Viernes, 15.12.2017 - 20:57 h

Ramaha, la joven que conmocionó al mundo por su cuerpo maltrecho y su gran sonrisa

La chica nigeriana de 19 vivió toda su vida recluida en un barreño por una extraña enfermedad que impidió que sus extremidades crecieran.

La joven, que nunca perdió la sonrisa, falleció el pasado 25 de diciembre, sin haber recibido la ayuda que necesitaba.

Ramaha, la joven que conmocionó al mundo por su cuerpo maltrecho y su gran sonrisa

Una palangana verde y un hermano que la cargaba por las calles de Kano, Nigeria, para pedir limosna era todo lo que tenía. Y pese a ello siempre sonreía.

Hace un año, todavía con la resaca de los empachos navideños, una imagen publicada por Reuters conmovía al mundo: Rahama Haruna, de 18 años, vivía en un barreño ya que una extraña enfermedad que hizo que a los pocos meses de vida sus brazos y sus piernas dejasen de crecer.

La fotografía se convirtió en el símbolo de los desamparados. Durante 18 años, el mundo había permanecido impasible a una chica cuya vida representaba la miseria en sí misma, la resignación de aceptar, como le dijeron, que su enfermedad no tenía remedio porque había sufrido un ataque de espíritus.

En una tierra donde el Islam, que obliga irónicamente a Rahama a cubrir su cabeza, se mezcla con las supersticiones, sus padres acudieron a un brujo. A ella le contaron que nació sana y que un buen día un demonio se cruzó en su camino para no dejarla caminar jamás. Y su hermano menor empezó a cargar la palangana sobre su cabeza desde que tuvo fuerza para sostenerla para recorrer los 25 kilómetros que separan su hogar en Warawa y el centro de Kano donde su hermana pedía limosna estirando el cuello que apenas sobresalía unos centímetros fuera del plástico.

Ella aseguraba que acabó comprendiendo que era diferente de otros y aceptó que su familia iba a ser su único apoyo pues el resto del mundo apartaba la vista ante la visión de su cuerpo. "Me llevó mucho tiempo comprender que no todas las personas son iguales. No me importa. Me considero afortunada de estar viva", decía, consciente de que el hermano mayor al que nunca conoció sufrió su misma enfermedad. Afortunada de estar viva, a pesar de que su mundo estaba limitado a un barreño verde.

El 25 de diciembre, el día de Navidad, la sonrisa de Rahama se apagó para siempre. A pesar de que durante una semana de 2016 su imagen recorrió el mundo, nunca consiguió salir de la palangana. Tan solo le donaron una silla de ruedas para que su hermano no tuviera que seguir llevando en barreño en la cabeza.

Su muerte tampoco ha ocupado muchos titulares, como no lo hacen ninguno de los muertos de África, ese continente lleno de misera donde la vida no vale nada. En Europa cada muerto tiene nombre y apellidos, cada injusticia viene seguida de una manifestación para pedir cambios. En Nigeria, solo les queda el recuerdo de una joven que sonreía porque, a pesar de todo, tenía una palangana y un hermano dispuesto a cargarla.

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