Lunes, 30.03.2020 - 00:34 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

El bosque avanza. Ni lobos ni osos son nuestros enemigos

Los campos y los pueblos – para lo bueno y lo malo – se abandonan. El bosque crece y donde antes - con sudor y poco rendimiento - se cultivaban barbechos, se extiende ahora la mancha de monte joven, de robles y de chaparros. Vemos como los árboles comienzan a conquistar las antiguas praderas y los extensos pastos destinados al pastoreo, hoy en decadencia. España se está convirtiendo en un extenso bosque, haciendo bueno aquel mito achacado a Estrabón que afirmaba que, hace 2.000 años, una ardilla podía atravesar Hispania de norte a sur sin tener que bajarse nunca de las ramas de los árboles. Y el avance del manto verde que va cubriendo nuestra superficie es visible desde el tren, desde la carretera. Para comprobarlo no tendrá que adentrarse en sierras ásperas ni solitarias. Bastará con que preste un poco de atención en sus viajes veraniegos para comprobar como el monte joven conquista páramos, yermos, barbechos y praderas. Quién nos lo iba a decir. Toda la vida escuchando aquello de que nos quedábamos sin bosques para descubrir, a estas alturas, que alcanzamos superficies récord y que tendríamos que retroceder siglos para encontrar una superficie forestal similar a la actual. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, que cantaría el gran Rubén Blades. Hoy, atención, España, con sus 18 millones de hectáreas de bosques es el segundo país en superficie boscosa de Europa, tan sólo superado por Suecia. Y seguimos aumentándola…

La España vacía, que supone un drama antropológico, cultural y patrimonial, representa, sin embargo, una auténtica bendición ecológica. El hombre retrocede, el lobo avanza, podríamos titular la crónica de este giro inesperado de la historia. ¿Es esto bueno? ¿Es malo? En todo caso es el signo de unos tiempos, que, a día de hoy, parece que no van a cambiar. Tendremos más bosques, lo que, mirémoslo como lo miremos, es una buena noticia, en estos tiempos de zozobras climáticas y crisis medioambientales.

Comenzamos a talar y quemar bosques desde el neolítico, para favorecer a la agricultura y la ganadería. Las grandes praderas de las montañas son, en gran medida, paisaje producidos en la prehistoria. La agricultura de subsistencia ya murió y hoy sólo se cultiva en los terrenos suficientemente fértiles o con agua o tecnología suficiente. Las grandes zonas agrarias, donde de verdad es rentable la agricultura, no se ven afectadas por este fenómeno reforestación, sino tan sólo lo sufren las zonas marginales de baja productividad. Debemos, pues, gestionar la nueva realidad. Ayudar en lo posible – servicios públicos, comunicaciones, impuestos – a los habitantes de las zonas despobladas, pero, lo más importantes, cuidémosla para que se conviertan en bosques sanos, llenos de vida, que también puedan producir empleo y riqueza, pero de otra forma sostenible, y algo distinta a la tradicional. La sociedad urbana, que manda con sus votos, desea naturaleza y la sensibilidad medioambiental avanza día a día. Nuevos oficios vinculados con el turismo, la conservación y la ecología aparecerán en sustitución del ordeño, la labranza o la siega. Y, ¿cuál cree que resultarán más atractivos y rentables para los jóvenes de hoy?

¿Y los usos tradicionales de pastoreo? Aunque insignificantes en el balance nacional, para la economía rural sí que tiene, aún, una gran importancia, por lo que debemos ser respetuosos y comprensivos con sus problemas, algunos de los cuales se los proporcionan las poblaciones crecientes – bendita sea – de osos y lobos. Veamos algunos ejemplos. Leemos que la osa Clavelina, soltada de forma unilateral por Francia en la región del Bearne, en los Pirineos Atlánticos, ha concedido una tregua a los rebaños de ovejas navarras que pastaban en los prados altos de las selvas de Irati. Sus últimos ataques tuvieron lugar en mayo y, desde entonces, parece que por haber encontrado otra fuente de alimento. Bien sea por eso o por alguna de las medidas preventivas adoptadas, el caso es que la plantígrada ha dejado en paz a borregas y cabritos. Los ganaderos no se terminan de fiar y piden que se retorne la osa a Eslovenia, de donde, al parecer, procede. Francia no se da por aludida, ya que la osa cruza de un lado a otro de la frontera tan ricamente, poco preocupada por papeles y requisitos burocráticos. La suelta unilateral a punto estuvo de costar un incidente diplomático entre los dos países vecinos, ahora ya enfriado.

