Domingo, 18.08.2019 - 01:32 h
Alcaldesa de Logroño

Ana Orantes, la dignidad de una gran mujer que cambió la sociedad

Apenas habían pasado trece días desde que un 4 de diciembre de 1997 la granadina Ana Orantes apareció en un programa de televisión, de Canal Sur, haciendo públicos los 40 años de palizas, golpes, insultos, abusos y denuncias, sin que con su relato consiguiera despertar a la sociedad. Fue la última brutal paliza de su ex marido la que acabó cruelmente con su vida, la que nos hizo abrir los ojos y reaccionar a los españoles, a sus vecinos, a los medios de comunicación, a los partidos políticos, al legislador...

Se atrevió a contar el infierno que vivía, alzó la voz con una dignidad aplastante e incuestionable, su maltratador nunca pudo doblegarla. No se resignó a su destino, se reveló contra él y lo pagó con su vida. Contar públicamente su calvario -haciéndonos ver que no era un asunto conyugal, un asunto privado- cambió la percepción social y política de la violencia de género, abrió el debate social. Sus palabras cambiaron las cosas, pero para ese cambio tuvo que morir en manos de su bestia.

Ella, con su valentía, rompió los muros de una falsa intimidad, en una sociedad que miraba hacia otro lado, que les fallaba, que les dejaba solas; y abrió el camino hacia el fin de la violencia de género. La verdad y la dignidad de sus palabras no la salvaron a ella, pero sí a muchas otras.

Días después de su muerte, la nueva conciencia ante la violencia de género pedía reformas legislativas y el Gobierno anunciaba endurecimiento de las penas por delitos de maltrato. Comenzaban dos décadas de cambio social y jurídico. La reforma del Código Penal en 1999 estableció la orden de protección y tipificó el maltrato psicológico también como violencia. La creación en 2002 del Observatorio contra la Violencia Doméstica -que posteriormente se denominaría de Género-, la Ley Integral contra la Violencia de Género de 2004, la Ley de Igualdad de 2007, la creación del Teléfono contra el Maltrato (016), la Ley de Infancia de 2015 que considera a los hijos víctimas, y -el último paso este mismo año 2017- con la aprobación del Pacto de Estado contra la violencia de género.

Han sido 20 años de directrices educativas, formativas, sanitarias, policiales, penales para el apoyo a la víctima -que tiene que saber, que sentir, que no está sola-, para convertir el maltrato en un asunto público y responsabilidad de todos, donde no cabe el silencio cómplice y sí el castigo a los agresores.

Tras ella llegaron muchas más mujeres valientes que a pesar de lo difícil de dar ese paso, decidieron hacerlo, conociendo las consecuencias con que Ana Orantes pagó: la vida. Desde entonces han sido 917 las mujeres asesinadas, y este año ya se alcanza la cifra de 46 víctimas y 24 menores; hay mayor conciencia social, pero todavía lamentablemente no hemos sido capaces como sociedad de erradicar la violencia machista. Hoy muchos culpables están vigilados y muchas inocentes protegidas, tenemos personal mucho mejor formado para ello, pero todavía hay muchas mujeres que no cuentan con las condiciones para poder denunciar y sus agresores siguen impunes. Y ¡ojo!, los más jóvenes justifican algunas conductas en pareja que son violencia de género.

Nos queda todavía mucho por hacer en materia de justicia, educación y conciencia social. Llegará el día en que los hijos de Ana puedan decirle que todo ha cambiado, pero como le decía su hija Raquel: "No es así". Lo que sí pueden estar es orgullosos del paso que con tanta dignidad dio su madre y gracias al cual se removió la conciencia colectiva de un país que debe agradecérselo y reconocérselo.

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