Martes, 10.12.2019 - 09:06 h
Marca de agua

Artículo 53, el arma secreta de los socialistas para gobernar Navarra

El último barómetro de Tezanos, antes conocido como CIS, encerraba propósitos más ocultos y menos confesables que los comentados en el jolgorio mediático que siguió a su publicación. La mayoría de las críticas lo describieron como un traje hecho a medida de Pedro Sánchez y de su deseo de gobernar en solitario con el apoyo bajo demanda de Podemos y de los “nacionalistas no independentistas”, categoría política esta última que Moncloa ha puesto en circulación con desahogo de teletienda.

Y ciertamente ese fue el encargo que recibió Tezanos, el de vestir el muñeco de los pactos, pero le salió un terno de mercadillo con las costuras al aire que dejaba desnudo al rey y revelaba la preferencia de la opinión socialista por una coalición PSOE-Podemos, de forma que hubo de aplicar un remiendo de urgencia para calmar la ira monclovita. Lo que no calmó fue el pitorreo inextinguible de los periodistas.

Pero el barómetro encerraba en el forro otros pespuntes truculentos. En realidad, no iba dirigido a maquear la percha de Pedro Sánchez, sino a catequizar a la militancia socialista. Porque, según parece, nadie en el PSOE recuerda, y menos aún su secretario general, que la última palabra sobre pactos la tienen los militantes. Es decir, que en Navarra, pongamos por caso y como ejemplo que concentra todas las miradas, ya podrán decir misa cantada y a dúo Carmen Calvo y Ábalos, que será la militancia quien decida si gobierna su partido con la abstención de Bildu o si acepta el cambio de cromos con UPN para que gobierne Javier Esparza. Y en Ferraz se temen lo peor de unos militantes que en la noche electoral coreaban a pleno pulmón "No es no" a Suma Navarra con el rencor acumulado de 12 años de espera y por haberle regalado en 2007 el gobierno foral. Es el inconveniente de empoderar a la militancia, que puede salir respondona.

De hecho, esta novedad de que sean las bases las que refrenden los pactos fue introducida en un rapto de agradecimiento por Pedro Sánchez en 2017, cuando impuso una reforma de los estatutos federales para vengarse de los barones y blindarse frente a conspiraciones y asechanzas jurídicas. Dando voto al afiliado y despojando de poder a los dirigentes territoriales, el renacido Sánchez se aseguró un liderazgo cesarista, sin adversarios que le pudieran inquietar (¿Alguien sabe algo de La Sultana?). Así, introdujo el artículo 53.2 en los estatutos federales, que dice textualmente: "Será obligatoria la consulta a la militancia, al nivel territorial que corresponda, sobre los acuerdos de Gobierno en los que sea parte el PSOE o sobre el sentido del voto en sesiones de investidura que supongan facilitar el gobierno a otro partido político".

No convendría, por tanto, menospreciar la opinión de unos militantes que se han venido arriba desde que derrotaran contra todo pronóstico al oficialismo y sus vacas sagradas. El afiliado socialista está hoy muy movilizado y es consciente de que posee una inédita capacidad de decisión en asuntos capitales del partido, desde elegir al candidato local hasta validar el pacto de gobierno al que pueda llegar Sánchez para los próximos cuatro años. Por eso resulta enternecedora la esperanza que albergan amplios sectores económicos sobre un entendimiento en el último minuto de PSOE y Ciudadanos, como si no resonaran aun aquellos gritos de la noche electoral "Con Rivera no, con Rivera no", apostillados por Sánchez con un "Está claro, compañeros". Los militantes socialistas dejaron claro entonces y lo dejaron después a Tezanos que su deseo es un Gobierno con Pablo Iglesias. ¿Se atreverá el Renacido a contrariarles? Por mucho que ahora se haga el remolón, sabe perfectamente que no le queda otra con darle oxígeno al demediado líder afincado en Galapagar.

La misma incertidumbre se replicará en otros ámbitos, empezando por el mencionado de Navarra, donde Chivite utilizará a los afiliados para sus propósitos frente a un sector de Ferraz y de la misma Moncloa. Y algo parecido sucederá en ayuntamientos de diferente relevancia, donde el juego de la combinaciones obligue a piruetas y contorsiones ideológicas.

Por lo demás, el último barómetro de Tezanos coló de forma subliminal dos mensajes de malévola intención. El primero, contra Rivera, al asegurar que el 80 por ciento de los militantes de Ciudadanos era decidido partidario de pactar con el PSOE y no con el PP. Toma sondeo, Albert: el afiliado liberal se confiesa añorante de su infancia socialdemócrata. Como análisis sociológico será una milonga, pero como insidia política no tiene precio.

El segundo recado que el sociólogo adicto vistió con retales de barómetro fue identificar al PNV como "partido nacionalista no independentista" (¿Alguien del CIS se ha leído el ideario programático de los herederos de Sabio Arana?), de modo que así se blanquea la alianza de Sánchez con el PNV, como si éste no compartiera con ERC numerosos principios soberanistas, empezando por el referéndum de independencia. Se ve que Teszanos, en calidad de afiliado del PSOE, ya ha empezado a votar los pactos por anticipado.

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