Sábado, 19.10.2019 - 21:41 h
En mi molesta opinión
Analista político

Cinco consideraciones (breves) sobre un futuro político diabólico

Teniendo claro que vamos a pasar por unas nuevas elecciones generales el próximo 10 de noviembre, la primera consideración que surge es esta: España votó mal el 28 de abril. Pero cómo es posible que los españoles seamos tan torpes y no acertemos ni a la hora de elegir a nuestros representantes, pensarán muchos. Acaso no sabemos velar por nuestros intereses. Nos dicen que el pueblo es soberano. La verdad es que suena bien y, en teoría, lo es; pero viendo cómo funciona el sistema en manos de estos políticos y el caso que hacen ellos a los resultados electorales, parece más bien el timo de la estampita, versión papeleta.

La realidad es bien distinta. Son ellos, los representantes del pueblo, los que tienen el verdadero poder, la sartén por el mango. A nosotros nos piden la autorización -que se recicla en una urna- para luego ellos hacer y deshacer a su antojo con nuestro supuesto permiso. Y si algo sale mal, ¡ah!, se siente, la culpa no es de ellos, es nuestra por no haber votado correctamente. ¿Ha oído usted a algún político pedir estos días disculpas por obligarnos a esta repetición electoral? Yo tampoco.

Segunda consideración. El último Estudio Europeo de Valores de la Fundación BBVA, dice que el 82% de los españoles cree que los políticos solo miran por sus propios intereses. Dicho en román paladino, los políticos van a lo suyo, y lo nuestro, lo del pueblo soberano, puede esperar o puede quedar olvidado, que es lo que sucede habitualmente. Desde hace algún tiempo, el orden de prioridades de nuestros políticos es el siguiente: primero, el líder y sus intereses; después, los de su partido; y en tercer lugar, muy en tercer lugar, los de España y los españoles.

Sin embargo, este mismo informe de Valores señala que estos ciudadanos desafectos con sus representantes no cuestionan las instituciones democráticas, solo ponen en duda el valor de sus élites políticas. Bueno, no está todo perdido, aunque decepcionados seguimos siendo grandes demócratas. Si esta encuesta se repitiera hoy el número de indignados sería aún mayor. Sobre todo porque los partidos han dado claras muestras de una grave indolencia ante los serios problemas que tiene la nación. Y con su incompetencia manifiesta incrementan la gravedad de esos problemas, y ellos se convierten en otro gran problema.

Tercera consideración. ¿Cómo se tomarán los votantes de izquierda las nuevas elecciones? ¿Caerán en la razonable tentación de abstenerse? Ambas cuestiones atormentan a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias. Pero llega la hora de la verdad, la hora de los culpables. Sobre todo de atribuir el fracaso al rival más directo. Al presidente en funciones le cae la mayor dosis de responsabilidad, según todos los partidos menos uno, aunque él se haga el ofendido y pretenda que sus antagonistas -la derecha- le saque las castañas del fuego por su cara bonita. Esta campaña, que será más cruenta que las anteriores, puede convertirse en un zafarrancho general contra Sánchez y su incompetencia para alcanzar acuerdos. Más que recurrir al arte de la negociación, el candidato no investido ha reeditado en estos cinco meses su versión socialista del arte de la guerra. Sin olvidar la máxima de que la primera víctima de la guerra siempre es la verdad.

En defensa de Sánchez y de sus sueños nocturnos acude la sinrazón de los hechos: es menos malo unas nuevas elecciones que un Gobierno de coalición con Unidas Podemos. Aunque luego nadie entienda porque ha estado tanto tiempo "negociando" con ellos. Mentía entonces o miente ahora. Por su parte, la derecha huele que hay una segunda oportunidad. Su electorado está más motivado que el de izquierdas y desalojar a Sánchez supone un verdadero aliciente. El gran problema vuelve a ser el voto fraccionado en tres, que tanto penaliza el sistema D’Hondt.

Cuarta consideración. Por si fuera poca cosa el "ciclón" que se avecina, los mapas del futuro predicen también una tormenta de acontecimientos nada favorables que tensionarán aún más la vida política, financiera y social del país. Los malos augurios económicos ya han hecho saltar las alarmas. A ello hay que añadirle la desafortunada coincidencia con la actuación de la Justicia en los casos de corrupción de la Púnica y los ERE; la esperada y temida sentencia del "procés" que pondrá a prueba al Estado de derecho y su resistencia a los seísmos separatistas; sin olvidar el imprevisible culebrón del Brexit, y el no menos interesante desenlace de la exhumación de los restos de Franco, que el Supremo tiene previsto dilucidar a finales de septiembre. Todo ello, más las propinas que caigan del cielo, nos lleva a una situación de grave riesgo institucional para los próximos meses.

Quinta consideración. Los datos de las encuestas de estos días bailarán mucho respecto a la realidad del 10-N porque la situación que vivimos es inaudita tirando a diabólica y puede suceder cualquier cosa, incluso que los resultados no varíen mucho respecto a los actuales, y volvamos a estar igual que ahora. Será interesante ver qué inventa entonces Sánchez para reconquistar el corazón de Iglesias, o doblar el brazo de Albert Rivera. Sin embargo, y a pesar de la escasa fiabilidad, las encuestas apuntan a una subida ligera de PSOE y de PP, y caídas no graves pero sí dolorosas de Podemos, Ciudadanos y Vox. Lo que aún no computa son los “destrozos” que puede provocar la elevada abstención que se avecina. Tan elevada y dañina que podría ser la causa de un vuelco electoral.

En este gran fracaso político que trae de la mano un nuevo quilombo electoral, muchos prefieren ver una oportunidad para resucitar una especie de bipartidismo reformado. Todo es posible en esta afligida patria. Dependerá en buena medida de si arraiga en el imaginario colectivo la idea que flota en el ambiente: los nuevos partidos no garantizan la estabilidad ni la gobernabilidad del país. La "nueva" política de Podemos y Ciudadanos que iba a traernos regeneración y frescura de momento sólo ha traído un constipado de larga duración en forma de bloqueo y un hartazgo electoral: cuatro elecciones en cuatro años. Pero la culpa no es de los políticos ¡quia! La culpa es del chachachá, o sea, nuestra, por no saber votar como sus señorías desean. A ver si aprendemos para las próximas elecciones.

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