Martes, 19.02.2019 - 20:50 h
Libertad sin cargas

La semana fantástica de BBVA y Santander

“La cuestión va a tener un largo recorrido judicial. Vamos a ver si no hay condenas incluso por el daño patrimonial causado a la entidad”. Así se expresaba esta semana un alto ejecutivo de una de las principales compañías del Ibex, conmocionado por las revelaciones en torno al BBVA y su hasta ahora presidente, Francisco González, en relación con las escuchas realizadas por el ex comisario Villarejo. Ya se sabe, cuando las barbas de tu vecino veas pelar… En paralelo, y salvando las siderales distancias entre las problemáticas, el Santander sufría un notable revés con su decisión de aparcar el fichaje de Andrea Orcel como consejero delegado. El fracaso en la contratación, entendida en su momento como una apuesta de algo riesgo, deja cuando menos en evidencia la previsión del banco a la hora de medir el impacto económico de la operación, al tiempo que obliga a un replanteamiento sobre la estrategia a corto y medio plazo. Desde luego, nada bueno para el sosiego que necesita un sector puesto en el foco -a menudo a su pesar- por cuestiones como la sentencia del Supremo sobre las hipotecas.

Lejos del episodio del Santander, el caso de BBVA es de una gravedad extrema en tanto revelador de dinámicas -y taras- dramáticas de nuestro modelo democrático y de una transición alabada en lo político pero también con fallas de proporciones isabelinas en el ‘modus operandi’ económico-empresarial. De hecho, es difícil decidir si es peor que un banco contrate a una empresa de espionaje de dudosos métodos para defenderse de un supuesto asalto al banco auspiciado desde el Gobierno, o que el Ejecutivo ponga en marcha una operación para descabalgar al presidente de una cotizada porque éste proviene de la anterior etapa política y hay que laminarlo. E incluso que, para ello, utilice a otra firma cotizada afín. “La historia se escribe así -decía esta semana un eminente banquero de inversión con una mezcla de cinismo y pragmatismo-. A lo mejor la contratación de la empresa de Villarejo evitó que BBVA cayera en manos de Luis del Rivero y que el banco se hundiera como Sacyr”.

El planteamiento, que encierra un drama en sí mismo en cuanto a la aceptación del mecanismo en que han venido operando las empresas en España, obliga a revisar radicalmente la imbricación de lo público y lo privado en nuestro país. Toda una regeneración del tejido político y empresarial que está lejos de producirse, como bien muestran operaciones recientes como la toma de Abertis por ACS y Atlantia, plagada de recomendaciones y avisos políticos. Esencial resulta ahora la toma de posición del presidente del segundo banco del país, Carlos Torres, que tendrá que demostrar si tiene el coraje y el temple necesario como para hacerse acreedor del cargo que ocupa. La entidad, que puede facilitar información decisiva sobre el ataque que sufrió durante el primer gobierno socialista de este siglo, trabaja en desligar la responsabilidad del banco y de su cúpula de entonces, con la vista puesta en el mercado. Si FG puede verse en los tribunales, también la reputación del Ejecutivo Zapatero puede quedar marcada para siempre, si es que su desempeño durante la crisis económica no le ha dejado ya maltrecho para los restos.

En lo que hace referencia al Santander, la no llegada de Orcel ha generado una sensación de desconfianza general en el mercado. “¿Alguien se cree que el banco haya podido rechazar la contratación solo por dinero?”, se preguntaba un analista tras hacerse pública la decisión. “No hay comité de retribuciones que dé el visto bueno a un contrato de ese tenor”, respondía en la distancia un prestigioso banquero internacional al ser preguntado sobre el caso. Puede ser comprensible y hasta razonable que Ana Botín haya decidido no comprometer 56 millones para fichar a un ejecutivo y asumir una cláusula de rescisión similar a la de una estrella de la liga de fútbol que la propia entidad patrocina. Sobre todo teniendo en cuenta el año de despidos que asoma en la banca y del que Santander no se salvará. Tampoco estarán lejos de la mente de la banquera los potentes desembolsos realizados por su padre en casos como los de Amusátegui y Corcóstegui, con el impacto que pudiera tener en la actual opinión pública tamaño desembolso. Dicho esto, la pregunta sigue abierta: ¿Por qué no pensarlo antes y evitar ponerse rojo?

Lo cierto es que el paso atrás plantea una serie de incertidumbres de cara al futuro. Para empezar, la apuesta por el banquero italiano de UBS implicaba acercar al Santander a las rutinas de la banca de inversión, ‘estresando’ la organización, dando una vuelta de tuerca a los procesos diarios y alejándola del mero ‘retail’ con los tipos de interés por lo suelos. Todo un cambio cultural en el que Ana Botín ha demostrado creer firmemente y que se retrasa ‘sine die’. La vuelta de José Antonio Álvarez como primer ejecutivo es toda una garantía de que la firma seguirá por donde solía con paso firme, pero no por donde la presidenta quería que el banco se reinventara. No es difícil deducir que para Álvarez, un hombre de la casa y un profesional sin fisuras, tampoco será sencillo tragarse el sapo de retomar unas funciones para las que ya le habían buscado un sustituto con aparente más ‘glamour’. La entidad debe por necesidad entrar en un periodo de transición en que las aguas se calmen y se digiera un derrape en toda regla con la presentación del nuevo plan estratégico a las puertas. “En un mes nadie se acuerda”, zanjaba con optimismo un ejecutivo del sector, profundo conocedor de la casa, al ser preguntado por el desaguisado. Puede ser, pero lo más seguro es que haga falta algo más de tiempo.

En suma, no es cuestión menor que Moncloa esté monitorizando casi al minuto una crisis como la del BBVA, en tanto banco sistémico. Tampoco que algunos en el BCE se froten las manos ante el traspiés de Francisco González, que no ha pasado por el cargo haciendo amigos. El caso, desvelado oportunamente cuando el histórico presidente del banco ya solo ostenta un puesto de honor en la entidad, no ha tenido de momento una repercusión decisiva en la cotización del grupo, el indicador que tanto Gobierno como Frankfurt vigilan con celo. El ‘affaire’ no ayuda, en todo caso, a reflotar la imagen de un sector puesto en entredicho en los últimos meses, en unas ocasiones con más justicia que otras. Resulta triste, además, que la vida empresarial y económica del país se vea marcada por escuchas realizadas hace más de una década y no por operaciones corporativas que sirvan para reforzar la posición internacional de las grandes corporaciones. Hemos encallado en un lodazal. Y va para largo. Toda una tragedia.

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