Lunes, 15.10.2018 - 22:03 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Los 'babyboomers', como los viejos rockeros, no se rinden jamás

Somos muchos y no estamos de moda. Es más, quizás nos sepamos en un severo aprieto, aunque nos avergüence el reconocerlo. Somos los' babyboomer's', los nacidos entre 1960 y 1975, y tenemos ahora entre 43 y 58 años, una cohorte generacional muy amplia en la que se concentra el periodo de mayor natalidad de España. Somos muchos, - y muchas, claro está - y nos creímos buenos, pero ahora corremos el riesgo cierto de quedar descolgados en esta cabalgada tecnológica que todo lo trastoca, que nada respeta. Miramos al futuro con desconfianza, preguntándonos si la sabiduría acumulada resultará de utilidad en la nueva economía digital que construimos o por la que resultamos construidos, que quién sabe el orden de prelación. ¿Pasó nuestro tiempo? ¿Podemos resultar útiles a la sociedad? Nos dijeron que sí, que no tendríamos nada que temer, que todo se solucionaría con la formación continua y a ello nos pusimos. Pero analógicos como somos, nos barruntamos, incrédulos todavía, el riesgo inminente de resultar sustituidos por generaciones más jóvenes, imbuidas de mentalidad digital. Estamos en plena forma, necesitamos el salario, queremos continuar en primera línea, pero nos preguntamos todas las mañanas si, al final, la revolución tecnológica no terminará también orillándonos definitivamente en la triste melancolía de los que todo lo fueron, pero nunca más serán.

Hijos del desarrollismo franquista, nos hicimos mayores de edad en una democracia que nos fue regalada. Fuimos las primeras generaciones que acudimos en masa a las universidades, que pudimos viajar al extranjero y que conformamos la clase media más potente y poderosa que jamás existiera en España. En general, tuvimos oportunidades laborales y profesionales y nos fue razonablemente bien, en conjunto. Logramos vivir mejor que lo hicieron nuestros padres y mucho mejor que nuestros abuelos. Creíamos que el futuro, por ley natural, estaba condenado a mejorar siempre al presente, por lo que no tuvimos miedo alguno en endeudarnos e hipotecarnos durante los noventa y principios de los dos mil. La crisis de 2008 nos golpeó con dureza. Autónomos, profesionales y empresarios sufrimos lo indecible, mientras que la mayoría de los contratados laborales tuvieron pérdida de poder adquisitivo, cuando no resultaron despedidos con saña o prejubilados directamente. Los funcionarios y empleados públicos mantuvieron su empleo, pero con una disminución de salario inédita en la historia de España. Nuestra generación, que había concentrado sus ahorros en el ladrillo, sufrió una severa devaluación de su patrimonio que, en muchas zonas de España, aún no ha recuperado el valor al que lo adquirimos. Hemos perdido calidad de vida y, hoy en día, no tenemos claro si nuestros hijos lograrán igualar la que nosotros alcanzamos diez años atrás, lo que nos causa perplejidad y desconcierto. A los que siempre creímos que la historia no era otra cosa que una escalera de ascenso nos cuesta comprender que también lo puede ser de descenso o de caída. Si nuestros mayores nos entregaron la España de los noventa, nosotros entregaremos la España de los veinte. Y, a día de hoy, no sabemos cuál de ellas será mejor y más habitable. ¿Hemos tenido éxito como generación? ¿Hemos fracasado? ¿Tenemos aún tiempo de enmienda?

