Lunes, 16.09.2019 - 19:33 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Editar libros en papel tiene futuro... y puede convivir con lo digital

La economía digital llegó como un vértigo para cambiarlo todo, formas de trabajo, sistemas de organización, modelos de negocio, fórmulas de comunicación, maneras de relacionarnos. Ningún sector, empleo, empresa o administración quedó inmune frente al ansia transformadora de los algoritmos asombrosos. Desde entonces, lo tenemos claro: o cambiamos a su son o languideceremos en el muelle quedo de la melancolía. Así es, y así, quién más quién menos, lo hemos experimentado ya en nuestras propias carnes. Y de todo hay en la viña del señor, porque a unos ayuda mientras que a otros hunde. Empresas que prosperan inesperada y súbitamente frente a empresas que mueren inevitablemente; empresas que adaptan sus formas, sus productos y sus servicios a los nuevos requerimientos digitales frente a las que incapaces de adaptarse, agonizan día a día. Sectores enteros quedaron ya por siempre en el olvido, que así de inmisericorde con el inmovilismo se muestra la bestia digital que nos sacude desde las mismas raíces de nuestra sociedad. Todo cambia porque, sobre todo, la revolución digital modifica nuestras mentes, nuestras maneras de consumir y de relacionarnos y, en consecuencia, a la sociedad entera.

Y, ante este torbellino, es lógico que nos preguntemos: ¿me arrastrará a mí también?, ¿perderé el empleo?, ¿tendré que cerrar mi empresa? Preguntas importantes de compleja y variada respuesta que cada uno de nosotros debe hacerse en su soledad responsable y reflexiva.

Cada sector es un mundo, y no todos quedarán afectados por la digitalización de igual manera. Pero seguro que existen leyes generales que afectan a todos. Por eso, analizando uno, quizás podamos aprender de su experiencia los demás. Y, en estas líneas, expondremos sucintamente la situación de las empresas editoriales de libros, que, en teoría, según afirman muchos, estarían condenadas a desaparecer. ¿Por qué? Pues porque al considerarla como una mera intermediadora entre el escritor y el lector, perdería todo el sentido desde el momento que el escritor pueda hacerlo directamente a través, por ejemplo, de Amazon. Si es así… ¿Qué futuro tendría una editorial, empresa costosa y de muy poco margen?

En efecto, las plataformas digitales, sobre todo Amazon, ofrecen la posibilidad a cualquier escritor de publicar automática e inmediatamente su obra. De manera gratuita puede distribuirla como libro electrónico, cobrar por las ventas que se produzcan y tener una permanente información sobre los ejemplares vendidos. También, si lo desea, puede ofrecer su libro en papel, mediante la conocida técnica POD o impresión bajo demanda, por la que una red de imprentas digitales puede servir los libros pedidos a partir de un solo ejemplar. Hasta aquí, perfecto. Es un buen servicio, y miles, decenas de miles de escritores lo usan. La mayoría vende muy poco, pero algunos logran tener éxito, adquirir nombre y, en algunos casos, pasar a ser editados por las grandes editoriales convencionales. Una buena idea, sin duda, pero que no acabará con el núcleo de valor de la editorial que conocemos.

Quien piensa que los editores van a desaparecer es que no conoce la verdadera función editorial. Ni el editor es un simple intermediario ni su único valor es poner la obra de un autor en el mercado de los libros. Esa visión simplista, versión edulcorada del retrato de parásito que chupa la sangre de los pobres creadores, propia de los clichés del XIX, sólo puede creérsela quién no conozca la tarea del editor. Vayamos por partes. En primer lugar, la tarea del editor no es pasiva, sino activa. Esto es, no se limita a llevar hasta el lector cualquier obra que se le presente. Tiene un primer deber, fundamental, de selección, de escoger lo que considere de mayor calidad o que mejor encaje en sus requerimientos y prioridades editoriales. Un editor es, sobre todo, su catálogo, ante el que responde ante el lector, que buscará en cada sello una garantía de calidad. El sello editorial, en principio, es un marchamo de excelencia, pues significa que un editor invierte tiempo y dinero en la obra editada.

En el ciberespacio se confunde una auténtica nube de libros ofertados, de temáticas, calidades muy diversas, entre lo que convivirá lo malo con lo bueno. Ese enjambre de títulos entrópicos confunde al posible comprador y lector que, salvo que disponga de una referencia, no sabrá cuál comprar. Y, aunque es cierto que el milagro del boca a boca llevará al éxito a algunos títulos, la inmensa mayoría permanecerán en el purgatorio del olvido. Ante eso, un sello editorial supone un criterio de selección, de garantía de calidad. Algún escritor ya dijo aquello tan afortunado de que el talento del escritor se manifestaba en el libro que escribía y el del editor en el catálogo que conformaba. Esa diferenciación por calidad, por marca, por confianza, es uno de las primeras lecciones que podemos aprender.

