El estadio, el refugio de los violentos


Ultrassur

Ultrassur

Ultras Sur, Boixos Nois, Frente Atlético o Yomus son sólo algunos de los nombres de los grupos de aficionados radicales que tienen los principales equipos de fútbol en nuestro país. Dentro del campo sus enemigos están en la hinchada rival, pero fuera de él los ultras tienen mucho que ver unos con otros: sus motivaciones violentas o la constante vulneración de la normativa de seguridad en los estadios de fútbol promulgada en 2007 son sólo algunos de sus denominadores comunes. El de 'jóvenes de zonas urbanas aglutinados en un sentimiento antisistema' es un perfil común tanto en los militantes ultraderechistas como en los ultras de los equipos de fútbol.

Se trataría, según Fernando del Rey, doctor en Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, "de grupos muy minoritarios sin una ideología conformada, pero muy aglutinados en torno al deporte". El perfil encaja como un guante en los estadios, ya que encuentran acomodo para desarrollar manifestaciones de tipo violento en un entorno grupal. Del Rey describe como "esencial" el "sentimiento de pertenencia, porque son gente muy desarraigada". El matrimonio entre deporte y ultraderecha es total.

El silencio cómplice de muchas directivas es lo que les permite vivir a estos grupos, formados mayoritariamente por menores de 30 años, que despliegan su imaginería fascista en cada partido y en muchas ocasiones corean cánticos contra los jugadores extranjeros, incluso los de su propio equipo.

Casos crecientes

El hecho más grave en el que estuvieron implicados los ultras en España tuvo lugar en 1998, cuando Aitor Zabaleta, un aficionado de la Real Sociedad, fue asesinado por seguidores radicales del Atlético de Madrid, el mismo año en que un nutrido grupo de Ultras Sur fue retenido por vitorear a Hitler.

Desde entonces hasta ahora, un goteo de incidentes violentos les ha rodeado, como el que en 2003 protagonizaron los radicales del Barcelona al dar una paliza a un grupo de magrebíes o en 2007 tuvo como protagonistas a los ultras del Valencia, expulsados de Pamplona tras amenazar con barras, bates de béisbol y mazas a clientes de varios establecimientos de la capital Navarra.

Estas situaciones no son una exclusiva de los equipos grandes: también sucede con equipos como el Talavera, de Tercera división. O con otras aficiones europeas, como los tifosi italianos, que causaron graves altercados urbanos durante 2007 tras la muerte de un hincha de la Lazio, lo que provocó la suspensión de la competición por parte del Gobierno; o los ultras franceses al visitar nuestro país, como sucedió a finales del año pasado, cuando los del Olimpique de Marsella se enfrentaron a la Policía española durante su partido contra el Atlético de Madrid.

En 2008 continuaron los incidentes violentos, esta vez por parte de los Biris Norte, los ultras del Sevilla, que propinaron una brutal paliza a un aficionado del Atlético de Madrid. A finales de año, cinco ultras del Barcelona fueron detenidos por lanzar bengalas al terreno de juego durante un encuentro contra en Espanyol.

Este 2009 ha comenzado particularmente violento. En enero, miembros de un grupo de ultra, también del Barcelona, mandaron al hospital a un equipo de Tercera Regional catalana formado por inmigrantes latinoamericanos contra los que disputaban un partido. En marzo, tres miembros de Ultras Sur, del Real Madrid, agredieron al periodista Manolo Lama durante un partido disputado en Liverpool y, unas semanas más tarde, tres nazis apuñalaron a un joven en las inmediaciones del Santiago Bernabéu. La violencia de los ultras se está recrudeciendo a medida que los partidos de ultraderecha recaban más apoyos en las urnas.

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