Jueves, 18.07.2019 - 11:36 h
En mi molesta opinión
Analista político

Brexit: Nunca pertenecería a un club que aceptase a gente como yo

Hay cuestiones políticas que no son fáciles de entender, pero aún son más difíciles de comprender. Por ejemplo, el Brexit. Los europeos nos hemos quedado con la copla de que los británicos se equivocaron con su decisión de abandonar la Unión Europea. Y puede que sea así en algunos aspectos. Pero tengo mis dudas de que el todo poderoso Reino Unido quede mal parado en esta singular e histórica negociación con su ex socios europeos. Nos dicen que ellos salen perdiendo y nosotros, los de la UE, mucho menos; pero una cosa es lo que nos cuentan los políticos y otra la cruda realidad.

Los british son por naturaleza excéntricos y particulares, como casi todos los isleños que han tenido y mantienen un gran poderío económico y colonial. Además, presumen de una historia gloriosa de conquistas e influencias que no van a perder ahora por mucho “divorcio” que tengan que afrontar. Es cierto que entre los políticos de la isla hay una gran división y múltiples dimisiones -en la mayoría de los casos por intereses partidistas-, pero hay que leer la letra pequeña del posible acuerdo para saber cómo quedan realmente las cosas.

La relación de más de 40 años entre el Reino Unido y la UE ha sido tormentosa; los británicos eran unos socios privilegiados que hacían y deshacían a su antojo dentro de la Unión. Una realidad que ha hecho más incomprensible el brexit. Si perteneces a un club que te deja hacer lo que da la gana, ¿por qué abandonarlo?

Pero no, los súbditos de su majestad son muy suyos y prefieren la aventura en solitario antes que mantener ciertos privilegios formando parte de un grupo de mercaderes. Su actitud recuerda mucho a la celebre frase de Groucho Marx: "Nunca podría pertenecer a un club que aceptase a gente como yo". Y la realidad lo ha demostrado. Ahora bien, la separación puede ser tan tormentosa y larga como la relación mantenida durante estas cuatro décadas.

Muchos analistas de Bruselas ven en este primer acuerdo cerrado el miércoles una complejidad que puede forzar la situación de que Europa se vea en la necesidad de darle al Reino Unido un estatuto de privilegio superior al que tiene cualquier otro socio de la UE. A cambio May reconoce una factura de 40.000 millones de libras, una serie de pagos que tendrán que realizar durante al menos una década, el compromiso de respetar los derechos de los ciudadanos, y un plan especial para evitar una frontera dura en Irlanda.

Tanto el negociador jefe europeo, Michael Barnier, como Theresa May, han regresado a sus "madrigueras" con el mensaje de que esto, el acuerdo logrado, es lo mejor para todos, y que si alguien lo pone en duda “deberá asumir sus responsabilidades”. Que es lo mismo que decir que quien ose cuestionarlo deberá mejorarlo, proponiendo ideas y soluciones mejores, y no sólo críticas.

May no lo tiene fácil. Debe convencer a su propio partido para conseguir los mayores apoyos y evitar una especie de moción de censura interna. Si la primera ministra no logra sumar 158 votos (la mitad de los 316 diputados tories) se vería abocada a un proceso de primarias, y si lo perdiera se complicaría mucho su proyecto y paralizaría la negociación del Brexit. Además de sortear las dificultades en “su casa”, también tiene la necesidad de conseguir el apoyo de la mayoría del Parlamento. De momento, May ha anunciado que resistirá y no convocará elecciones, a pesar de las presiones y las múltiples dimisiones en su Ejecutivo.

Por lo que se refiere a la otra parte, el acuerdo presentado por Barnier cuenta con el apoyo de Alemania y los países de Europa del Este y central, que defienden mantener una relación lo más fluida posible con el que ha sido hasta ahora su socio europeo de referencia. No sucede lo mismo con otras naciones como España, Francia o Países Bajos, que se muestran reticentes al acuerdo a medida que se van conociendo las condiciones de la relación futura con Londres, principalmente las que garantizan la libre circulación de mercancías entre las dos irlandas, la república independiente y la provincia británica. Sin embargo, Barnier insistió el jueves en que la unión aduanera no permitirá al Reino Unido seguir en el mercado único europeo, por lo que sus privilegios serían muy limitados. Pero a la postre tendrá privilegios.

Desde el otro lado del canal de La Mancha, y según palabras de la propia Theresa May, el pacto respeta a rajatabla las principales exigencias del Brexit: "Vamos a recuperar el control de las fronteras y a acabar con la libertad de movimientos, vamos a controlar nuestro dinero y decidir dónde lo invertimos, vamos a controlar nuestras leyes y a salir del Tribunal de Justicia Europeo. Y vamos a salir también de la política agraria y de pesca, y garantizar al mismo tiempo la seguridad y la integridad del Reino Unido". Todo esto suena a música celestial para un amante del Brexit, e incluso suena bien para los partidarios de la UE, ya que en los últimos tiempos Europa ha entrado en una crisis de confianza y valores que cuestiona su presente y su futuro.

Dicho esto, la partida de la negociación sobre Brexit sigue. Ahora tendrán que ser los 27 Gobiernos miembros de la UE los que revisen los casi 600 folios del pacto de salida del Reino Unido, y tienen para ello unos escasos diez días. Según palabras del presidente del Consejo Europeo y firme partidario del acuerdo, Donald Tusk, "si no ocurre nada extraordinario" se celebrará el 25 de noviembre un Consejo Europeo para finalizar y formalizar el acuerdo del Brexit.

Tengo mis dudas de que este peculiar “cuento" que afecta a tantos intereses sociales y económicos y a tantos millones de ciudadanos tenga un final rápido y feliz. Para empezar, España debe atar muy en corto todo lo concerniente a Gibraltar, y hacer valer de nuevo sus prerrogativas y derechos históricos sobre el Peñón, que por el bien de la UE los ha “congelado” durante todos estos años. Habrá que hablar de la co-soberanía de Gibraltar y, por supuesto, del uso compartido del aeropuerto.

Junto a los múltiples intereses de España, que no se circunscriben sólo al Peñón, están el resto de voces europeas, que no son pocas, y que ya han puesto en duda los contenidos de este histórico acuerdo, principalmente, la oferta de mantener una unión aduanera con Reino Unido. Quizá, como en todo divorcio, ninguna de las dos partes gane; pero me juego un gin-tónic, de esos que se tomaba la Reina Madre, a que en esta ocasión, por mucho que vociferen los enemigos de May, los hijos de la Gran Bretaña tampoco pierden.

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