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