Lunes, 30.03.2020 - 22:20 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Esto es como el Titanic, la orquesta toca mientras nos hundimos

Dow Jones está asustado. La inversión de la curva de tipos -contra toda lógica, la rentabilidad del bono a corto supera a la del largo plazo– anticipan, al parecer, la próxima recesión por venir. El ambiente está agitado, denso, temeroso. Algunos analistas consideran que el marrón de la deuda corporativa norteamericana, inflada y de mala calidad, es aún peor que el inmobiliario que reventara en 2007. Podría explotar en cualquier momento y tendríamos repetición de la fúnebre jugada de 2008, bancos en quiebra y pánico financiero, pero con la diferencia de que los estados y los bancos centrales tienen agotado ahora el cargador de munición contracíclica. En Europa, los inversores corren a refugiarse en el Bund alemán, que se sitúa en terreno negativo. O sea, que pierden dinero por comprar deuda, en vez de esperar los lógicos intereses por ella. El mundo al revés, vamos. Muy inseguras deben de ver el resto de las inversiones prefieren perder dinero en la deuda alemana antes que embarcarse en cualquier otra aventura.

La economía lanza cada día nuevas señales de alarma que todos, salvo nuestro teatral gobierno, parecemos leer y temer. Sánchez, Calviño y compañía, en su continuo ejercicio de autobombo se jactan en público de las bondades de la economía española, sin ser conscientes de que la erosionan un poco más con cada nueva medida que anuncian y aprueban. Ninguna de las normas aprobadas ha tenido como fin el favorecer la actividad económica o la creación de empleo, sino que, al contrario, han contribuido a cargar con más impuestos, cotizaciones, responsabilidades, trabas y enredos burocráticos a unas empresas que todavía sufren los rigores de una crisis que se alarga en forma de deudas e incertidumbres. Y como gracieta electoral, como remate disparatado de unos meses disparatados, se han lanzado a la fiesta y al frenesí inconsciente de los viernes sociales, que han disparado el gasto sin tener garantizados los ingresos que los cubrieran. Pese a ello, el gobierno, con Sánchez a la cabeza, están tranquilos y aparentemente orgullosos de unas medidas que muchos consideramos como simples desatinos que pagaremos bien caros. Algo parecido, en suma, al capitán del Titanic que animaba a la orquesta a divertir el baile, mientras que el barco enfilaba su tumba de hielo.

Italia ya está en recesión, Alemania y Francia pueden sumergirse en ella. Europa es el principal destino de nuestras exportaciones, que ya sufren por ello. El sector exterior, que fue el bendito trampolín que nos permitió salir del profundo agujero en el que nos metimos tras las crisis, da señales de agotamiento y resta décimas al crecimiento del PIB en vez de aportarlas como hasta ahora. A pesar de esta preocupante tendencia, nuestro presidente se jacta de nuestro sólido crecimiento, muy superior al resto de los grandes países europeos. No se trata más que de la soberbia del necio, como aquella que llevó a principios de 2007 al insensato de Zapatero a vanagloriarse de que en 2010 superaríamos el PIB por habitante de ¡¡¡Alemania!!! O como cuando Solbes, en su famoso debate con Pizarro negó la crisis y le acusó de catastrofista. Un año más tarde estábamos en la miseria más absoluta. Y ahora, algo más de una década después, volvemos a estar en las mismas, una grave crisis llamando a nuestras puertas y un gobierno socialista que se niega a reconocerla y que tira de chequera alegremente, hipotecándonos irresponsablemente ante un futuro incierto.

Es cierto que crecemos y que crecemos por encima de la media europea. Pero lo hacemos gracias al consumo, cebado por la política de gasto público expansiva y acelerada por los conocidos viernes sociales. Este gasto incontrolado elevará nuestro déficit al 2,5% del PIB cuando nuestro compromiso con Europa era el dejarlo por debajo del 1,3%, lo que nos sitúa en una gran debilidad ante cualquier cambio de ciclo. Nuestra deuda se mantiene alrededor del 100% del PIB, sin que logremos reducirla, a pesar de los sólidos crecimientos que obtuvimos en estos últimos años y de habernos beneficiado de tasas de interés bajísimas, incluso negativas. ¿Qué pasará con nuestra deuda cuando crezcamos menos o cuando los intereses suban? Pues que los costos del servicio de la deuda se elevarán inexorablemente situándonos en unos niveles insoportables y peligrosos. Y de la Seguridad Social, mejor no hablar, que no estamos para sustos mayores.

