Domingo, 15.09.2019 - 11:09 h
Telediaria

La herramienta que otorga Paquita Salas al espectador para avanzar en la vida

"Voy a seguir adelante, voy a coger todo lo que me ha pasado y voy ha convertirlo en algo que valga la pena", recita la actriz Anna Allen en un monólogo que habla de sí misma.

La escena sucede en el tramo final de la última temporada de 'Paquita Salas'. Un instante que es una catarsis para la intérprete, víctima de la enfermiza obsesión por mostrar triunfo en las redes sociales hasta introducirse en una espiral de inventarse una vida falsa hecha a base de photoshop. Pero, a la vez, este purificante texto también es una inspiración para el propio espectador.

Porque 'Paquita Salas' es una bofetada a las tendencias imperantes de la sociedad simplificada. Esa sociedad que juzga implacable a través de la crítica superficial, que no suele permitir segundas oportunidades -a no ser que seas futbolista- y que se queda en una intensidad tóxica de lo que es bueno y malo sin fisuras. Lo que dispara los populismos, también en política. No hay tiempo para pensar. Todo fluye como efervescente opinión sin piedad y casi sin posibilidad de réplica para que la realidad contrastada no estropee una indignación o polémica. 

Así la ficción de Javier Calvo y Javier Ambrossi ha terminado convirtiéndose en la telecomedia de la empatía. Porque la mejor telecomedia es la que se fija hábil en esas pequeñas cosas cotidianas que compartimos y que, después, nos permiten comprender lo grande.

De esta forma, el público se ve reflejado en unos maravillosos personajes de mujeres rompiendo con los estigmas sociales e incluso con nostalgias.  A través de la risa de la identificable imperfección, la ficción de Netflix otorga al espectador la herramienta de relativizar para diferenciar lo realmente relevante de lo superfluo. Lo logra con una historias de perdedores que descubren, poco a poco, que la decadencia quizá no existe o simplemente no es para tanto.

Paquita ha terminado alzándose como una oda al derecho a equivocarse para acertar que recuerda que todo lo que haces lo has hecho. Y suele sumar

Paquita Salas, como su público, empieza a percatarse de que no hay que obsesionarse tanto con metas estratosféricas como apostar más por sembrar ilusiones más asequibles en el día a día. En intentar exprimir los detalles de lo cotidiano está la llave que permite ir avanzando. No es fácil, pero es un buen antídoto contra la enfermedad social de las vidas centradas en las expectativas por un éxito personal contrarreloj mal entendido que impide la felicidad de disfrutar el recorrido. Paquita, Magüi, Lidia y Noemí están en ello.

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