Pero la función activa del editor va mucho más allá de la función esencial de selección. También plantea temas y busca al autor más adecuado para desarrollarlo. Es un buscador activo, como decíamos. Intuye temas, asuntos todavía no desarrollados y selecciona al autor más adecuado para escribir el libro. Por tanto, es capaz de diseñar – llamémoslo así – nuevo producto. Cada libro es diferente y el que más valor aporta a una sociedad en un momento determinado es el que tendrá éxito en ventas y resonancia. Esa creación de producto de valor no se puede obtener tan fácilmente en la red, ubicua en productos estándar, poco diferenciados.

Además de esta función propositiva, el editor desarrolla una compleja tarea de distribución, de promoción, de apoyo a presentaciones, de ferias del libro y un largo etcétera que, aún siendo importantes, podrían de alguna manera ser automatizada por algoritmos. Por tanto, dos son las características que hacen que la tarea del editor continúe siendo imprescindible, por el criterio de selección y calidad de su catálogo; y por el talento para encontrar temas y a los autores adecuados. Pregúntese: ¿Cuáles son los factores diferenciales en su negocio? Si no existen, preocúpese, porque la máquina podrá sustituirle con facilidad.

El factor humano también es muy importante. En muchos casos entre editores y autores se establece una estrecha relación personal. El editor ayuda y anima al autor durante su proceso creativo. También, en otras muchas ocasiones, le inspira, le plantea temas o enfoques, cuando no, como vimos, le encarga directamente un libro. Esa relación humana, ese contacto de confianza y apoyo psicológico y fecundador no podrá – por mucho tiempo todavía - proporcionarlo la máquina.

Los factores que permitirán subsistir al sector editorial no son tanto los de producto – el libro digital convivirá con el de papel – sino de diferenciación, talento y relación humana. En efecto, el libro de papel convivirá con el digital porque, sobre todo, proporcionan experiencias de lecturas diferentes. El digital pesa menos, tiene una capacidad enorme de almacenamiento, posee luz propia y apoyos diversos a la lectura y su tamaño de letra se pude regular a las necesidades o gustos del lector. Hasta ahí, las ventajas. Pero también hace más fría su lectura y más difícil la concentración ante la pantalla. Por eso, paradójicamente, los jóvenes prefieren el papel mientras que son los mayores quiénes más uso hacen el ebook.

La lectura digital y sobre papel son experiencias distintas, no sólo por lo sensorial – el tacto, el olor, el colorido – sino, sobre todo, por lo cognitivo. La concentración sobre un texto en pantalla es más costosa que sobre papel, como demuestran diversos estudios publicados. La música digital proporciona la misma experiencia que la tradicional – sobre todo de CD y de casetes – por lo que pudo ser sustituida con facilidad. Muchos, pensaron que lo mismo ocurriría con el libro digital con respecto al de papel. Sin embargo, la sustitución anunciada no se ha producido por la sencilla razón de que la experiencia de lectura no es idéntica. En la actualidad, quince años después de la irrupción del ebook, los libros de papel siguen siendo los preferidos por los lectores por abrumadora mayoría. En el futuro, no lo sabemos, pero, hoy por hoy así es y nada parece anunciar que a corto plazo se invierta esa proporción. Por tanto, pantallas y papel convivirán en el futuro sin que ninguno se esfuerce para matar al otro, ya que hay sitio, argumentos y razones para los dos soportes. Al editor, que sobre todo es un gestor de contenidos, en principio le daría igual el cómo comercializar y hacer llegar al lector sus textos, tanto en digital como en papel, aunque, en su inmensa mayoría, prefiere el papel por cuestiones de romanticismo, identidad, exclusividad y apoyo a unos libreros con los que mantiene una estrecha y simbiótica relación. Pero para los efectos de este artículo, tan editor es el que distribuye sus textos a través de ebooks como el que lo hace por el canal tradicional de papel. Otra cosa es el enorme pirateo que se produce sobre los textos digitales y que perjudican gravemente a editores y escritores, que castiga a la opción digital.

Internet aporta transparencia –se puede comparar los precios de distintos proveedores– y accesibilidad, puesto que se pueden llegar a todos los proveedores a un golpe de click. A igual de calidad, el cliente siempre optará por la opción más económica. Pero, como cada libro es diferente, esta dinámica no funciona de manera tan simple en el libro, donde el lector busca un título o un autor en concreto.

Podríamos seguir, pero no pretendíamos realizar una radiografía del sector editorial, sino simplemente exponer alguna de las razones por las que –a pesar de los muchos profetas de la catástrofe– los editores tenemos futuro en el nuevo y exigente mundo digital. Cada sector tendrá sus propias características, bueno será que las analice y las ponga en valor porque en la inteligencia de su adaptación a la sociedad digital radicará la clave de su futuro.

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