Miércoles, 08.04.2020 - 02:12 h
Telediaria

El miedo de la televisión a que el espectador no lo entienda

Los creadores de la televisión actual sufren el síndrome 'qué-se-entienda'. Los directivos de las cadenas han interiorizado una mentira social que dice que para lograr el triunfo de un programa de televisión el espectador debe conocer todo lo que se le propone. Así la televisión cae en un día de la marmota absurdo: los talents shows musicales repiten mismas canciones, las que se supone que sabe cantar el público; los entrevistados de los programas siempre son los mismos, los que se supone aplaude la audiencia. Y todo se recalca como nunca, no vaya a ser que alguien se pierda.

Pero todo esto es mentira. Pues la televisión no sólo es reconocer, que también. La mejor televisión es la que sobre todo deja al espectador ese sabroso regustillo de que está descubriendo. La cultura audiovisual que trasciende es la que nos desafía como espectadores, nos pilla desprevenidos como audiencia, pues no te la ves venir. Y se nos está olvidando.

Es más, no hay que comprenderlo todo. Eso es otra falacia asumida. A veces, el juego audiovisual también esconde la riqueza de descifrar mensajes latentes mientras estás sumergido en la historia. Porque los mensajes latentes hacen más rica cualquier historia. De ahí la relevancia social de 'El Ministerio del Tiempo'. No trata al espectador como pazguato. Al contrario, reta su curiosidad. Tan importante.

También lo hace Broncano en 'La Resistencia'. No lleva a los invitados que están siempre de promoción e indaga. Como hacía José María Íñigo en 'Directísimo' o 'Estudio Abierto': abrir la televisión a todo tipo de referentes cotidianos. Los que definen nuestro tiempo y no siempre están en el prime time. Por suerte, se cuelan en espacios como 'Late Motiv' o 'Sánchez y Carbonell', un valiente show en directo desde La 2 que abre los estudios de Prado del Rey a la cultura sin paráfrasis. Sólo necesita tiempo para visibilizarse más.

En lo que se refiere a talents shows, el éxito en altas audiencias de 'Tu cara me suena' se cimenta en que, a diferencia de otros concursos musicales de capa caída como 'La Voz', su selección de canciones no se queda todo el rato en un repertorio desfasado. La nostalgia también evoluciona. Las canciones que funcionaban en 2001 ya no tiran de la misma forma hoy por saturación. Y no pasa nada, ya que la clave está en dar a conocer y buscar hits de todas las épocas, también la actual, sin obcecarse en esto igual el público no sabe tararearlo. Porque el público también quiere tararear cosas nuevas, aprender a amar lo que existía cuando aún no había nacido o poder chapurrear lo que ahora bailan sus nietos. La tele es ese recambio generacional. Incluso más allá de las nuevas generaciones.

Basta ya de que la tele es reconocer lo que ya sabemos. Basta ya de que todo hay que entenderlo a la primera. El número musical más comentado de la última gala de los 'Spirit awards', los premios del cine independiente celebrados este sábado en Los Ángeles, no hubiera pasado ninguno de los filtros de los gurús que malentienden el significado de la tele. Se trató de un surrealista coro que, repitiendo hasta la extenuación el nombre de la actriz Laura Dern sin ton y algo de son, define que la mejor televisión es la que se atreve a ser tan traviesa como su público.

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