Los años pasaron, con su carrusel de espejos acelerado. Incluso algunos de nosotros –pocos todavía- ya se prejubilaron, concepto que siempre nos pareció remoto y lejano. La mayoría ya cruzamos la línea simbólica de los 45 años, a partir del cual, supuestamente, dejábamos de ser reciclables. Es cierto que los 45 de ahora son como los 35 de antes, pero el hito ahí queda, como una sonora advertencia que nos inquieta y desasosiega. Mayores de 45, que mal les suena a los responsables de RRHH de empresas y organizaciones…

Hablamos mucho de la gestión de la diversidad. Entre hombres y mujeres, entre culturas, religiones y razas diferentes. Conocemos empresas importantes que se jactan de las excelencias de sus políticas de diversidad mientras que mantienen, al tiempo, planes de prejubilación en marcha. El mensaje que con ello lanzan es evidente: no queremos a los veteranos. Parece que ya no les servimos. A todos ellos se les llena la boca con lo de la diversidad mientras olvidan que una de las diversidades más necesitada es la que conforma nuestra generación pop. El concepto de diversidad debe incluir, necesariamente, el concepto generacional. Debemos trabajar para conseguir una relación simbiótica entre jóvenes y veteranos, en beneficio de las personas y de la empresa. Los unos ponen sabiduría y experiencia, los otros el vigor, la innovación y el espíritu de los tiempos digitales que los amamantó. Una empresa preocupada por la diversidad no debe dejar a nadie atrás y, menos aún, a los que le dedicaron largos años de trabajo. Pero una cosa es lo que se dice, y otra, bien distinta, la que se hace. O la que les gustaría hacer, si los dejaran. Y lo que gustaría hacer a un número significativo de empresas es sustituir a los veteranos por los jóvenes, más digitales y más baratos también, que todo hay que decirlo. Es cierto que no todas las empresas apuntan a sus veteranos, pero podemos constatar esa tendencia en muchas de ellas. Se necesitan informáticos, analistas de datos, expertos en ciberseguridad, programadores web, expertos en marketing digital… y, pocos de nosotros, por no decir prácticamente ninguno, podemos responder a esos perfiles deseados.

Y es que el universo digital todo lo traga, con su corazón insaciable de agujero negro. Lo que a finales de los noventa comenzamos a bautizar como la revolución tecnológica en ciernes, desembarcó con la energía desatada de un tornado de escala cinco para trastocarlo todo. Vendíamos cosas que ya no se venden, sabíamos hacer cosas que ya nadie quiere. Hemos sido testigos atónitos, que no protagonistas, del nacimiento vertiginoso de una nueva economía, de una nueva sociedad. Somos analógicos, pero queremos cabalgar al potro digital. Porque queremos seguir jugando la partida, necesitamos hacerlo, no nos rendiremos con facilidad. Aquí estamos, con nuestras luces y nuestras sombras, activos laboralmente, con ganas de trabajar y aportar a la sociedad que conformamos. Hemos realizado un gran esfuerzo de adaptación y comprensión de la nueva realidad y nos sabemos capaces de gestionar nuestro talento en ella. Que nadie nos dé por muertos. Gozamos de buena salud y vamos a dar la batalla por demostrarlo.

Pero, ¿tenemos capacidad real de adaptación? ¿Podemos competir y rendir como los mejores? Sin duda alguna, respondemos soliviantados. Los más jóvenes serán nativos de internet, pero nosotros tenemos el apoyo de la sabiduría y de la experiencia para discernir lo que de verdad resulta útil y lo que no. En consultoría siempre se insiste en la idea de aportación de valor. Y nosotros atesoramos mucho valor que debe aprovecharse. Valemos por lo que aportamos y, para nuestra autoestima, es mucho el valor potencial que custodiamos, valor con el que podremos enriquecer al mundo de las ideas, de la empresa, de la economía, de la política y de la sociedad en su conjunto.

Que nadie piense que los 'babyboomers' vamos a rendirnos ante los tiempos. No lo haremos, sabedores de nuestras capacidades y de nuestra tenaz capacidad de adaptación. No queremos cerrar las puertas a nadie, pero, y que tomen nota, no vamos a permitir tampoco que nadie nos la cierre a nosotros. Sobreviviremos. ¿Qué por qué lo sé? Pues por algo tan simple como cierto. Los 'babyboomers', como los viejos rockeros, no se rinden jamás.

Ahora en Portada 

Comentarios