Martes, 13.11.2018 - 22:15 h
Monólogos en el Shiatsu
Comunicación Corporativa

Preparado para la ación (correa de la que cuelga el estribo en las sillas de montar)

Para fortalecer el gemelo, prueba los caballos . Mi masajista deportivo o deportivo masajista, tanto monta monta tanto, me sugirió la cría caballar, un concepto redondo que para mí se reducía, hasta ese momento, a una de lata de caballa Isabel, rezumante de aceite, antecesora del atún Calvo.

Montar. Bonita palabra. Muy optimista y festiva: ¡qué bien te lo montas! Un comentario que siempre se escucha los días de comité de ventas cuando Francisco Lacaña –delegado en Andalucía - cuenta sus andanzas marbellíes. Bien es cierto que el apellido, en este caso, ayuda. Y mucho.

Busco en de internet al mismo tiempo “Un hombre llamado caballo”, “El hombre que susurraba a los caballos” y me dejo seducir por “Sillas de montar calientes –versión triple X-”. Obviamente comienzo por esta última. De todas ellas extraigo alguna conclusión interesante. Aunque sólo una de ellas hace burbujear mis endorfinas. –Ojo, ten cuidado y repara en la escena de Central Park de “La mujer de rojo”-me comenta Felipe Cantó – director de sostenibilidad y con un cabello a caballo entre el protagonista ya fallecido, Gene Wilder, y el alter ego de Tyrion Lannister en Juego de Tronos-.

Me informo a su vez de las instalaciones más recomendables para iniciarme en la equitación. Unos hablan de picaderos, como mi vecino Antonio Floro divorciado con mucha más experiencia que yo en la segunda acepción de la palabra. Otros de hípica, como García-Liondo, jefe de la asesoría jurídica y habitual de HorsePadock, un pub irlandés con la mejor Guinnes de los alrededores. Y Charly A. –responsable de almacén- que cita el término “establo” para referirse a este tipo de sitios. Su adicción al canal Penthouse, su reciente curso de inglés y la actualidad del mercado del alquiler de la vivienda deben influir, por este orden, a confundir ático con establo. Un error en el que incurren numerosas inmobiliarias.

-Montar a caballo es bueno para el equilibrio, la coordinación y la autoestima-. El “conmutativo”, por aquello de masajista es a deportivo lo mismo que deportivo es a masajista, concluye así la retahíla de bondades del deporte “centauro”. -Ninguna de las tres cosas te vendría mal-. Ya se sabe, le das el gemelo, el músculo piriforme y te toma toda la mano…

Superados los primeros miedos me indican dónde está la cabezada. –En el guadarnés, según entras, a la derecha-. Parece fácil, pero sin saber qué es el guadarnés la cosa se complica. Pregunto a un tipo de cabello revuelto, con mascarilla en la boca, botas de agua, envuelto en briznas de paja y con un cubo de latón en la mano. ¡Los tres personajes del Mago de Oz en uno! El recuerdo me hace buscar rápidamente el camino de baldosas amarillas para llegar al mágico destino. Baldosas no hay, pero sí tres grandes excrementos consecutivos de un amarillento sospechoso. Salto uno tras otro hasta llegar a una estancia repleta de diferentes artilugios de cuero, tela, piel y metal. Reconozco unos estribos –por los mocasines Castellanos que tuve en mi adolescencia y que en lugar de borlas contaban con un par de pequeños triángulos como estos-; cinco sillas –por la peli triple X-; y tres o cuatro fustas –por la vez que pillé a mi ex con su abogado, unas esposas recubiertas de pelo de conejo y un antifaz de la bolsa de aseo de la business class de Iberia-.

Encima de cada cabezada, una especie de línea perimetral de cuero con una pieza metálica que une los extremos y tres hebillas cromadas señalando las tres dimensiones espaciales –sigo siendo ingeniero-, un nombre: Robinson, Carioca, Negrito, Lucifer y Cuzco. La sola mención a mi ex y su abogado hace que elija la de Lucifer.

El “transitivo” –si león es a hombre de hojalata lo mismo que hombre de hojalata a espantapájaros, león es igual a espantapájaros-, al que llaman “mozo”, me enseña cómo colocar la silla sobre el sudadero y la distancia que ha de quedar entre el ahogadero y el cuello del equino. Sudadero y ahogadero me recuerdan la Semana Santa. Quizá por el color morado del primero y la sensación que me producía escuchar la banda de la procesión todos los Jueves Santo, el segundo. Recobro el momento presente cuando me comenta que la pieza metálica se llama bocado y los dos círculos a ambos lados, galletas. Caray, ¡se me abrió el apetito!

Mientras doy cumplida respuesta a un desayuno de media mañana – Blázquez de Marketing lo llamaría brunch- me cuestiono si montar es lo mismo que subirse encima. Encima de un ser vivo, muy vivo, de 1,80 hasta la cruz (la Semana Santa otra vez, Penélope de nuevo o la mitad del dúo humorístico… esta altura me raya). Mi reciente pasado esgrimista y esta nueva aproximación al mundo del ocio me trastorna sobremanera.

-Suba dos puntos en la ación-. ¡Va a resultar que el mozo es un bróker reciclado! He de recordar comentar con Subirats –director financiero a punto de los sesenta- el perfil del “amigo de Dorita” a la hora de la selección final. Ahora que lo pienso, ¿sería ésta la primogénita de la familia Doritos?, ¿será Matutano el auténtico mago?, ¿era el Reino de Oz o el de coz?... más que nada por la que acababa de arrear Negrito a la puerta del box. Si lo llega a escuchar Charly A. piensa que se han cepillado a Bruce Springsteen.

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