Martes, 17.07.2018 - 23:19 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Casado, las primarias y el viejo roble que reverdece

Las primarias le están sentando bien al PP, le rejuvenecen, le expían de sus muchos pecados. Estaba muerto y puede resurgir. El PP, lastrado como estaba por sus errores, caminaba noqueado hacia el precipicio de su propia desaparición. En la agonía de los últimos días del gobierno de Rajoy, el PP era un cadáver sin enterrar, un zombi desnortado y titubeante. Pero su salida del gobierno, la prudente marcha de Rajoy y las primarias vigorosas le han concedido una segunda oportunidad. Como al viejo roble de Machado, al que todos los inviernos daban por muerto, los brotes tiernos de las primarias parecen concederle una nueva e inesperada primavera.

El PP se mereció el castigo de las encuestas. La corrupción, la gestión calamitosa del gravísimo desafío independentista, la pasividad y la anemia de un gobierno siempre ausente, lo condenaban a la desaparición. Muchos analistas le auguraban una muerte como la de aquella UCD fantasmal, quebrada y agónica. Las encuestas avalaban esta sensación de hundimiento al relegar al PP a un cuarto puesto, antesala de la irrelevancia. Pero, todo eso, quién sabe, puede cambiar ahora. Cosas de la política, cosas de la vida

Rajoy hizo bien marchándose de la presidencia del PP. Y, mejor aún, retirándose al Registro de Santa Pola, tras renunciar a las pompas y glorias del Consejo de Estado y demás canonjías senatoriales. Sale con dignidad y se le recordará con respeto. Y, en coherencia con su propia persona y con la democracia interna que ha defendido, se ha ausentado por completo del debate sucesorio. Bien, muy bien. El PP precisaba del electroshock, de la cura de choque de la democracia interna. La primarias rompen la cadena sucesoria del dedazo de la autoridad. Aznar fue designado por Fraga y Rajoy por Aznar. El próximo presidente o presidenta, afortunadamente, emergerá con la legitimidad democrática que otorgan las urnas.

No soy en la actualidad miembro del PP. Lo fui durante muchos años y valoro y respeto a sus afiliados, a sus ideas y a sus logros en nuestra democracia. He criticado lo que considero sus errores y alabado sus aciertos, que de todo hubo en la viña del señor. Conozco a la mayoría de los candidatos que se presentaron a las primarias y me parecen personas válidas y competentes. Su sola presencia enriqueció a las primarias. Ahora las urnas han hablado y sólo quedan dos aspirantes a la presidencia, Sáenz de Santamaría y Casado. Corresponde en exclusiva a los afiliados del PP decidir a quién desean para presidirlos. ¿Quién nos da vela, entonces, en este entierro? ¿Cómo opinar del mejor candidato si no nos encontramos en el censo de los votantes? Pues porque, de manera directa, a usted y a mí nos afecta su resultado, pues el elegido puede convertirse en el próximo presidente del gobierno de España. Y con esa legitimidad nos preguntarnos, ¿por cuál de ellos nos decidiríamos?

Tras pensarlo, he decidido sincerarme. Preferiría, sin duda alguna, a Casado. ¿Por qué? Pues porque, en primer lugar, la que fuera vicepresidenta de gobierno fracasó de solemnidad con su política de acercamiento y paños templados con un independentismo catalán que se rio de ella y de todos nosotros con una desfachatez descarada y contumaz. No desearía bajo ningún concepto conceder una nueva oportunidad a esa estrategia tan estéril como contraproducente. Por otra parte, la vicepresidenta, junto a Rajoy, es la responsable de haber sustituido la política por la monotonía del articulado de la ley de procedimiento administrativo, un grave error que a punto ha estado de ocasionar la defunción de su formación política. Ahora es tiempo de política y de audacia y, probablemente, Casado milite con mayor ímpetu en esa idea renovadora. Sáenz de Santamaría desaprovechó su oportunidad, quizás Casado pueda aprovechar ahora la suya.

