Martes, 21.05.2019 - 11:43 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Las encuestas, los pactos y la tribalización de Europa

Ni siquiera el hiato vital que supone la Semana Santa ha logrado descabalgarnos del vértigo electoral. Nos encontramos ante unas elecciones muy reñidas en las que sentimos que nos jugamos algo importante, muy importante, tanto en economía y prosperidad, como, sobre todo, en la propia idea de España. Por ello, la participación será alta y el voto, más meditado, sentido y comprometido que en comicios anteriores. Y esto vale tanto para las izquierdas, como para las derechas y para los diversos independentismos, que lucharán a cara de perro todos ellos por conseguir el voto que precisan, como hemos podido apreciar en los debates celebrados. Pero metidos, como estamos, en nuestra espiral de pasiones políticas, con su tornado de amores, intereses, odios, ideales, rencores y temores, quizás perdamos perspectiva de lo que nos ocurre en comparación con otros países de Europa. Y, basta un análisis muy somero, superficial casi, para llegar a la conclusión de que, en estos momentos y en dinámica política, “Spain is not diferent”. Europa también se ve sometida a pulsiones populistas desconocidas desde los años treinta, que ponen en cuestión tanto los principios fundacionales de la UE como los de las democracias liberales que la componen, que verían comprometidas, incluso, sus propias integridades territoriales.

Marlene Wind, la profesora danesa que se enfrentó a Puigdemont en una célebre entrevista, acaba de publicar en español “La tribalización de Europa” (Espasa), lectura recomendada para estos tiempos de desasosiego. El breve ensayo proporciona una clarividente perspectiva de las inquietantes dinámicas que parecen sacudir a Europa al completo. Su propio título ya es toda una declaración argumental.

Y es que, paradójicamente, parte del electorado europeo habría dejado de creer en el equilibrio de poderes, en el estado de derecho, en la libertad de prensa y en las libertades individuales propias de las democracias liberales, para volverse hacia adentro y reclamar liderazgos fuertes, rotundos, con tufillo autoritario. El Brexit, el proceso ilegal de los independentistas catalanes, la regresión democrática de países del este, como Polonia o Hungría, el reciente triunfo de Zelensky, cómico antisistema, con un 73% de los votos en Ucrania o el ascenso de los populismos de diverso tipo serían buenas muestras de esa dinámica suicida que Wind bautiza como la tribalización de Europa, entendida como el fenómeno por el que grupos culturales, étnicos e identitarios nacionalistas aspiran a revocar estructuras internacionalistas y liberales. Los enemigos no serían ya tan sólo los que no comparten nuestra cultura, religión o identidad, sino también la élite liberal, la Unión Europea y los valores que ella representa de igualdad, libertad, fronteras abiertas y construcciones de entidades supranacionales. Y, con especial y peligrosa deriva totalitaria, destacarían los temas identitarios, porque, como asegura Wind, “los proyectos y argumentos políticos se prestan a ser objeto de debate, pero tanto la cultura como la identidad pertenecen a una esfera diferente donde las posturas son a menudo imposibles de debatir o criticar”. O sea, el muro entre los nuestros –los buenos– y los otros, los malos, antesala de tantas catástrofes desgraciadamente acontecidas en la larga historia de la humanidad. Este neotribalismo conlleva el renegar de la generosa apertura que supuso Europa, para regresar a las pulsiones identitarias de la tribu, llámese Cataluña, Padarnia o Córcega o a los populismos iliberales.

Rubén Blades ya cantó a Pedro Navaja, matón de esquina, aquello sabio de “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios”. ¿Quién nos iba a decir a los europeos en general y, a los españoles en particular, que renegaríamos de los principios de libertad solidaria para regresar al gusto totalitario del populismo –de derechas y de izquierdas- y del retorno a la tribu? Ver para creer. Pedro Navaja pagó cara la lección, esperemos que para nosotros no tenga el mismo coste.

Analicemos nuestra situación a la luz que arrojan las encuestas conocidas este pasado domingo, todavía sin la segura influencia de los debates televisivos. Podemos, el partido populista de izquierdas por antonomasia, ha perdido tirón. Del asalto a los cielos a los chalés de lujo apenas si mediaron un par de años. Pablo Iglesias ya no seduce y, según apuntan las encuestas, será castigado con un fuerte retroceso en votos y escaños. Podemos fue hijo del cóctel mortífero de una crisis económica secular con el cansancio ante los mil y un casos de corrupción que afloraron durante esos años. No logró articular un discurso creíble más allá de la denuncia a la bautizada casta. Una vez transformados en parte indiferenciada de ella, nada nuevo tuvieron que añadir. Intelectualmente se secaron, dejando al PSOE que se rearmara a la izquierda.