La economía, salvo para Sánchez y Cía, lanza preocupantes señales que el gobernante sabio haría bien en advertir. El mundo, además de la ralentización económica y de la alerta financiera, alentado por los récords de deuda globales, presenta otros riesgos, centrados principalmente en las disputas comerciales internacionales y un Brexit absurdo que no termina de deshojar la margarita de su destino.

La guerra comercial entre China y EEUU ha llegado para quedarse y convivirá entre nosotros al menos durante una década, con sus episodios de recrudecimiento, tensión y tregua temporal, al igual que ya ocurriera con la Guerra Fría, que duró cuarenta años y que enfrentó a las dos superpotencias del momento, EEUU y la URSS. El imperio soviético se disolvió como un azucarillo y los americanos se aplicaron a implantar un nuevo modelo de “Pax Americana”, basada en la revolución tecnológica y la sociedad digital, por un lado, y la globalización consecuente por otro. Y se las prometían tan felices que Fukuyama acuñó aquello del fin de la historia. Derrotado el comunismo, la democracia capitalista occidental podría exportar libremente su modelo, el único que se había mostrado eficaz con el devenir de los tiempos. Pero estas previsiones resultaron tan acertadas como la frase desafortunada de uno de los dueños del Titanic cuando dijo aquello de que este barco no lo hundía ni Dios. Insensato, bastó que un iceberg rajara como los antiguos abrelatas la cubierta del casco para enviarlo a tres mil metros de profundidad de un mar negro y helado. En efecto, la historia no finalizó, porque jamás puede pararse el devenir incierto de los tiempos y la sorpresa no tardó en saltar.

China, el gigante dormido, atrasado y harapiento supo aprovechar la coyuntura de la apertura de fronteras y mediante un constructo inverosímil de comunismo capitalista, o de capitalismo comunista, que tanto monta como monta tanto, consiguió convertirse en la fábrica del mundo. Y durante décadas ha acumulado capital y ahorro, de tal manera que, si antes copiaban, ahora innovan; si antes se limitaban a fabricar para marcas occidentales, ahora las poseen propias, como Ali Babá, único competidor mundial de Amazon, o Huawei, que compite por extender la red 5G por todo el mundo, Europa incluida. La globalización ha parido un nuevo gigante, que se llama China, y que de seguir las actuales dinámicas, pronto superaría a un Estados Unidos estupefacto, que no termina de creerse lo sucedido. Por eso, ha decidido comenzar la guerra por donde más le duele a los chinos, poniendo barreras a la libertad de comercio. Se trata de una nueva guerra en la que, en vez de misiles, se usan aranceles; en vez de tanques, trabas aduaneras. Y en esas estamos y en esas estaremos por mucho tiempo. EEUU no quiere perder la supremacía mundial frente a China y luchará por mantenerla. Bienvenidos a la era de la incertidumbre y preparémonos para vaivenes inesperados, que algunos nos beneficiarán y otros muchos nos perjudicarán.

Lo del Brexit es un fastidioso iceberg menor, que arma más ruido que en verdad peligro encierra. Pero su incordio ceba la incertidumbre y abona el desasosiego en estos tiempos alborotados en los que cualquier chispa puede hacer saltar el polvorín del pánico financiero.

Moraleja, que nos acercamos a la zona tenebrosa de los icebergs, cada vez más cerca, más grandes y más amenazantes, con la mala suerte de tener un insensato al timón de nuestra nave. Como el capitán del Titanic, sonríe feliz, orgulloso de su posición y relevancia. Es la noche del capitán y anima a su tripulación a que baile mientras la orqueta Wallace Hartley Band interpreta polkas y valses. Y nosotros, viajeros de la nave que se encara a toda velocidad al campo de los hielos asesinos, recordamos con angustia que lo único que funcionó bien en la tragedia del Titanic fue su banda de música, que siguió tocando mientras ya se hundía.

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