Domingo, 24.03.2019 - 17:31 h
En mi molesta opinión
Analista político

El relator de Pedro Sánchez y las democracias suicidas

La que ha liado Pedro Sánchez guiado por los arrebatos de su indomable ambición. Quería el presidente del Gobierno aprobar, fuera como fuera, los Presupuestos Generales del Estado para poder seguir gobernando y residiendo en la Moncloa. Para ello no ha tenido el inconveniente de cederle a los independentistas de la Generalitat su gran deseo de sentar en la mesa de diálogo entre partidos a un “relator”. Este pequeño detalle de interponer en el ya complicado diálogo del Gobierno con los separatistas a un testigo o intermediario, ha provocado un calentamiento político y social que no será fácil de enfriar ni olvidar.

Quizá sea porque nadie tiene muy claro qué papel jugaría ese relator, o quizá porque nadie acepta que en una reunión entre el Gobierno de España con otro Gobierno de una parte de España, es decir, Cataluña, esté fiscalizada por un tercer miembro, que según la Generalitat debería ser extranjero para mayor garantía. ¿Garantía de qué? Ese es el dilema y el problema. Sánchez ha confundido la buena disposición de diálogo que todo Ejecutivo debe tener con la generosa actitud de ceder a todo, o casi todo, con tal de que los separatistas le apoyen en sus objetivos de perpetuarse en el poder. El problema no es sólo el relator sino todas las concesiones que podrían venir detrás: autodeterminación, referéndum, etc.

Ese imprescindible diálogo con los secesionistas que tanto pregona Pedro Sánchez, nunca debería ser una carta blanca para ceder a las prerrogativas alocadas que propone Quim Torra y su fugado titiritero Puigdemont. La vicepresidenta Carmen Calvo habló de un “clamor por el diálogo”, cuando lo que realmente hay es un clamor nacional contra los excesos de los partidos independentistas, que siguen sin reconocer la legalidad constitucional y la realidad de una España democrática que no está dispuesta a ceder parte de su territorio. Los españoles están viendo perplejos como Sánchez no tiene un plan para salvar la unidad de España, sino que sólo tiene un plan para salvarse él, y que está dispuesto a caer en brazos de partidos que no buscan el bien común, sino el bien particular del independentismo. Aunque ello implique destruir el Estado.

El ex ministro de Cultura en el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, César Antonio Molina, acaba de publicar un interesante libro cuyo título alumbra un riesgo del que a veces no somos del todo conscientes: 'Las democracias suicidas'. De las muchas frases interesantes que Molina escribe en el libro, rescato una pregunta: "¿La actual democracia occidental está tan en peligro como lo estuvo en los años treinta y cuarenta del pasado siglo?". Y el propio ex ministro da la respuesta sin ambages: "Sin ser muy alarmista yo diría que sí y, además, no sólo por un único motivo sino por varios y todos coincidentes".

Vivir bajo un régimen democrático no garantiza que este sea perpetuo. Además de los riesgos desestabilizadores que propician los enemigos externos e "invisibles", existe, sobre todo en España, una pulsión de autodestrucción, que Molina define como un posible "suicidio" democrático, que no hay que descartar por remoto que nos parezca. Vivimos tiempos extraños y convulsos que afectan también al comportamiento de nuestros gobernantes. Y los populismos, nacionalismos y extremismos arrastran a los políticos sin criterio y sin convencimientos fuertes que anteponen su vanidad y su propio interés al de la sociedad.

Pedro Sánchez está intentando camuflar su interés personal de perpetuarse en el poder con la necesidad de solucionar el "problema" catalán. Un "problema" cuya solución no radica tanto en ceder ante los deseos independentistas, sino en alcanzar una convivencia política y social basada en un diálogo sincero -sin relatores- que busque el encaje idóneo de Cataluña dentro de España. Las democracias suicidas están al alcance de cualquier Gobierno o sociedad que no tenga claro los límites de su Estado de derecho y de su convivencia o conveniencia. Las democracias, por muy asentadas y seguras que parezcan, hay que defenderlas todos los días evitando entrar en el juego y en las trampas de los populismo y los separatismos.

Hay que destacar que los principales políticos socialistas -Felipe González, Alfonso Guerra, García Page, Fernández Vara, Javier Lambán, etc.- que han convertido al PSOE en un gran partido político con capacidad de gobierno, hoy cuestionan el proceder de Pedro Sánchez con los separatistas catalanes. Si sus propios correligionarios cuestionan el proceder del presidente del Gobierno, qué no hará el resto de la sociedad. Lo que está hoy en juego no sólo es el presente político de Pedro Sánchez, sino el futuro de la democracia española. Quizá por ello, el presidente del Gobierno, aprovechó su Consejo de ministros de ayer viernes para poner, de momento, freno y marcha atrás a su alocada política de consenso con los independentistas.

Sánchez se ha dado cuenta, o le han hecho darse cuenta, de que su actitud con los partidos catalanes que promueven la autodeterminación es algo más que arriesgada. Y Carmen Calvo, la vicepresidenta del Gobierno, ha sido la encargada de anunciar la ruptura de relaciones con la excusa de que los independentistas "no aceptan" su oferta de diálogo y plantean un referéndum sobre la autodeterminación de Cataluña, algo que según Calvo "no es asumible" para el Ejecutivo. Esta repentina interrupción, provocada por el alarmismo social que suscitó el pretendido diálogo con relator, tendrá sus consecuencias políticas: primero, que el Congreso tumbe la próxima semana el proyecto de Presupuestos, con el anuncio de las enmiendas a la totalidad de PDeCAT y ERC. Y segundo, este cambio de actitud con los separatistas aboca a un adelanto electoral. A partir de ahora veremos cómo reacciona Pedro Sánchez y cómo aplica las teorías de su recién publicado libro: 'Manual de resistencia'.

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