Jueves, 13.12.2018 - 08:08 h
Telediaria

La oportunidad de Roberto Leal

Siempre ha sido así. Operación Triunfo es un formato que su éxito se sustenta en la evolución semanal de los protagonistas del programa. El público se identifica viendo aprender, superarse y crecer a los concursantes en una academia. Ha sucedido en todos los OT.

La primera gala del primer OT fue imperfecta. La primera gala de OT 2017 también fue imperfecta. Y eso hace al programa más poderoso. Porque todos aprendemos de la imperfección: del error, del titubeo, del miedo a una sobrevalorada palabra llamada fracaso.

Este Operación Triunfo 2018 también es ejemplo de evolución. Ha costado más que en otras ediciones. Pero, en la gala número once que se ha emitido esta noche, a dos semanas para la final, el programa ha evidenciado con energía su progreso. Los concursantes en punto álgido, vocalmente e interpretativamente. Se nota la mano de la reincorporación de Los Javis, pues los participantes ya intentan contar una historia a su espectador más allá de cantar con el micro en la mano. Han ganado presencia escénica. Incluso miran a cámara, se dirigen al público, su público. Tan fácil y, a la vez, tan difícil en televisión.

Aunque, en esta segunda vida de OT, ha existido otra evolución sigilosa a la que el formato no estaba tan acostumbrado. Y esa evolución ha sido la de su presentador, Roberto Leal. El ex de España Directo y Espejo Público venía curtido de horas de reportajes callejeros y sobrado en habilidad para mover la batuta de conexiones en directo, pero al frente de OT ha crecido exponencialmente ante los ojos del espectador. A un espectador al que también sabe mirar. Aunque sólo vea el objetivo de una cámara.

Leal no es concursante, pero ha aprovechado la oportunidad del riesgo de enfrentarse a un formato tan icónico como OT. No ha acudido a clases en la academia, pero sí ha tenido esa inteligencia para ilustrarse de sus primeros déficits e ir haciendo suyo el programa. Lo ha conseguido con cierta habilidad para relativizar un mastodóntico formato de estas características. Controla el guion y, así, puede moldearlo para inyectar su naturalidad a la retransmisión. Y si hace falta lanzar algún dardo irónico de realidad, pues lo lanza. En este cometido ayuda contar como aliada a Noemí Galera, maestra en la espontaneidad sensata que es el antídoto contra oficialismos e intensidades de la tele de entretenimiento que se toma más en serio de lo que merece. No es el caso de las galas de este OT.

"Jugar consigo mismo es muy importante en el escenario", ha dicho una muy lúcida Ana Belén en el veredicto a Famous, aunque también esta argumentación se puede aplicar a Roberto Leal. Juega consigo mismo, y aún puede jugar mucho más. 

Dará la campanada (con Anne)

Tenga un ojo menguante -como esta noche por un orzuelo-, se caiga su micro -como esta noche-, Roberto Leal incorpora los contratiempos con franqueza al programa y así hace brillar más a un OT que es un impulso a su carrera justo en un momento en el que parece más difícil que la cantera de profesionales en la retaguardia de las cadenas reciban la oportunidad de dar el salto a la primera línea.

Leal contó con esa oportunidad y ha tenido el tiempo suficiente para ir cogiendo el compás de un programa tremendamente complicado que, en cambio, hace que parezca fácil. Y eso también es un triunfo. Más aún en una primera cadena de TVE que o se arranca corsés adquiridos o no recuperará la influencia perdida. 

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