La lid es hermosa y ajustada. Nadie conoce su desenlace y las fuerzas se reconfiguran tras la primera vuelta. Sáenz de Santamaría vende experiencia; Casado juventud e ilusión. A la primera le siguen cargos del gobierno; al segundo, los deseosos de cambios profundos. Pero también se le unirán, a buen seguro, los enemigos de la exvicepresidenta, muchos y poderosos, por aquello de que la buena venganza se sirve en plato frío. Y es que, como bien sabemos, la política hace extraños compañeros de cama. Nadie conoce los motivos íntimos y últimos que empujarán a los votantes a depositar una papeleta u otra. Los compromisarios decidirán su voto en función de varios criterios, nobles los unos, bastardos los otros, que monta tanto como tanto monta. Por una parte – y debería ser el principal – en función del candidato que consideren más adecuado para gobernar España. Pero antes, claro está, deberá ganar las elecciones generales. Además de la razón de idoneidad, también pesarán sobre los compromisarios sus propias ambiciones personales, por aquello de la recompensa y el castigo. Al posicionarse, decide en gran parte su propio futuro. Si resulta de la candidatura ganadora, sus posibilidades de ir en las listas y en los cargos se multiplicarán frente a los que resulten perdedores, que las disminuirán en proporción. En fin, la vida. Otros muchos se verán comprometidos por su propia cercanía personal a uno u otro candidato, por lealtad o por agradecimiento a los favores recibidos. Todas estas motivaciones, tantos las espirituales como las materiales, las altruistas como las interesadas, las idealistas como las pragmáticas, determinarán la toma de decisión de cada uno de los compromisarios. Al ser el voto secreto, el suspense se mantendrá hasta el final. Los teléfonos hierven estos días veraniegos a la caza y captura de adhesiones bajo uno u otros argumentos. No parece, sin embargo, que en estos momentos preocupe demasiado el proyecto ni el programa sino más bien el humano que hay de lo mío, exigible tras cualquier apoyo político por aquello tan conocido del hoy por ti, mañana por mí.

El nuevo presidente – o presidenta – del PP, será el candidato a las próximas elecciones generales, por lo que tendrá que librar una doble batalla electoral. Contra la izquierda – dinámica tradicional y conocida – pero también contra Ciudadanos – dinámica desconocida y novedosa -, que le come votos por el centro. Los de Rivera lo han hecho muy bien y sus valientes propuestas han enriquecido al debate político nacional. Mientras el PP languidecía con sus posibilismos y retruécanos administrativos, los de Ciudadanos lanzaban ideas frescas bajo fórmulas novedosas. ¿Y quién de los dos puede frenar mejor la fuga de votos hacia Ciudadanos? Sin duda alguna, Casado, pues representa, de alguna manera, lo mismo que Rivera.

El enojoso asunto del máster no podrá con Casado, que ha hecho bien en continuar con su carrera electoral. Y ya que estamos en esto, una pequeña reflexión, pues nos ocupará en estos próximos tiempos. El principio de la presunción de inocencia – que tantos siglos nos costó conseguir – garantiza el radical derecho individual frente al poder de los poderosos de turno. Ayer reyes, generales o tribunales del pueblo, hoy coros mediáticos jaleados o seguidos por los políticos a los que benefician. Estamos acabando de facto, en estos tiempos de catarsis, con la hermosa presunción de inocencia. Basta que apuntemos a alguien y que lancemos una denuncia con medias verdades para que la jauría que conformamos lo destrocemos de por vida. Y claro, así no hay manera. ¿Presunción de inocencia? ¿A quién le interesa? Hoy te destruyen a ti y mañana a mí, sin ser conscientes de que, en verdad, nos destruimos como sociedad entera. Hay que acabar con esa dinámica suicida de la presunción de culpabilidad. No debería bastar una denuncia, ni siquiera una imputación, para eliminar a una persona de la cosa pública, hundir su carrera, arruinar su vida, triturar su imagen y su honor. Una persona debe ser considerada inocente mientras que su culpabilidad no se demuestre. Casado ha hecho bien manteniéndose firme tras las acusaciones que ha sufrido. Y bien seguro debe estar de lo correcto de sus estudios cuando se ha colocado como diana voluntaria para sus rivales, tanto externos como internos, que ya sabemos que no hay nada peor que la madera del propio cuño. Ladran, luego cabalgamos, piensan las personas que labran su liderazgo entre la incomprensión de su entorno. Si Casado supera esta prueba saldrá reforzado por la forja sabia y necesaria del sufrimiento. Y mientras lo hace se cultiva, como he podido ser testigo en varias presentaciones de libros.

Muchos son los retos que deberá abordar la nueva dirección del PP. Ojalá sus compromisarios acierten con la persona que los dirigirá en breve. Los dos son grandes candidatos, que gane el mejor. Y, por las razones expuestas, a mi parecer, ese mejor presidente sería Casado. Ya veremos lo que ocurre, la bellísima democracia interna tiene la palabra.

Casado, las primarias y el viejo roble que reverdece

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