Recientemente visité Tella, el pueblo de las ermitas, los dólmenes y las brujas, situado en el alto Sobrarbe aragonés, en las puertas mismas del soberbio Parque Nacional de Ordesa. El oso Goliath, también procedente de Francia, acababa de matar a dos terneros. Fuimos testigos de la ira de

un lugareño contra el animal. El oso regresa a los Pirineos y parece que logrará repoblarlo por completo, favorecido por el abandono de los campos, de los pastos y el avance del bosque. El pastoreo retrocede, pero no por culpa del oso ni del lobo, sino más bien porque la actividad ya no es rentable o porque no se encuentran pastores. Tampoco las enrevesadas exigencias administrativas y sanitarias de la PAC ayudan al mantenimiento de pastoreo extensivo y trashumante. Sea por lo que fuere, el caso es que cada año suben menos cabezas de ganado a los pastos de altura. Y como muestra, Ordesa. Nos cuentan que el quiñón central del parque, hace apenas dos décadas subían más de 30.000 cabezas de ganado, ahora apenas si llegan a 5.000 y bajando. Los ganaderos son ya ancianos y no parece que los jóvenes estén por la dura tarea de seguir a sus ovejas ladera arriba, en soledad, aislamiento y sin cobertura para los smartphones.

Las poblaciones de oso cantábrico están en expansión, repoblando nuevas sierras y bosques. No parecen causar tanto revuelo como los pocos osos del Pirineo, quizás porque los habitantes de los valles altos de Asturias, Cantabria, Palencia y León ya aprendieran a convivir con ellos. En algunos pueblos, como los del Parque de Muniellos, aparecen empresas de ecoturismo que, con extremo respeto, permiten el avistamiento de las familias de osos en libertad. El oso deja de considerarse como merma y riesgo para las haciendas locales para convertirse en fuente de riqueza y empleo más cualificado. ¿Qué retendrá más jóvenes en el pueblo? ¿La tarea de pastorear ovejas o la de guía de ecoturismo para observación de fauna salvaje? No tenemos dudas al respecto, ¿verdad?

El lobo ya cruzó la línea del Duero hace años y ahora son frecuentes en Madrid, Segovia, el norte del Sistema Ibérico y también está ya presente en Aragón. Las familias de lobos de Sierra Morena – siempre quedó alguna – también aumentan. Al ritmo de su expansión, el lobo pronto recuperará el territorio que aún ocupaba a principios del XX, la práctica totalidad de la Península Ibérica.

Ni el oso ni el lobo son nuestros enemigos. Al contrario, son muestras de salud medioambiental y una auténtica joya de nuestra biodiversidad. Cuidémoslos, al tiempo que ayudamos a los ganaderos esforzados que aún mantienen sus ganados menguantes en las soledades de los montes y sierras. Podemos gestionar y conseguir un equilibrio

razonable entre ambos intereses encontrados. Porque se trata de que no desaparezcan ni el oso, ni el lobo, ni las ovejas ni el pastor. ¿Cómo conseguirlo? Pues con una adecuada gestión, que bien podemos lograr. Y ojalá que, que tras el éxito del lobo y del oso, venga el de otras especies amenazadas, entre otras, como la del lince, el quebrantahuesos, el águila imperial o la foca monje, hermanas de la mejor España – próspera y natural - que entre todos debemos conseguir.

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