Sábado, 26.05.2018 - 03:04 h

El cuento de las pensiones... ¿Tendrá un final feliz?

Érase una vez un país donde todo el mundo quería trabajar menos y ganar más al final de su vida laboral, para poder retirarse y disfrutar de un merecido descanso o dedicarse a lo que siempre quiso, y nunca pudo. Esto, que sería un final feliz para una vida de cuento dedicada al trabajo en nuestro país, no va a ser fácil de lograr a futuro, si no se ponen ahora las medidas adecuadas (o posibles).

Hasta esta semana, que ha estallado de nuevo el debate sobre el futuro de las pensiones, todo se limitaba a lo casi evidente, en España y en los principales países europeos: no hay otra manera de garantizar en el futuro unas pensiones medianamente dignas, que alargar la vida laboral más allá de los 65 años para aportar más fondos al sistema, y reducir la cuantía media que se paga mediante la ampliación del número de anualidades para calculara. No hay que ser un lince para entenderlo, es a lo que obliga una evolución demográfica con cada vez más gente mayor que, además, tiene una esperanza de vida más alta, y menos base de trabajadores para sufragar sus costes en un modelo solidario (de reparto).

En España hay ya 9,5 millones de pensionistas, casi la mitad de la población activa, que merecen cobrar la parte que les corresponde de lo que han contribuido a la Seguridad Social durante décadas, aunque ello suponga un 40% del gasto total del Estado, una proporción que no va a bajar en muchos años. La máquina de pagar pensiones aguanta a duras penas, pero la crisis, los vaivenes del empleo y el retraimiento de los salarios lo ha puesto al límite y ha generado serias incógnitas que obligan a cambiar el cuento y a poner sobre la mesa mejores alternativas para el futuro de las pensiones. O, al menos, ir un poco más allá del mensaje simplista de más años de trabajo y menos gasto, para que el dinero dure más.

La extrapolación del actual modelo de reparto lleva a una espiral asfixiante para las pensiones del futuro, tal y como han hecho ver desde organismos como la OCDE o Funcas, entro otros muchos. Aunque los jubilados se quejen (están en su derecho), el sistema sirve bien ahora para quienes nacieron en la década de los cincuenta y están retirados con una esperanza de vida de 72 años. Con que hubieran ahorrado algo más del 4% de lo que ganaron a lo largo de su vida, pueden tener una pensión del 50% del que fue su último sueldo, dando por supuesto que han ido mejorando en su trayectoria laboral, cosa que no siempre ocurre.

La siguiente generación, que nació a partir de 1970 y se jubila dentro de dos décadas, no llega bien a ese reparto. Según los estudios realizados al uso, este grupo, con una esperanza media de vida de 85 años, no va a tener más remedio que ahorrar cerca de un 15% de lo que gane (una tasa muy por encima de la habitual) y trabajar hasta los 70 años si quiere tener una pensión de reparto. El drama llega cuando se aplica el cálculo a los nacidos a partir del fin del milenio, en 1998, que tienen la suerte de ser los primeros con una esperanza de vida de un siglo, pero que si quieren tener una pensión pública digna (la mitad de su ultimo sueldo), deben ahorrar la cuarta parte de lo que ganen y trabajar nada menos que hasta los 80 años. Celia Villalobos decía el otro día que se iba a jubilar a esa edad (seguro que sin problemas de pensión), pero no creo que sea lo que tienen en la cabeza los actuales jóvenes españoles de 18 a 20 años, que en su mayoría están en paro y tienen unas perspectivas personales y laborales que están a años luz de las de Villalobos y las de quienes ahora se jubilan.

Si ha cambiado la sociedad y estamos ante una revolución tecnológica que nos ha removido todas las condiciones básicas de la forma de trabajar, no van a valer soluciones viejas y rígidas, para problemas nuevos y con mil aristas sociales, económicas y mentales. El periplo vital de una persona joven actual ya no son solo las tres etapas de toda la vida: formación, trabajo y jubilación. Por eso, pensar en alternativas nuevas que permitan adaptar el modelo actual de reparto a unas condiciones más flexibles, es un acierto importante.

Lo de calcular la pensión con los 25 o 30 mejores años de la vida laboral de una persona, o eliminar los peores años de tu vida en la fórmula, no eran alternativas hace una década, pero ahora sí lo son, no porque sea nuevo (ya se habló de ello hace tiempo), sino porque se dan las condiciones sociales y económicas de futuro que pueden hacer que encaje. No es justo que alguien que cotice toda su vida y sufra (sin quererlo ni buscarlo) una caída de las condiciones laborales en los años finales, vea reducir su pensión por ello. Como tampoco lo es que alguien que llegue tarde a contribuir al sistema porque no tuvo suerte con el empleo de joven, no alcance los niveles mínimos para tener una pensión digna, o a menos, acorde con lo que ha podido aportar, de forma que pueda eliminar del cálculo los ejercicios que más le penalicen.

Son soluciones imaginativas para nuevos tiempos que, cuando menos, sirven para retirar de nuestras cabezas la espada de Damocles de que el cálculo se debe hacer cuanto antes con toda la vida laboral de cada persona, para que se reciba la pensión mínima posible. Esa solución, que es la que todo el mundo teme y muchos consideran inevitable a futuro, es la más mediocre de todas y solo se debe tomar en consideración después de estudiar alternativas más o menos intermedias que eviten el mal mayor. Hay que tener en cuenta que el sistema de pensiones no es solo un cálculo numérico para saber cuánto me toca, y ya está. Si hacemos caso a la esencia del Pacto de Toledo de 1995, alineada con los postulados básicos de convivencia de la Unión Europea, en la que se enmarca, además de la ‘maldita’ fórmula de cálculo, el modelo debe perseguir que se mantengan unas condiciones mínimas de bienestar del colectivo de jubilados… y ayudar a que se genere más empleo y mejoren las oportunidades laborales de los que están en activo y de los que, aunque hayan terminado su periodo de cotización, pueden seguir aportando al sistema.

Con un modelo más flexible e imaginativo, como el de elegir los mejores 25 años de cotización para calcular la pensión (una vez que se hayan cotizado los 38 o 40 obligatorios al sistema) abre nuevas oportunidades de actividad a un colectivo amplio que empezó a trabajar joven y que puede dedicar el final de su vida laboral a otras actividades (cotizando, aunque sea menos) y liberar puestos de trabajo para gente más joven. Una medida así no sería incompatible con dar la opción, a quien haya tenido menos suerte con el empleo a lo largo de su vida, de eliminar del cálculo los peores años. Pensemos, por ejemplo, en la proliferación de emprendedores y de gente que trabaja desde su casa o por su cuenta en el sector servicios. Suelen tener bajas cotizaciones en los años en los que no les va bien, y mejorar con el tiempo. Y ni que decir tiene que sería bueno para quienes están inmersos en la espiral de precariedad que domina algunos sectores, con contratos encadenados y vergonzosos de una semana o de días.

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