Sábado, 15.12.2018 - 22:32 h
En mi molesta opinión
Analista político

La política española: imponer y vencer en lugar de convencer y pactar

La democracia, antes y más profundamente que un sistema de gobierno, es un sistema de valores que demanda una educación político moral. Dicho esto, que queda muy bien una vez escrito y asimilado, ¿qué hay de lo mío?, es decir, qué les pasa a los políticos españoles para transmitir a la sociedad una imagen tan desagradable y, a la vez, tan poco edificante. Dónde han ido, amor mío, esa capacidad intelectual y esa ambición de hacer de la política algo elevado, un noble servicio público, que además de resolver problemas aporte algunos valores sociales. Si seguimos escuchando en boca de algunos políticos ciertas palabras que no son más que insultos o desprecios, deberemos quizá evitar que aparezcan en televisión, al menos en horario infantil.

Nuestra democracia pasa ya de los cuarenta años, pero en ciertos aspectos no madura adecuadamente. Víctima de cierto revisionismo adanista, parece que lo alcanzado hasta ahora sirve de bien poco. Todo hay que subvertirlo. Es cierto que no hay nada que no pueda ser revisado, pero desde una nobleza de espíritu y de diálogo que nos lleve, en todo caso, a mejorar, apelando al bienestar general, y no cayendo en alguna trampa sectaria que busque primar intereses partidistas. El parlamentarismo español actual recuerda en algunos aspectos al que se practicaba en los años veinte y treinta del siglo XX. Lo triste es comprobar que cien años después no ha mejorado mucho la forma ni el fondo. Y para más inri seguimos arrastras con Franco.

La política dentro de la democracia es el arte de alcanzar acuerdos a través de la palabra para organizar mejor las sociedades humanas. Pero aquí, en esta barra brava hispana, el Congreso de sus señorías ofrece de todo menos armonía y acuerdos. No digo yo que se abracen y se besen, pero tampoco deben llegar al menosprecio con tanta evidencia y frecuencia. Ese es uno de nuestros grandes problemas nacionales, el escaso respeto a las ideas y puntos de vista del otro. La discrepancia en España ofende, en vez de enriquecer el debate, lo encona, lo acelera hacia el nerviosismo y la intransigencia. Aquí, en lugar de apelar a la dialéctica y sacar a pasear buenos argumentos para convencer, nos columpiamos en el descrédito y el insulto para imponer y vencer.

Con nuestro consentimiento de electores pasmados, todo hay que decirlo, hemos logrado que baje tanto el nivel de nuestros políticos que no será nada fácil subirlo de nuevo para recuperar cierta decencia institucional. La dejación de funciones y de deberes se paga cara. La rebeldía, que es una actitud recomendable en ocasiones, no tiene nada que ver con el matonismo verbal. Un matonismo verbal que además es jaleado por las redes sociales y bastantes medios de comunicación, que también lo provocan y practican para su beneficio industrial. La política española: imponer y vencer en lugar de convencer y pactar Ha subido tanto el tono ambiental, que ahora si no gritas nadie te oye, y no digamos escucharte.

Muchos dicen que tenemos los políticos que nos merecemos, porque los elegimos nosotros en las urnas. Es cierto aunque puede ser discutible. También es cierto que la sociedad está, en muchos aspectos, desorientada y frustrada y no sabe cuál es la dirección que debe seguir. El futuro ya no es lo que era y casi nadie intuye qué puede pasar dentro de pocos años. Pero nuestros políticos, aunque sean elegidos por electores con serios “mareos” sociales, están puestos en su cargo/carga para liderar y mejorar la vida de esa sociedad y no para hundirla un poco más en la ciénaga del descrédito.

Lo primero que hay que pedirle a un representante político, no es teatralidad ni capacidad para insultar o mentir en varios idiomas, sino un comportamiento ejemplar cuando ejerce de ciudadano o de político. Y en esto de dar buen ejemplo no andan sobrados los padres ni las madres de la patria, más bien lo contrario.

Sin embargo hay dos cosas urgentes que nos deben preocupar. La primera, que se avecina una amplia oferta electoral -ya se habla del superdomingo de mayo con cinco votaciones en el mismo día-, y aquí cuando hay comicios a la vista el “y tú más”, los insultos y las acusaciones suben de intensidad y cantidad. Sin olvidar algunas señales económicas que empiezan a preocupar. Dudo que se relajen los ánimos más allá de un fin de semana, pero se precisa un serio cambio de actitud si queremos que la democracia española no descarrile de tanto agitarla. Y lo segundo que debe preocuparnos es tener un clase política cortoplacista y muy ensimismada en sus intereses, que nunca reconoce sus errores o defectos, y que se ha acostumbrado a mentir con gran sinceridad.

En definitiva, estos políticos que pretenden pasar por buenos y considerados, que pululan por nuestras vidas dándonos más disgustos que alegrías, tienen como objetivo principal -desengáñese, no mejorarle a usted la vida- sino perpetuarse en sus bien pagados cargos: 7.500 euros al mes abonamos por escuchar las palabras edificantes que Gabriel Rufián suelta todos los miércoles en el hemiciclo de las Cortes. Algo está fallando, quizá sean ellos, los políticos.

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