Jueves, 15.11.2018 - 08:16 h
Monólogos en el Shiatsu
Comunicación Corporativa

Marrajo para cinco, dos palas de Orio y un pez araña colgado de mi tarso

Reservé una semana para compartirla con mi única hermana, sus dos hijos y su tercer marido. Y aquí estoy. En el puesto que la Cruz Roja tiene instalado en la playa. Un prefabricado de madera con una bandera blanca al viento. Un Fort Comanche escala 1:1 anunciando mi rendición. Para variar, estoy tendido en una camilla sobre una sábana de papel de idéntico gramaje que los manteles del chiringuito adyacente. Me siento como el gran marrajo recién servido. Sólo echo de menos una ensalada y algunas patatitas a mi alrededor. En su lugar, mi particular guarnición la compone una doctora de ojos verdes, un enfermero de pelo cano y un par de socorristas con chalecos anaranjados. La mezcla de colores me recuerda a la dulce y querida Irlanda (quince días en mi adolescencia fueron suficientes para amarla para siempre. ¿Tendría algo que ver aquella pecosa pelirroja?)

-Hombre de Dios, ¿cómo es posible que una simple picadura le haya producido ese chichón en la cabeza? ¿Y qué me dice de la herida inciso-contusa en el pómulo izquierdo? ¡Ahora va a resultar que los peces araña saben brincar!

El especial gracejo andaluz –que bien conozco a través de Francisco Lacaña, nuestro delegado en la zona sur– no me seduce para nada en esta ocasión.

-También es mala suerte- alega el enfermero de peinado y barba hipster, -el picotazo le pilla justo en la porción inferior del ligamento anular anterior del tarso…

-Vaya, me ha tenido que afectar al tarso-. La verdad es que hasta ahora nadie me había tocado los pies, y el tarso, menos. Sí la rodilla, la espalda, los gemelos y hasta las narices –en sentido figurado-, pero nunca los pies. Y ahí estaba, el socorrista que me atendió en la orilla del mar, masajeando la parte inferior de mi planta.

La pregunta seguía en el aire cálido del ambiente, poniente suave virando a sur –tantos años prestando atención a Roberto Brasero/el Tiempo y la influencia de Almudena Grandes y sus Aires Difíciles terminaban por dar sus frutos-.

Martín, mi sobrino de 13 años, me había levantado de la tumbona veinte minutos antes. En tan solo unos segundos había reemplazado la pala y el rastrillo de su hermano menor por dos palas de las de jugar al tenis. Pero no de esas que se ven por lo general en las playas del sur, redonditas, de contrachapado y festivos dibujos alegóricos a la estación estival, sino por un par de palas de madera maciza, color haya y mango alargado con las que los chavales del norte practican frontón frente al muro del Sardinero o en las tardes de bajamar de La Concha. Reciente regalo del tercer marido de mi hermana, oriundo de Orio. Debía ser por eso que más que palas parecían remos de traineras. Y el niño tan contento.

En plena orilla, pala en mano y gorra en ristre, alternaba mi atención entre el tuya mía de la bola verde fluorescente y el sube y baja de los toples paseantes.

Ya me previno García-Liondo –jefe de asesoría jurídica- al poco tiempo de iniciar mis trámites de divorcio: “No hay victoria sin sufrimiento”. Una afirmación que, desde entonces, ha dado la vuelta, el giro y el tour y se ha convertido en “hay sufrimiento sin victoria”. Y que conste que mi ex se llama Carolina.

Fue en ese preciso instante cuando sentí un pinchazo agudo en la planta del pie. La bola pesada, desprendiendo arena y salitre, impactó en el cuadrante superior izquierdo de mi cara al mismo tiempo que reparaba en dos chavalas de tez morena y minúsculo bikini (¿por qué llaman así al sándwich mixto en Catalunya? – preguntaré a Jordi Coll a mi regreso a la oficina-). En mi caída, humillante para mi amor propio pero desternillante para el humor ajeno, la pala oriotarra voló tan alto como un remo cayendo de canto sobre mi occipital conquense.

El olor a amoniaco tras extraer la púa del spider fish –que diría Blázquez-, mi cuerpo rebozado aún en arena, el ojo lloroso por la pomada aplicada en el pómulo y el dolor de cabeza me recuerdan los pocos días quedan para retomar mi rutina diaria. ¡Bendita vuelta a casa, aunque esté llena de pelusas! Este año el síndrome pos vacacional lo entierro en dos paladas.

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