Martes, 21.11.2017 - 07:45 h

Cuando Jordi despertó, el gitano patriota seguía allí

El presidente de la ANC Jordi Sánchez mira el mundo con diabólica candidez como un enanito de jardín. Era de esperar que llamara la atención en la cárcel. Llegaron a decir las crónicas apócrifas del talego que un compañero calé de la prisión de Soto del Real en una burda reivindicación política llegó a abrirse la bragueta y enseñarle el pendón de su españolía. Afortunadamente el episodio de nudismo se quedó en metáfora periodística para contar cómo los reclusos le hacían ver a Sánchez hasta dónde estaban del desafío soberanista. En política hay que enseñar lo justo porque la gente ya viene equivocada de casa. Es extraño que diga esto yo, que apunto giros sobre política en el cuaderno de notas donde antes relataba la languidez gris y resignada con la que cuelgan las hojas de los eucaliptos de la sierra de Cuera. Pero de política siempre se habla demasiado. Lo debería de haber sabido el propio Jordi Sánchez, cuyo primer compañero de celda pidió el traslado empujado por la presunta matraca nacionalista. Hacer pedagogía siempre me resultó un signo de soberbia, más aún cuando uno muestra puntos de vista tan personales, tú me entiendes. Cada uno que piense lo que quiera en cada momento, que es la máxima que ha adoptado Carme Forcadell en un banquillo del Supremo, y está en su derecho.

La presidenta del Parlament, hasta ayer dura y brillante como la aleación metálica de una prótesis de cadera, hoy baila el limbo ante un juez. Pliégate junco. De pronto, pronuncia su discurso abdicatorio de reina del independentismo y, deja a todos en fuera de juego. Acató el 155, pagó los 150.000 euros, salió de la cárcel y cuando Jordi Sánchez despertó en Soto del Real, el gitano patriota seguía allí.

La realidad es una atleta inagotable. Dice Mario Vargas Llosa que se escribe para escapar de ella. Se escribe y otras cosas, don Mario. Las declaraciones del exconseller Santi Vila en el programa de Ana Pastor muestran que en los días en los que su Govern quemó las naves, nadie salvo la CUP creía que la isla de la Cataluña independiente pudiera ser habitable. Ahora que la Costa Brava comienza a parecerse a ‘El señor de las moscas’, cabe preguntarse por qué entre tanto discurso nadie dijo nada y por qué dieron el paso. En las redacciones, todos los desastres comienzan cuando alguien dice “Estaba claro”. En política, lo último que se escucha antes de la deflagración es “Ya que estamos, tira p’alante”, que suena como el ‘clic’ de la granada de mano cuando pierde la anilla.

Ahora medio escuadrón secesionista piensa seriamente en echar cuerpo a tierra. Hasta la CUP se pliega a concurrir a las rajoyísimas elecciones catalanas del 21D, pues alguien tiene que pagar las facturas del mambo. Hasta KRLS pretende apearse en marcha y ha advertido a quien le quiere escuchar, que ya son solo los medios belgas, que es posible otra relación con España. Y eso que cuando uno está de vacaciones todo parece factible.

Hasta en Bruselas, donde a determinadas horas del día flota sobre la calle un aroma optimista a mantequilla, el secesionismo se enfrenta a dos tragedias sobrevenidas, una más predecible que otra. La primera: no había que ser un Nobel para prever que el desafío independentista iba a abrir una vía de agua en la economía catalana, que como todas las economías es tan poco amiga de los desafíos. Mientras el Ayuntamiento de Madrid se mete en agua tapada por el superávit, en Barcelona se hacen de oro los vendedores de cajas fuertes. Manda collons. Sería atractivo jugar con la idea de que la pela terminará con la independencia catalana si no fueran a pagar este pato nuestros -y sus- hijos y el hambre no deba ser nunca objeto de chanza. Las bromas económicas siempre dejan un regusto amargo a cachondeo triste.

La segunda vino de sorpresa como un arrecife en mitad de la noche: Europa. El oasis intelectual catalán norteño, europeo, sensato, vanguardista y pulcro que nos vendió el nacionalismo como contrapeso a una España oscura, franquista, atrasada, sucia e incluso mal entendida de pandereta, ese mundo correcto y avanzado, digo, a falta de más novios ha terminado echado en brazos de la ultraderecha, el populismo y los antieuropeístas. Puigdemont quería posar en el álbum de la historia junto a Nelson Mandela y ha salido en la foto junto a Nigel Farage. La realidad, además de abrumadora, es muy canalla.

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