Miércoles, 18.09.2019 - 08:05 h
Eurodiputada

11 de septiembre: lo que queda del día

Estoy segura de que recuerdan la bellísima novela del Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro “The remains of the day” (titulada en español “Lo que queda del día”), llevada delicadamente al cine por James Ivory con Emma Thompson y Anthony Hopkins como protagonistas. Una historia sobre lo irrecuperable del tiempo perdido, sobre la negación de uno mismo y los propios deseos. Sobre la lealtad y el miedo. Sobre cómo el mantenerse como observador de las grandes decisiones que toman otros no te hace menos responsable de tomar o no las tuyas propias.

Lo anterior viene al caso porque me preguntaba qué y cuánto queda en nuestro mundo de hoy de quienes éramos aquel día, el 11 de septiembre de 2001. Se dijo que se trataba de un cambio del orden mundial, pero, a lo largo de estos dieciocho años, hemos asistido a tantos estremecimientos que más bien parece que lo que se estableció fue el principio de desorden como nuevo orden. Ni siquiera podemos asegurar, como entonces, que aquél fuera el comienzo histórico del siglo XXI para el mundo occidental, porque, como virtuosamente explicó el año pasado John Müller en la presentación de mi libro sobre el liberalismo, muchos pensamos que, en realidad, ese inicio tuvo lugar en 2016. Mi pregunta tampoco significa lo mismo, por supuesto, si eres un niño de la guerra, un babyboomer como yo o si perteneces a la generación X, Y o Z. No significan lo mismo las guerras en Afganistán, Irak y Siria, ni el terrorismo yihadista marcando la agenda con nuevos patrones sangrientos, enraizado íntimamente en nuestras sociedades occidentales. No significa lo mismo la fractura irreparable del Brexit, ni que, bajo la batuta de Trump, EEUU haya abandonado su posición del líder del mundo libre. Tampoco la realidad dolorosa y no abordada de millones de refugiados y migrantes, ni la certidumbre del cambio climático como proceso ineludible. Y no, no significa lo mismo la pérdida de referentes y certezas, la desinformación mutante de la mano del discurso del odio, pavimentando el camino para el auge del extremismo y el populismo más radical en cada rincón de nuestro mundo... un mundo hiperconectado en el que internet ya es nuestro modo de vida.

Acaba de ser establecida para el próximo enero la fecha del juicio a los cinco imputados como organizadores de los atentados del 11S en los que murieron casi 3.000 personas. Como consecuencia de enfermedades vinculadas a las tareas de rescate durante los ataques, ya han muerto 200 bomberos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, se estima que unas 400.000 personas fueron expuestas a contaminantes tóxicos o sufrieron lesiones y traumas físicos y psicológicos como consecuencia de los atentados. Pero las secuelas de aquel día para nosotros, los que fuimos y los que somos, son incalculables. Y no dejo de preguntarme cuántas de las grandes decisiones que se tomaron en aquel momento, y que han seguido tomándose o evitándose desde entonces, han tenido en cada uno de nosotros a espectadores atónitos, convencidos de que no era cosa nuestra. Que era responsabilidad sólo de “ellos”: de los que mandaban, los que dirigían, los que sabían qué había que hacer.

Como los invitados influyentes de Lord Darlington, reunidos en su mansión para encontrar la manera de mitigar lo que consideraban “excesos” del Tratado de Versalles contra Alemania, a través de un acuerdo de paz entre el gobierno nazi y el de Gran Bretaña antes de la Segunda Guerra Mundial. El progresivo socavamiento de los términos del Tratado no tardó en debilitarlo, y con la llegada al poder de Hitler se violó definitivamente hasta llevarnos hasta donde todos sabemos. Cómplices necesarios, voluntarios o inadvertidos para su (nuestra) desgracia, todo sucede en Darlington Hall bajo la mirada atenta y humillada de Stevens, el mayordomo. Ante su servil anuencia, que él considera lealtad indestructible y renuncia debida a cualquier intervención personal. Cuando años después viaje para reencontrarse con la señorita Kenton, Stevens podrá hacer poco más que elegir entre recordar u olvidar. Porque, como escribió en su día Gloria Tomás y Garrido, el balance retrospectivo de nuestras acciones sólo cobra sentido a la luz de si decidimos o no hacer algo en el momento presente… antes de que se convierta en pasado.

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