Domingo, 25.08.2019 - 12:18 h
Alcaldesa de Logroño

Afrontar ya el reto demográfico. Mañana será tarde

Somos más y vivimos más y mejor. Es la cuenta de resultados de un sociedad que se ha esforzado durante décadas para progresar y alcanzar las mayores cuotas de estado de bienestar posibles.

En sólo cuatro décadas, la esperanza de vida en España al nacer ha aumentado más de 9 años, situándose en casi 83 años. Sin duda un
importante logro del estado del bienestar que muestra también que se ha
producido un aumento de la esperanza de vida con buena salud: Vivimos
más años y lo hacemos con más calidad de vida. Esto supone unas proyecciones demográficas en España y en Europa que apuntan a un
cambio que nos tiene que llevar a actuar. Si en 2015 la población mayor de
65 años suponía el 18 por ciento total, en 2030 este porcentaje se elevará
hasta el 25 por ciento, con todo lo que implica en el sistema de confort social que entre todos hemos alcanzado.

Y a este envejecimiento, para hacer un análisis cierto, tenemos que sumar
una notable caída de la natalidad, que constituye probablemente uno de los cambios sociales y demográficos más significativos de las últimas décadas, especialmente trascendente dadas sus consecuencias económicas y sociales.

El número de hijos por mujer experimenta un importante descenso y, aún
presentando una leve recuperación en los últimos dos años, se sitúa en tan sólo 1,33 en datos de 2015. Esto nos lleva a pensar que detrás de la decisión de tener hijos también hay un elemento cultural que debemos tener en cuenta. Esta reducción de los nacimientos nos sitúa a España en cifras de natalidad muy bajas, hasta adaptar nuestra pirámide poblacional casi invertida.

Difícil nueva ecuación a la que se suma nuestro modelo territorial, con un
país rural donde la dispersión y los pequeños municipios son elementos a tener en cuenta y por los que luchar.

Por ello, el reto demográfico al que nos enfrentamos, al que se enfrenta
España, ha sido incorporado con fuerza a la agenda política, y hace
necesaria una política de Estado en la que trabajemos todas las administraciones públicas de manera coordinada. Porque la composición de la población y el capital humano no debemos olvidar que juega un papel clave en el crecimiento económico de un país. Tiene implicaciones sobre las políticas públicas y afecta al actual estado de bienestar, muy especialmente al sistema de pensiones. Al tratarse de un modelo de reparto, exige un crecimiento de la población para su sostenibilidad, así que la caída en el número de nacimientos también afecta al bienestar de la sociedad y de las familias.

Por ello, la elaboración de una Estrategia Frente al Reto Demográfico es hoy una prioridad social que estamos afrontando como país, siendo conscientes de la complejidad del problema que abordamos.

Existe sin duda consenso a la hora de aceptar que hay razones económicas y sociales que justifican la necesidad de intervenciones públicas en relación a la natalidad; pero debemos promover un gran acuerdo sobre las medidas o actuaciones que deberían ponerse en marcha, como legado a las futuras generaciones a las que no debemos hacerles renunciar al estado de bienestar que hemos conquistado con el esfuerzo de las generaciones que nos precedieron. Aquí está el reto al que la clase política se enfrenta en este momento, en los inicios del 2018, donde se anuncia la inminente presentación de la Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico.

¿Cómo podemos abordar el reto demográfico? Es la gran pregunta que
como sociedad debemos responder y solo podemos hacerlo con la altura de miras que se alcanza desde los grandes pactos de estado, desde el acuerdo político que marca las líneas de actuación para el largo plazo.

Me atrevo a lanzar algunas reflexiones que sí conviene hacer sobre el cómo:

-Abordar el reto demográfico no corresponde solo a los poderes públicos, que deben ser quienes tomen la iniciativa pero con la necesaria implicación de empresas, sociedad civil, interlocutores sociales… Con roles diferentes pero complementarios.

-A la hora de priorizar actuaciones, valoremos la eficacia en relación a los objetivos que perseguimos. Uno de los argumentos más frecuentes al
afrontar el reto demográfico es señalar como prioridad un aumento del gasto público en medidas de apoyo a la familia. Totalmente de acuerdo, pero resulta más relevante saber a qué se destina ese gasto, y sobre todo qué objetivos se persiguen con él. No todas las medidas tienen la misma
eficiencia y el aumento del gasto, por sí mismo, no garantiza que sean las
idóneas para alcanzar los objetivos. Debemos afrontar de manera
responsable un escenario de optimización de recursos porque son limitados y es necesario partir del principio de sostenibilidad del estado de bienestar.

-El reto demográfico se asocia con la sostenibilidad del sistema de
pensiones.
Y por ello se pone la atención en el grupo de mayor edad,
llegando a afirmar que el gasto a él destinado es el responsable de la caída
de la natalidad. Pero reduciendo el bienestar de nuestros mayores no
mejoraremos el de los más jóvenes, y no resolveremos el problema
demográfico. Optemos por políticas activas que fomenten la natalidad.

-Además, no debería fomentarse la natalidad bajo la premisa de que
necesitamos tener hijos para financiar las pensiones
, que podría ser una
consecuencia pero no un fin en sí mismo. Estaríamos “utilizando” a los niños para que pagaran nuestras pensiones y esto no parece muy ético, ni propio de una sociedad desarrollada. Los necesitamos primero como personas y después, si es posible, también como cotizantes, no al revés.

-Resulta imprescindible trabajar para facilitar el acceso y permanencia en el mercado de trabajo al grupo de población de jóvenes, así como para mejorar su situación laboral, lo que les ayudará a tener el número de hijos que desean. Igualmente hay que tender a la flexibilidad horaria, que constituye una de las demandas más generalizadas, incluso más que alargar los períodos de maternidad y paternidad; debería ser una de las medidas prioritarias a poner en marcha como eje de la estrategia.

-En este orden de cosas, sería el momento de repensar la cultura laboral que tenemos, todavía anclada en un modelo presencialista, que desconoce las ventajas que puede aportar a las organizaciones el hecho de considerar la situación personal y familiar de sus trabajadores. ¿Vivimos como realmente queremos o como nuestra cultura y la sociedad nos va imponiendo? Quizá esa valoración social negativa es también la consecuencia de un exceso de valoración social del éxito profesional. Quizá porque hemos perdido la capacidad de reflexionar sobre las bases antropológicas del ser humano y hemos dejado fuera del debate aspectos claves para su desarrollo y crecimiento personal y social.

Estamos ante uno de los desafíos mas importantes que como generación
nos toca afrontar.
Somos -como en la lucha contra el cambio climático- la última generación que tenemos la capacidad y por tanto la responsabilidad de tomar las riendas para garantizar el nivel de bienestar de las futuras generaciones. Mañana será ya tarde. Seamos valientes, hagámoslo con un gran acuerdo.

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