Sábado, 23.02.2019 - 08:57 h
Telediaria

Netflix: las series con final cerrado están en peligro de extinción

Netflix sabe lo que quiere el espectador en cada momento. O eso quiere creer a través del estudio del consumo de sus usuarios, a los que conoce muy bien, pues cada uno de sus movimientos queda registrado.

El espectador ha dejado de ser un ente desconocido para ir dejando huella allá donde toca dentro de una plataforma de pago. Qué ve, qué vuelve a ver, qué deja de ver, qué palabras clave busca, qué actores despiertan su curiosidad, en qué momento desconecta de una serie, qué género se consume más... Netflix lo sabe, Netflix estudia esos datos y Netflix crea series a medida. Es como nos hemos convertido en parte de un algoritmo.

Pero crear series a medida de algoritmos puede crear conceptos homogéneos que, al final, propicien que toda la ficción parezca la misma, en fondo y forma. En Netflix también tienen estudiada esta circunstancia, así que intentan equilibrar el cúmulo de productos evasivos que apenas se distinguen entre sí con otros que buscan la reputación. Así están invirtiendo también en películas de autor, como 'Roma' o la próxima de Martin Scorsese, que llevan a la compañía a la cúspide de la conversación del prestigio social, que crece más si la vitrina se llena de galardones en grandes festivales u Oscars.

Y todos los caminos de 'Roma' llevan al Oscar, como en España ya se han topado con el Goya. Así sigue creciendo Netflix, que construye su éxito en dotar de atractivo su imagen de marca. Netflix no tiene fracasos, ya que no permite el acceso a sus audiencias reales. Sólo comunica triunfos, y a su manera y cuando quiere, normalmente con datos ambiguos en los que no se dice si las cifras son visionados globales o simples contactos de microsegundos del espectador con una u otra producción. De esta manera, es fácil desvirtuar y manipular al antojo los consumos reales.

Netflix ha dejado atrás el éxito cuantitativo para vender percepción de éxito. Lo hace con maestría. Pero, al final, sólo es eso: percepción. Y, en el día a día, la plataforma como productora de contenidos se está convirtiendo en una especie de fábrica en cadena de series muy estudiadas según los intereses de las huellas que van dejando sus suscriptores. Y lo que quieran los suscriptores habrá que dárselo para satisfacer sus ansias.

Por eso, da la sensación de que en Netflix ya no hay series con final cerrado. Todo es estirable y renovable si sus algoritmos juegan a favor, incluso cuando una temporada ha tenido ya un final satisfactorio. Lo de menos es lo que pidan las historias; lo que importa es lo que pida su audiencia. Ya sea con producciones propias que no necesitan continuidad ('Por 13 razones', 'The OA', 'La maldición de Hill House'...) o incorporaciones al catálogo que se convierten en un éxito de Netflix aunque no sea un original Netflix, como ha sucedido con 'La casa de papel' o 'You'. Por no hablar de las series antiguas que han traído de vuelta, como 'Padres forzosos' o 'Gilmore Girls'.

Las secuelas y los reboots de historias de éxito han existido siempre y también ocurre actualmente en otras plataformas (HBO con 'Big Little Lies' o Hulu con 'El cuento de la criada', ambas series basadas en novelas que ya fueron contadas en la primera temporada), pero Netflix ha intensificado la táctica de no dar nunca por cerrados los arcos de sus ficciones. No vaya a ser que funcione y haya que renovar la serie de turno. Así, el espectador está interiorizando que todo puede renovarse infinitamente y mejor si la siguiente temporada llega cuanto antes. Da igual que ninguna serie tenga un final rotundo, da igual que las historias avancen en un estado inconcluso continuo e incierto. Para seguir estirando el éxito. Hasta que deje de ser éxito y, entonces, nada tendrá solución en unas tramas que siempre se quedan abiertas para contentar al algoritmo de una posible renovación.

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