Sánchez, hábil tránsfuga de sí mismo, avivó el guerracivilismo, compró las recetas podemitas que tuvo al alcance de la mano y concedió aire al independentismo que le apoyaba. Con ello, canibalizó a la imposible izquierda de Iglesias mientras que permitía al independentismo reconstruir sus maltrechas filas. Desgraciadamente para todos, su política escaparate y sus viernes sociales tendrán un alto coste para nuestra economía, que pagaremos a lo largo de estos próximos años. Pero, eso… ¿a quién le importa? El caso es que Sánchez, feliz, recoge en intención de voto lo que en división social y déficit sembró. Y, al igual que el PP cebó al Podemos inicial, el PSOE-Sánchez ha dado alas a un VOX irredento como enemigo fácil al que contraponerse.

El PP está pagando los pecados de la era Rajoy. Y no sólo por la corrupción, ni por la brutal y arbitraria presión fiscal a la que nos sometió, sino, sobre todo, por sus indecisiones ante la provocación del independentismo. La 'espantá' de Rajoy y su inexplicable ausencia del debate de la Moción de Censura, aliviando su depresión en tarde de copas, le pusieron la puntilla. El votante del PP presenta un hartazgo evidente, que aflora en cualquier conversación entre sus bases. Pablo Casado, que es un buen candidato y que ha logrado detener la sangría, e, incluso, ilusionar y recuperar algunos de los votos perdidos, no lo tiene fácil. La herida es profunda y no se curará a corto plazo. Las encuestas le vaticinan una severa bajada de votos y escaños, que irán, sin duda, mayoritariamente a VOX, el gran beneficiado de la situación. Las encuestas le otorgan a esta nueva formación casi una treintena de escaños, pero no podemos descartar el efecto del voto oculto. En estos instantes, muchos antiguos votantes del PP están dudando si mantenerse fieles a sus siglas o votar a VOX, el partido populista de derechas, que nació como reacción a las provocaciones del populismo de izquierdas y, sobre todo, a las bravuconerías y asonadas del independentismo totalitario.

El voto indeciso entre PP y VOX se decantará por cuestiones emocionales en función de lo que ocurra esta última semana, debates y atentados en Ceilán incluidos. Pero no hay que descartar una sorpresa al estilo andaluz, por la que VOX podría rondar la cincuentena de escaños, superando, incluso a Ciudadanos, a los que la totalidad de las encuestas le otorgan una sólida subida. Sin embargo, no logramos entender de dónde sacará Cs esos nuevos votos. ¿Del PP? No lo creemos, ya que la tentación de pasarse a VOX es más fuerte. ¿Del PSOE reacio a las cesiones al independentismo? Pudiera ser, pero entonces el partido de Sánchez no subiría con tal fuerza. El resultado de Cs, por tanto, es el más abierto y el que –junto a VOX– más sorpresas puede proporcionarnos con respecto a las encuestas, que apuntarían a un empate técnico entre los bloques de derechas e izquierdas, sin que ninguno de ellos lograra conformar una mayoría, pero con el PSOE como partido más votado. Se abrirían entonces dos posibilidades, la reedición de la actual mayoría apoyada en los independentistas – un engendro indeseable – o un gobierno de Sánchez con apoyo de Ciudadanos, que los de Rivera han negado en mil ocasiones, por activa y por pasiva. Ya veremos lo que ocurre, pero no sería descartable esta segunda posibilidad, en todo caso mucho más sensata que el suicidio a plazos que supondría el abrazo del oso independentista. Y, atención, que las encuestas se equivocan últimamente mucho, hasta el domingo noche no sabremos si será posible la opción por ahora descartada de una mayoría de las derechas a la andaluza.

Marlene Wind advierte que la democracia no sólo consiste en votar, sino que, sobre todo, debe basarse en el respeto al estado de derecho, en instituciones puntualmente contramayoritarias, como jueces independientes, órganos controladores y tribunales constitucionales, por citar algunos de los ejemplos más conocidos. La democracia, además del voto, conlleva respeto a las minorías, al estado de derecho, a la libertad de prensa y a la independencia del poder judicial. Chequee usted mismo a los partidos contendientes. Las fuerzas soberanistas –ERC y demás– desde luego no superarían el test básico de democracia, incorporándose de pleno a las manadas que suspiran por la tribalización de Europa. Pero, también figurarían entre estas fuerzas de la tribu tanto Podemos como VOX, tan distintos y tan similares, dos caras que son de la misma moneda pasional y sanguínea de nuestro iberismo irredento. Populismos de receta fácil que nada solucionan y que todo, siempre, terminan complicando. A votar, que, afortunadamente, todavía, la tribu no ha regresado para coartar nuestra libertad.

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